Un siglo de un relato clave para la Ciencia ficción: The Most Dangerous Game (Connell, 1924)

El 19 de enero de 1924 aparecía en la revista estadounidense Collier’s este trascendental relato. Sin ser estrictamente de Ciencia ficción, al no describir algo imposible en el presente (ni siquiera en el suyo) se trata de una obra crucial para nuestro amado género. El texto en su idioma original ya forma parte del Dominio Público. Para la ocasión hemos realizado una traducción propia acogida a Creative Commons, de modo que se puede compartir sin mayores problemas. No vamos a profundizar en esta introducción en la trama, para que constituya una sorpresa para quienes no la conozcan. Tras el texto y con las cartas ya sobre la mesa, —en una expresión que le gustaría al general Zaroff— haremos unas breves consideraciones al respecto. Valga decir por el momento que se trata de una historia que, en la mejor tradición de la Ciencia ficción, invita a la reflexión en distintos niveles: desde los más individuales hasta los relacionados con la sociedad en su conjunto.

Todas las imagenes son de Dominio Público a través de WikiCommons. Algunas de ellas pertenecen a la primera adaptación de la historia en el cine, producida por la RKO en 1932.


El JUEGO MÁS PELIGROSO

The Most Dangerous Game (Richard Connell)

“Ahí fuera por la derecha —en algún lugar— hay una isla grande” dijo Whitney. “Se trata más bien de un misterio”.

“¿Qué isla es?” Preguntó Rainsford.

“Las antiguas cartas de navegación la llaman isla atrapa-barcos, respondió Whitney. “Un nombre sugerente ¿verdad? Los marineros tienen un temor curioso hacia el lugar. No sé el porqué. Alguna superstición”.

“No puedo verla”, señaló Rainsford, intentando escrutar a través de la ardiente noche tropical, la cual era palpable en tanto empujaba su densa negrura sobre el navío.

“Tienes buenos ojos”, dijo Whitney con una risa, “y te he visto derribar un alce que se movía en el bosque de otoño a cuatrocientas yardas, pero ni siquiera tú puedes ver a más o menos cuatro millas a través de una noche caribeña sin luna.

“Ni cuatro yardas”, admitió Rainsford. “¡Ugh! Es como húmedo terciopelo negro”.

“Habrá luz suficiente en Río”, prometió Whitney. “Deberíamos llegar en cuatro días. Espero que los rifles para jaguares hayan llegado desde Purdey’s. Deberíamos pasarlo bien cazando por el Amazonas. Un gran deporte, la caza”.

“El mejor del mundo”, aceptó Rainsford.

“Para el cazador”, enmendó Whitney. “No para el jaguar”.

“No digas bobadas, Whitney”, dijo Rainsford. “Eres un cazador de primera, no un filósofo. ¿A quién le importa lo que sienta el jaguar?”.

“Quizá al jaguar”, observó Whitney.

“¡Bah! No tienen entendimiento”.

“Aún así, pienso de veras que comprenden una cosa: el miedo. El miedo al dolor y el miedo a la muerte”.

“Tonterías”, rió Rainsford. “Este clima cálido te está volviendo débil, Whitney. Sé realista. El mundo está conformado por dos clases: cazadores y cazados. Por suerte tú y yo somos cazadores. ¿Crees que hemos pasado ya esa isla?”

“No puedo decirlo en la oscuridad. Espero que sí”.

“¿Por qué?”, preguntó Rainsford.

“El lugar tiene reputación. Una mala”.

“¿Caníbales?”, sugirió Rainsford.

“Dificilmente. Ni siquiera los caníbales vivirían en semejante sitio dejado de la mano de Dios. Pero ha llegado de alguna manera al imaginario de los marineros. ¿No te has dado cuenta de que los nervios de la tripulación están hoy algo a flor de piel?”.  

“Estaban un poco raros, ahora que lo comentas. Incluso el Capitán Nielsen…”

“Sí, incluso ese viejo sueco cabeza dura que se echaría encima del diablo para pedirle fuego. Esos ojos azules de pez tenían una pinta que no había visto antes. Todo lo que le pude sacar fue Este lugar tiene un mal nombre entre los marinos, señor. Y entonces me dijo gravemente ¿No nota nada? Como si el aire alrededor de nosotros fuera realmente venenoso. Entonces —y no deberías reírte cuando te lo diga— noté algo parecido a un frío repentino. No había brisa. El mar estaba tan liso como una ventana de cristal. Estábamos entonces deslizándonos cerca de la isla. Lo que sentí fue un temblor en la mente, algún tipo de pánico repentino”.

“Pura imaginación”, dijo Rainsford. “Un marinero supersticioso puede contaminar a toda la tripulación de un barco con su miedo”.

“Quizás. Pero creo que a veces los marinos tienen un sentido extra que les dice cuando están en peligro. En ocasiones pienso que la maldad es algo tangible, que tiene ondas al igual que el sonido o la luz. Un lugar maligno puede, por decirlo de alguna manera, emitir vibraciones malignas. En cierto modo me alegro de salir de esta zona. Bueno, creo que me voy a ir ahora a dormir, Rainsford”.

“No tengo sueño”, dijo el otro. “Voy a fumarme otra pipa en la cubierta de popa”.

“Buenas noches entonces, Rainsford. Te veré en el desayuno”.

“Eso es. Buenas noches, Whitney”.

La noche era silenciosa cuando Rainsford se sentó, salvo por el amortiguado zumbido del motor que impulsaba suavemente al barco a través de la oscuridad, así como por el silbido y bamboleo del empuje provocado por la hélice.

Rainsford, reclinado en una hamaca del buque, tomaba tranquilamente bocanadas de su tabaco favorito. La palpable somnolencia de la noche se introdujo en él. “Está tan oscuro”, pensó, “que podría dormir sin cerrar los ojos; la oscuridad se convertiría en mis párpados”.

Un sonido abrupto le sobresaltó. Lo oyó ahí fuera, hacia la derecha, y sus oídos, expertos en esos asuntos, no podían estar en un error. De nuevo escuchó el ruido, y otra vez. En algún sitio, en la negrura, alguien había disparado un arma tres veces.

Rainsford saltó y se movió rapidamente hasta la barandilla, perplejo. Fijó sus ojos en la dirección de la que habían venido los sonidos, pero era como intentar ver a través de una manta. Se apoyó sobre la barandilla y se inclinó para conseguir una mayor elevación. Su pipa, golpeando una cuerda, le fue arrebatada de la boca. Se lanzó a por ella y un breve grito ronco salió de sus labios cuando se dio cuenta de que había ido demasiado lejos, perdiendo el equilibrio. El lamento se extinguió en cuanto las aguas cálidas como la sangre del Caribe cubrieron su cabeza.

Se retorció hasta la superficie e intentó gritar, pero la estela proveniente del barco le golpeó en la cara mientras el agua salada en su boca le atragantó y ahogó. Desesperadamente se abalanzó con fuertes brazadas hacia las borrosas luces del buque, pero se detuvo antes de haber nadado cincuenta pies. Llegó hasta él cierta frialdad, no era la primera vez que se encontraba en una situación comprometida. Había una oportunidad de que alguien en el barco escuchara sus gritos, pero era una posibilidad escasa y cada vez menor conforme la nave se desplazaba. Forcejeó con su ropa y gritó con todas sus fuerzas. Las luces del barco se amortiguaron y parpadearon como luciérnagas; después fueron totalmente engullidas por la noche.

Rainsford recordó los disparos. Habían venido desde la derecha y nadó tercamente en esa dirección, con brazadas lentas y conscientes, conservando su fuerza. Durante un tiempo aparentemente eterno luchó contra el mar. Comenzó a contar los golpes de brazo. Posiblemente podría llegar a un centenar y entonces…

Rainsford oyó algo. Salió desde la oscuridad, un sonido fuerte como un grito, el sonido de un animal en el punto máximo de angustia y terror.

No reconoció al animal que lo produjo, tampoco lo intentó. Con una vitalidad renovada, nado hacia él. Lo oyó de nuevo; entonces fue segado por otro ruido, nítido, cortante.

“Un disparo de pistola”, murmuró Reinsford, mientras continuaba nadando.

Diez minutos de esfuerzo concienzudo trajo otro rumor a sus oídos —el más bienvenido que hubiera escuchado nunca— el murmullo y bramido del mar rompiendo contra la abrupta costa. Estaba casi sobre las rocas antes de que pudiera verlas; en una noche menos tranquila se hubiera destrozado contra ellas. Con la fuerza que le quedaba se arrastró desde las aguas turbulentas. Peñascos aserrados aparecieron para proyectarse en la oscuridad; se empujó hacia arriba, una mano tras otra. Jadeando, con las palmas en piel viva, alcanzó un lugar llano en la cima. Jungla espesa se extendía por debajo de los bordes del risco. Qué peligros podía guardar para él esa maraña de árboles no le preocupaba en ese preciso instante. Todo lo que sabía era que estaba a salvo de su enemigo, el mar, y que una debilidad absoluta estaba en él. Se echó en el extremo de la jungla y cayó rapidamente en el sueño más profundo de su vida.

Cuando abrió los ojos supo por la posición del sol que ya era tarde avanzada. El sueño le había dado nuevo vigor; fuerte hambre le acosaba. Se inspeccionó, casi alegre.

“Donde hay disparos de pistola, hay hombres. Donde hay hombres, hay comida”,  pensó. ¿Pero qué tipo de hombres -se preguntó- en un lugar tan amenazador? Un frente de enmarañada e irregular selva bordeaba la orilla.

No vio rastro de camino a través de la estrecha red de maleza y árboles; era más fácil ir a lo largo de la costa, y Rainsford avanzó a trompicones junto al agua. No lejos de donde había partido, se detuvo.

Algo herido -por lo que parecía un animal grande- había forcejeado entre la vegetación; plantas de la jungla estaban destrozadas y el musgo cortado. Una zona de hierba estaba teñida de carmesí. No muy lejos un pequeño objeto reluciente captó la atención de Rainsford, que lo recogió. Era un cartucho vacío.

“Un veintidós” señaló. “Es raro. Debe haber sido un animal bastante grande. El cazador ha tenido que conservar la tranquilidad para derribarlo con un arma tan ligera. Está claro que la bestia ofreció pelea. Supongo que los tres primeros disparos que oí se produjeron cuando el cazador descubrió a su presa y la hirió. El último disparo se dio cuando la rastreó hasta aquí y acabó con ella”.

Examinó el terreno cuidadosamente y halló lo que había esperado encontrar: la huella de botas de caza. Apuntaban hacia una cresta en la dirección a la que se había dirigido. Con empeño se movió rapidamente para allá, ahora tropezando con algún tronco podrido o piedra suelta, pero progresando; la noche estaba comenzando a posarse sobre la isla.

Una oscuridad lúgubre estaba tiñendo de negro el mar y la jungla cuando Rainsford avistó las luces. Dio con ellas cuando bordeó un recodo de la línea de costa; y su primer pensamiento fue que había dado con un poblado, ya que había numerosas luminarias. Pero conforme se aproximó vio para su estupor que todas las luces se encontraban en un único edificio. Una arrogante estructura con apuntadas torres sumergidas en las sombras. Sus ojos distinguieron los perfiles umbríos de una residencia palaciega. Se emplazaba en un elevado risco, y en tres de sus lados precipicios descendían hasta donde el mar en la oscuridad golpeaba con avidez.

“Un espejismo”, pensó Rainsford. Pero encontró que no era tal cuando abrió la verja de hierro con púas. Los escalones de piedra eran suficientemente reales; la puerta gigante con una lasciva gárgola por aldaba era suficientemente real; aún así a todo le rodeaba un aroma de encantamiento.

Alzó la aldaba, que crujió pesadamente, como si no hubiera sido usada nunca. La dejó caer y le sorprendió con su gran estruendo. Pensó que había oído pasos en el interior; las puertas permanecían cerradas. Rainsford alzó de nuevo el pesado llamador y lo dejó caer. La puerta se abrió entonces —tan repentinamente como si tuviera un resorte— y Rainsford se quedó pestañeando ante el manantial de luz dorada que refulgió. La primera cosa que sus ojos distinguieron fue el tipo más alto que hubiera visto nunca, una criatura gigantesca, fornida y con negra barba hasta la cintura. En la mano portaba un revolver de cañón largo, y apuntaba directamente al corazón de Rainsford.

Más allá de la barba enmarañada dos ojos le escrutaban.

“No se alarme” dijo Rainsford, con una sonrisa que esperaba fuera tranquilizadora. “No soy un ladrón. Caí de un barco. Mi nombre es Sanger Rainsford de Nueva York”.

La mirada amenazante no cambió en los ojos. El revolver estaba apuntando de una manera tan firme que el gigante parecía una estatua. No dio señal de haber comprendido las palabras de Rainsford, o que tan siquiera las hubiera escuchado. Iba vestido con uniforme, un uniforme negro de astracán.

“Soy Sanger Rainsford de Nueva York”, comenzó de nuevo. “Caí de un barco. Estoy hambriento”.

La única respuesta del hombre fue alzar con su pulgar el percutor del revolver. Entonces Rainsford vio como la mano libre del tipo iba hasta la frente en un saludo marcial y observó como sus talones se unían y se mantenían en esa posición. Otro hombre estaba bajando los amplios escalones de mármol, un hombre erguido, delgado, vestido con ropas elegantes. Avanzó hasta Rainsford y ofreció su mano.

En una educada voz con un ligero acento que le daba precisión y consciencia, dijo, “Es un gran placer y honor darle la bienvenida, señor Sanger Rainsford, el apreciado cazador, a mi casa”.

Automaticamente, Rainsford le dio la mano.

“Verá, he leído su libro sobre caza de leopardos de las nieves en el Tíbet” explicó el hombre. “Yo soy el general Zaroff”.

La primera impresión de Rainsford fue que el hombre poseía un atractivo singular. La segunda que había alguna cualidad original, casi extraña, en el rostro del general. Era un hombre alto que había pasado la mediana edad, en su pelo había un intenso blanco, pero sus espesas cejas y su bigote marcial eran de un negro tan intenso como la noche de la que había surgido Rainsford. También sus ojos eran negros y muy brillantes. Tenía unos huesos de las mejillas muy elevados, una afilada nariz, una cara sobria, el rostro de quien estaba acostumbrado a dar órdenes. La faz de un aristócrata. Volviéndose al gigante con uniforme, el general hizo una señal. El otro apartó su pistola, saludó y se retiró.

“Ivan es un compañero extraordinariamente fuerte”, señaló el general, “pero ha tenido la desgracia de ser sordo y mudo. Un tipo simple. Me temo que, como toda su raza, un poco salvaje”.

“¿Es ruso?”

“Es un cosaco”, dijo el general, y su sonrisa mostró unos labios rojos y una dentadura afilada. “Como lo soy yo”.

“Entre”, añadió, “no deberíamos estar charlando aquí. Podemos hablar más tarde. Ahora desea ropa, comida, descanso. Debería tenerlo. Este es un lugar muy tranquilo”.

Ivan había reaparecido, y el general habló con él moviendo los labios pero sin emitir ningún sonido.

“Siga a Ivan si le place, señor Rainsford”, dijo el general. “Yo estaba a punto de cenar cuando usted llegó. Le esperaré. Encontrará que mis ropas son de su talla, creo”.

Fue hasta una habitación enorme, con techo de vigas y una cama con dosel suficientemente grande para seis personas, a donde Rainsford siguió al silencioso gigante. Ivan sacó un traje de noche, y Rainsford, cuando se lo puso, se dio cuenta de que era de un sastre londinense que habitualmente no cortaba ni cosía para nadie con un rango inferior al de duque.

El comedor al que Iván le dirigió destacaba de varias maneras. Había una magnificencia medieval en él; sugería un salón nobiliario en época medieval, con sus paneles de roble, techo alto, sus grandes mesas de refectorio en las que varias personas podían sentarse a comer. Alrededor de la estancia estaban colgadas cabezas de numerosos animales —leones, tigres, elefantes, alces, osos— Rainsford no había visto especímenes mayores o más perfectos. En la mesa más grande el general estaba sentado, solo.

“Tomará un cóctel, Señor Rainsford”, sugirió. El cóctel estaba arrebatadoramente bueno y, notó Rainsford, la decoración de la mesa era de lo más excelsa: tejidos de lino, cristal, plata, porcelana china.

Estuvieron degustando borsch, la sabrosa sopa roja con crema tan apreciada por los paladares rusos. Medio disculpándose dijo el general Zaroff, “Nos esforzamos por preservar aquí las comodidades de la civilización. Por favor, disculpe cualquier omisión. Estamos cómodos apartados, ya sabe. ¿Cree que el champán ha sufrido a causa de su largo trayecto oceánico?

“Ni lo más mínimo”, declaró Rainsford. Estaba encontrando en el general un preocupado y afable anfitrión, un verdadero cosmopolita. Pero había un pequeño rasgo del general que hacía sentir incómodo a Rainsford. En cualquier momento en el que levantaba la vista de su plato, encontraba al general estudiándolo, evaluándole detenidamente.

“Quizá”, dijo el general Zaroff, “le sorprendió que reconociera su nombre. Mire, leo todos los libros de caza publicados en inglés, francés y ruso. No tengo más que una pasión en mi vida, Señor Rainsford, y es la caza”.

“Tiene unos estupendos trofeos aquí” dijo Rainsford cuando comió un filet mignon particularmente bien cocinado. “Ese búfalo africano es el mayor que haya visto”.

“Oh, ese. Sí, era un monstruo”.

“¿Cargó contra usted?

“Me arrojó a un árbol”, dijo el general. “Fracturó mi cráneo. Pero atrapé a la bestia”.

“Siempre he pensado”, dijo Rainsford, “que el búfalo africano es el más peligroso en la caza mayor”.

Por un instante el general no respondió, estaba sonriendo con su curiosa sonrisa de labios rojos. Entonces dijo lentamente, “No, está equivocado, señor”. El búfalo africano no es la caza más peligrosa”. Sorbió su vino. “Aquí en mi reserva de esta isla”, dijo en el mismo tono lento, “cazo una presa más peligrosa”.

Rainsford expresó sorpresa. “¿Hay caza mayor en esta isla?”.

El general asintió. “La mayor”.

“¿Realmente?”.

“Oh, no está aquí de manera natural, por supuesto. He de proveer a la isla”.

“¿Qué ha importado, general?” preguntó Rainsford. “¿Tigres?”.

El general sonrió. “No”, dijo. “Cazar tigres dejó de interesarme hace algunos años. Agoté sus posibilidades, usted comprende. No queda emoción en los tigres, sin peligro real. Yo vivo para el peligro, señor Rainsford”.

El general tomó de su bolsillo una cigarrera dorada y ofreció a su invitado un largo puro negro con vitola plateada; estaba perfumado y exudaba un olor parecido al incienso.

“Tendremos alguna caza mayúscula, usted y yo”, dijo el general. “Estaría enormemente gustoso de contar con su acompañamiento”.

“¿Pero qué caza…” comenzó Rainsford.

“Se lo diré”, dijo el general. “Estará entretenido, lo sé. Creo, podría decir con toda modestia, que he logrado algo especial. He inventado una nueva sensación. ¿Podría ponerle otro vaso de oporto?”.

“Gracias, general”.

El general rellenó ambos vasos y dijo, “Dios convierte a algunos hombres en poetas. Hace reyes, a algunos hace pordioseros. A mí me hizo cazador. Mi mano fue moldeada para el gatillo, dijo mi padre. Era un hombre muy rico con un cuarto de millón de acres en Crimea, y era un ardiente deportista. Cuando tenía tan solo cinco años me dio una pequeña pistola, especialmente fabricada en Moscú para mí, para disparar a gorriones. Cuando disparé con ella a alguno de sus pavos de campeonato, no me castigó, se quejó por mi puntería. Maté a mi primer oso del Cáucaso con diez años. Toda mi vida ha sido una prolongada cacería. Fui al ejército —lo que se esperaba de los hijos de nobles— y por un tiempo dirigí una división de caballería cosaca, aunque mi interés real fue siempre la caza. He cazado todo tipo de presas en todos los lugares. Sería imposible para mí decir cuantos animales he matado”.

El general chupó su puro.

“Después de la debacle de Rusia dejé el país, pues era imprudente para un oficial del Zar permanecer allí. Muchos nobles rusos lo perdieron todo. Yo, afortunadamente, había hecho fuertes inversiones en bonos estadounidenses, de modo que nunca he tenido que abrir un salón de té en Montecarlo o conducir un taxi en París. Naturalmente continué cazando; Grizzlies en sus rocosas, cocodrilos en el Ganges, rinocerontes en África del este. Fue en África donde me golpeó el búfalo y me dejó fuera de juego durante seis meses. Tan pronto como me recuperé comencé a cazar jaguares en el Amazonas, ya que había oído que eran especialmente astutos. No lo eran”. El cosaco suspiró. “No hay ningún reto para un cazador que cuente con ingenio y un rifle potente. Estaba amargamente decepcionado. Yacía una noche en mi tienda con un agudo dolor de cabeza, cuando un terrible pensamiento vino a mi mente. ¡Cazar estaba comenzando a aburrirme! Y cazar, recuerde, había sido mi vida. He oído que a menudo en Estados Unidos hombres potentados se hunden cuando tienen que renunciar a los negocios que han conformado su vida”.

“Sí, así es”, dijo Rainsford.

El general sonrió. “No deseo hundirme”, dijo. “Debo hacer algo. En verdad la mía es una mente analítica, señor Rainsford. Sin duda es por lo que disfruto de los problemas de la persecución”.

“Sin duda, general Zaroff”.

“De modo”, continuó el general, “que me pregunté a mí mismo porqué la caza no me seguía fascinando. Usted es mucho más joven que yo, señor Rainsford, y no ha cazado tanto, pero quizás pueda suponer la respuesta”.

“¿Cuál es?”

“Sencillamente esto: cazar ha cesado de ser lo que usted llamaría un reto deportivo. Se ha convertido en algo demasiado fácil. Siempre obtengo mi presa. Siempre. No hay mayor aburrimiento que la perfección”.

El general encendió un nuevo puro.

“Ningún animal tiene una oportunidad conmigo. Esto no es presunción; se trata de una certeza matemática. El animal no tiene más que sus patas e instinto. El instinto no es rival para la razón. Cuando pensé en ello fue un momento trágico para mí, se lo puedo asegurar”.

Rainsford se apoyó sobre la mesa, absorto en lo que su anfitrión estaba contando.

“Me vino una inspiración de lo que debo hacer”, continuó el general.

“¿Y eso era?”.

El general sonrió con la sonrisa tranquila de quien se ha enfrentado a un obstáculo y lo ha superado con éxito. “Tuve que inventar un nuevo animal para cazar”, dijo.

“¿Un nuevo animal? Está bromeando”. “En absoluto” dijo el general. “Nunca bromeo con la caza. Necesitaba un nuevo animal. Encontré uno. De modo que compré esta isla, construí este edificio y aquí hago mi caza. La isla es perfecta para mis propósitos. Hay selvas con un laberinto de sendas en ellas, colinas, pantanos…”

“¿Pero el animal, General Zaroff?”.

“Oh”, dijo el general. “Me provee de la caza más excitante del mundo. Ninguna otra se le puede comparar ni por un instante. Cazo cada día, y ahora nunca me hastío, pues cuento con una presa con la que puedo medir mi astucia”.

La perplejidad de Rainsford se mostró en su rostro.

“Deseaba el animal ideal para cazar”, explicó el general. “De modo que dije, “¿cuáles son los atributos de una presa ideal?” y la respuesta fue, por supuesto, “debe tener coraje, astucia y sobre todo debe ser capaz de razonar”.

“Pero ningún animal puede razonar”, objetó Rainsford.

“Mi querido amigo”, dijo el general, “existe uno que puede”.

“Pero no quiere decir…” susurró Rainsford.

“¿Y por qué no?”.

“No puedo creer que esté hablando en serio, General Zaroff. Esto es una broma macabra”.

“¿Por qué no debería estar hablando en serio? Estoy hablando de caza”.

“¿Caza? Maldita sea, general Zaroff, a lo que usted se está refiriendo es a asesinato”.

El general rió con buen ánimo. Observó a Rainsford inquisitivamente. “Rehuso a creer que un joven tan moderno y civilizado como usted parece, albergue ideas románticas acerca del valor de la vida humana. Seguramente sus experiencias en la guerra…”

“No me considero un asesino a sangre fría”, cortó Rainsford abruptamente.

Carcajadas hicieron temblar al general. “¡Cuán gracioso es usted!” exclamó. “En los días que corren uno no espera encontrar entre la clase educada, ni siquiera en Estados Unidos, a alguien tan naíf, y si me permite decirlo, con un punto de vista tan mediocremente victoriano. Es como encontrar una tabaquera en una limusina. Oh, bien, sin duda usted tiene antepasados puritanos. Aparentemente muchos estadounidenses los han tenido. Apuesto a que olvidará sus ideas cuando vaya a cazar conmigo. Posee un genuino entusiasmo en su interior, Señor Rainsford”.

“Gracias. Soy cazador, no un asesino”.

“Dios mío”, dijo el general, bastante sereno. “De nuevo esa palabra poco cortés. Pero creo que le demostraré que sus escrúpulos son erróneos”.

“¿Sí?”

“La vida es para los fuertes, para ser vivida por los fuertes y, si es necesario, para ser tomada por los fuertes. Los débiles del mundo fueron colocados aquí para dar satisfacción a los fuertes. Soy fuerte. ¿Por qué no debería usar mi don? Si deseo cazar, ¿por qué no debería hacerlo? Cazo a la escoria del mundo: marineros de barcos encallados —indios, negros, chinos, blancos, mongoles— un caballo purasangre o un sabueso vale más que un puñado de ellos.

“Pero son personas”, dijo Rainsford acaloradamente.

“Precisamente”, dijo el general. “Por eso los uso. Me dan satisfacción. Pueden razonar, en cierto modo. De forma que son peligrosos”.

“¿Pero donde los consigue?”.

El párpado izquierdo del general cayó en un guiño. “Esta isla es llamada Trampa de los Barcos”, respondió. “En ocasiones un enojado dios de los profundos mares me los envía. En ocasiones, cuando la providencia no es tan gentil, le ayudo un poco. Venga conmigo hasta la ventana”.

Rainsford se dirigió a la ventana y miro hacia el mar.

“¡Contemple! ¡Ahí fuera!”, exclamó el general apuntando hacia la noche. Los ojos de Rainsford no vieron más que negrura, y entonces, cuando el general pulsó un botón, a lo lejos vio el resplandor de luces.

El general se rió por lo bajo. “Indican un canal”, dijo, “donde no hay ninguno: rocas gigantes con bordes afilados, que destrozan como un monstruo marino con las fauces abiertas de par en par. Pueden partir un buque tan fácilmente como lo hago yo con esta nuez”. Arrojó una al suelo de madera y la desmenuzó con su tacón. “Oh sí” dijo de manera casual, como si fuera la respuesta a una pregunta. “Tengo electricidad. Tratamos de ser civilizados aquí”.

“¿Civilizados? ¿Y usted dispara a seres humanos?”.

Un rastro de ira apareció en los ojos negros del general, pero estuvo ahí durante un segundo. Entonces dijo, en su modo más cortés, “Dios mío, ¡que hombre más recto es usted! Le aseguro que no hago lo que sugiere. Sería bárbaro. Trato a esos visitantes con la mayor de las consideraciones. Quedan saciados de buena comida y ejercicio. Consiguen una condición física espléndida. Será libre de verlo por usted mismo mañana”.

“¿Qué quiere decir?”

“Visitaremos mi escuela de entrenamiento”, sonrió el general. “Se encuentra en el sótano. Ahora mismo tengo ahí abajo una docena de pupilos. Son del barco español San Lúcar, que tuvo la mala fortuna de topar con las rocas. Un lote bastante lamentable, me temo. Unos pobres especímenes más acostumbrados a la cubierta que a la selva”. Alzó su mano e Ivan, quien actuaba como camarero, trajo un espeso café turco. Con esfuerzo Rainsford contuvo su lengua.

“Se trata de un juego, ya lo verá”, continuó el general con suavidad. “Sugiero a uno de ellos que vayamos a cazar. Le doy un suministro de comida y un excelente cuchillo de montería. Le otorgo tres horas de ventaja. Le sigo, armado tan solo con una pistola del menor calibre y alcance. Si mi presa me evita durante tres días, gana el juego. Si le encuentro —sonrió el general— él pierde”.

“¿ Y si suponemos que rechaza ser cazado?”

“Oh”, dijo el general, “Le doy opción, por supuesto. No tiene que participar en el juego si no lo desea. Si no quiere cazar se lo entrego a Iván. Ivan tuvo en una ocasión el honor de servir como verdugo del gran zar blanco, y tiene sus propias ideas acerca del deporte. Invariablemente, señor Rainsford, invariablemente eligen la caza”.

“¿Y si ganan?”

Se amplió la sonrisa en el rostro del general. “Hasta la fecha no he perdido”, dijo. Entonces añadió apresuradamente: “no deseo que me tome por un fanfarrón, señor Rainsford. Muchos de ellos solamente regalan el tipo de problema más elemental. De vez en cuando doy con un tártaro. Uno casi venció. Al final debí utilizar a los perros”.

“¿Los perros?”

“Por aquí, por favor. Se lo mostraré”.

El general guió a Rainsford hasta una ventana. Las luces que salían de las ventanas conformaban una intermitente iluminación que dibujaba formas grotescas en el patio de abajo, y Rainsford pudo ver moverse como a una docena de sombras negras. Cuando se volvieron hacia él, sus ojos centellearon con un fulgor verde.

“Un grupo más bien óptimo”, observó el general. “Salen cada noche a las siete. Si cualquiera intentara entrar en mi hogar —o salir de él— le sucedería algo extraordinariamente lamentable”. Tarareó un fragmento de canción del Folies Bergere.

“Y ahora”, dijo el general, “Me gustaría mostrarle mi nueva colección de trofeos. ¿Vendrá conmigo a la biblioteca?”.

“Confío”, dijo Rainsford, que sepa disculparme esta noche, general Zaroff. Realmente no me encuentro bien”.

“¿De veras?”, interrogó solicitamente el general. “Bien, supongo que es totalmente natural tras haber nadado largo tiempo. Necesita una buen y reparador sueño nocturno. Apuesto que mañana se sentirá como un hombre nuevo. Iremos entonces a cazar, ¿eh?”.

“Lo encuentro una perspectiva prometedora…” Rainsford se apresuró a salir de la estancia.

“Lamento que no pueda acompañarme esta noche”, señaló el general. “Espero un partido más bien óptimo: un negro fuerte, grande. Parece con recursos. Bien, buenas noches, señor Rainsford. Confío en que tenga un buen descanso nocturno”.

La cama era buena y los pijamas de la seda más suave, así mismo se encontraba agotado hasta en la última fibra de su ser, pero aún así Rainsford no pudo calmar a su cerebro con el opio del sueño. Yació con los ojos completamente abiertos. En una ocasión creyó oír pasos sigilosos en el pasillo fuera de su habitación. Trató de abrir de golpe la puerta; no abría. Fue hasta la ventana y miró fuera. Su aposento estaba elevado en una de las torres. Las luces de la finca se encontraban ahora apagadas y había oscuridad y silencio; pero también un fragmento de luna cetrina, y por su luz mortecina podía ver, debilmente, el patio. Ahí, entretejidas con las formas de las sombras, había negras, silenciosas siluetas; los sabuesos le oyeron en la ventana y miraron hacia arriba, expectantes, con sus ojos verdes. Rainsford volvió a la cama y se tumbó. De muchas maneras trató de dormir. Logró adormilarse cuando, a punto de que llegara la mañana, oyó, lejos en la jungla, el débil eco de una pistola.

El General Zaroff no apareció hasta el almuerzo. Iba impecablemente vestido a la manera de un cacique, con ropajes de tweed. Fue solícito con respecto al estado de salud de Rainsford.

“Por lo que a mí respecta”, suspiró el general, “no me encuentro demasiado bien. Estoy preocupado, señor Rainsford. La noche pasada volví a detectar trazas de mi antigua dolencia”.

Ante la mirada interrogadora de Rainsford, el general dijo, “hastío, aburrimiento”.

Entonces, tomando una segunda ración de crêpes Suzette, el general explicó: “La caza no fue buena anoche. El tipo perdió la cabeza. Creó un rastro nítido que no daba problemas en absoluto. Es el problema con esos marineros; para comenzar tienen cerebros estúpidos, y no saben cómo comportarse en los bosques. Lo hacen de forma completamente idiota y obvia. Es de lo más molesto.. ¿Querrá otra copa de Chablis, señor Rainsford?”.

“General”, dijo Rainsford firmemente, “deseo abandonar esta isla inmediatamente”.

El general alzó la maraña que tenía por cejas: parecía herido. “Pero, mi querido amigo”, protestó el general, “acaba de llegar. No ha tenido caza…”

“Deseo irme hoy”, dijo Rainsford. Vio como los muertos ojos del general se posaban sobre él, estudiándole. De repente el rostro del general Zaroff brilló.

Llenó el vaso de Rainsford con venerable Chablis proveniente de una botella polvorienta.

“Esta noche”, dijo el general, “cazaremos… Usted y yo”.

Rainsford agitó su cabeza. “No, general”, dijo. “No cazaré”.

El general encogió sus hombros y comió delicadamente una uva de invernadero. “Como desee, amigo mío. La elección descansa enteramente en usted. ¿Pero podría no ser aventurado sugerir que encontrará mi idea de deporte más divertida que la de Ivan?”

Asintió hacia la esquina donde permanecía el gigante, con el ceño fruncido, sus poderosos brazos cruzados sobre el tonel que tenía como pecho.

“No quiere decir…” protestó Rainsford.

“Mi querido compañero”, dijo el general, ¿no le he contado lo que siempre quiero decir cuando hablo de caza? Esto es de veras una motivación. Finalmente… brindo por un adversario digno de mi acero”. El general alzó su vaso, pero Rainsford se sentó observándole.

“Encontrará que este juego vale la pena abordarlo” dijo el general entusiasticamente,. “Su cerebro contra el mío. Su arte contra el mío. Su fuerza y resistencia contra las mías. ¡Ajedrez en el exterior! Y lo que está en juego no es de poco valor, ¿eh?”

“Y si gano…”, comenzó Rainsford con voz ronca.

“Reconoceré alegremente mi derrota si no le encuentro para la medianoche del tercer día”, dijo el general Zaroff. Mi velero le llevará a tierra firme cerca de una ciudad”. El general leyó lo que Rainsford estaba pensando.

“Oh, puede confiar en mí”, dijo el cosaco. ”Le doy mi palabra de caballero y deportista. Por supuesto que usted a cambio debe estar de acuerdo en no decir una palabra de su visita a este lugar”.

“No acordaré nada del estilo”, dijo Rainsford.

“Oh”, dijo el general, “en ese caso… ¿Pero por qué discutir de ello ahora? Dentro de tres días podemos debatirlo junto a una botella de Veuve Cliquot, a menos que…”

El general dio un sorbo a su vino.

Entonces le animó un espíritu como de hombre de negocios. “Ivan”, dijo dirigiéndose a Rainsford, “le proveerá de ropas de caza, comida, un cuchillo. Le sugiero llevar mocasines; dejan un rastro débil. Le sugiero también que evite el gran pantano de la esquina sureste de la isla. Lo llamamos la ciénaga de la muerte. Allí hay arenas movedizas. Un estúpido lo intentó. Lo más lamentable es que Lazarus lo siguió. Puede imaginar mis sentimientos, señor Rainsford. Amaba a Lazarus. Era el mejor sabueso de mi manada. Bien, debo rogarle ahora que me disculpe. Siempre tomo una siesta tras el almuerzo. Me temo que usted apenas tendrá tiempo para un sueño. Querrá comenzar, sin duda. No debería seguirle hasta el anochecer. Cazar por la noche es mucho más excitante que por el día, ¿no cree? Au revoir, señor Rainsford, au revoir”. El General Zaroff, con una marcada, cortés inclinación, se dirigió fuera de la habitación.

Por otra puerta vino Ivan. Bajo un brazo portaba ropas caqui de caza, un macuto con comida, una funda de cuero que contenía un cuchillo de larga hoja; su mano derecha descansaba sobre un revolver amartillado y encajado en el carmesí cinto alrededor de la cintura.

 Rainsford luchó su camino a través de la vegetación durante dos horas. “Debo mantenerme tranquilo. Debo mantenerme tranquilo”, se dijo con los dientes apretados.

No había tenido la mente despejada cuando las puertas de la finca se cerraron de golpe tras él. La primera idea fue poner distancia entre él y el general Zaroff; con ese objetivo se había apresurado, espoleado por los afilados aguijones de algo similar al pánico. Ahora se había contenido, había parado e hizo un repaso de él mismo y de la situación. Vio que una huida directa era inútil; inevitablemente lo lanzaría cara a cara con el mar. Se encontraba en un cuadro enmarcado por el oceano, y sus opciones, claramente, debían considerar ese marco.

“Le daré un rastro que seguir”, murmuró Rainsford y se separó de la ruda senda que había estado recorriendo para introducirse en la tierra salvaje sin caminos. Realizó una serie de giros marcados, volvió sobre sus pasos una y otra vez, recordando todo el conocimiento sobre la caza del zorro, y todos los quiebros de ese animal. Por la noche se encontró con piernas cansadas, las manos y el rostro lacerados por las ramas, en una cresta montañosa con abundantes árboles. Sabía que sería una locura continuar en la oscuridad, incluso si tuviera la fortaleza necesaria. Su necesidad de descanso era imperativa y pensó, “he interpretado al zorro, ahora debo representar al gato de la fábula. Un gran árbol de tronco grueso y salientes ramas se encontraba cerca y, teniendo cuidado de no dejar la menor marca, trepó hasta la copa y estirándose sobre una de las ramas más anchas, descansó en cierto modo. El reposo le trajo nueva confianza y casi un sentimiento de seguridad. Incluso un cazador tan celoso como el General Zaroff no le podría rastrear hasta allí, se dijo para sus adentros de; tan solo el mismo demonio podría seguir ese rastro tan complicado a través de la selva al anochecer. Pero quizás el el general era un demonio…

Una nerviosa noche se arrastró lentamente, como una serpiente herida, y el sueño no visitó a Rainsford, aunque el silencio de un mundo muerto yacía en la jungla. Por la mañana cuando un gris lóbrego barnizaba el cielo, el lamento de algún pájaro sobresaltado dirigió la atención de Rainsford en esa dirección. Algo llegaba atravesando la maleza, lenta, cuidadosamente, aproximándose por el mismo serpenteante paso por el que había venido Rainsford. Se aplastó contra la rama y a través de una pantalla de hojas tan espesa como un tapiz, vigiló… Quien se aproximaba era un hombre.

Era el general Zaroff. Caminaba con sus ojos fijados con máxima concentración en el terreno frente a él. Se detuvo, casi bajo el árbol, se arrodilló y estudió el suelo. El impulso de Rainsford fue arrojarse como una pantera, pero vio que la mano derecha del general sujetaba algo metálico, una pequeña pistola automática.

El cazador agitó su cabeza varias veces, como si estuviera confuso. Entonces se alzó y tomó de su cigarrera uno de sus puros negros. Su intenso aroma de incienso flotó hasta las fosas nasales de Rainsford.

Contuvo la respiración. La mirada del general dejó el suelo y se desplazó pulgada a pulgada por el árbol. Rainsford se congeló, cada músculo encogido como un muelle. Pero los afilados ojos del cazador se detuvieron antes de alcanzar la rama donde se encontraba Rainsford; una sonrisa se extendió por su rostro bronceado. Muy conscientemente lanzó un anillo de humo al aire; entonces le dio la espalda al árbol y se alejó cuidadosamente, de vuelta al camino por el que había llegado. El rumor de la maleza contra sus botas de caza se fue haciendo cada vez más débil.

El aire reprimido se apresuró cálido desde los pulmones de Rainsford. Su primer pensamiento le hizo sentirse enfermo y entumecido. El general podía seguir un rastro a través de los bosques por la noche. Podía seguir una pista extraordinariamente difusa; debía poseer increíbles poderes; tan solo por la mínima casualidad el cosaco había fallado en ver a su presa.

El segundo pensamiento de Rainsford aún fue más terrible. Mandó un estremecimiento de frío horror a través de todo su ser. ¿Por qué había sonreído el general? ¿Por qué se había dado la vuelta?

Rainsford no quería creer lo que su razón le indicaba como cierto, pero la verdad era tan evidente como el sol que ahora se abría paso entre la niebla de la mañana. ¡El general estaba jugando con él! ¡El general estaba asegurándose otro día de deporte! El cosaco era el gato; él era el ratón. Fue entonces cuando Rainsford conoció el completo significado del terror.

“No perderé los nervios. No lo haré”.

Se deslizó fuera del árbol y se volvió a introducir en el bosque. Su cara estaba rígida y forzó a su mecanismo mental a ponerse en funcionamiento. Trescientas yardas más allá de su escondite se detuvo donde un gran árbol muerto se apoyaba precariamente en otro más pequeño, con vida. Arrojando su bolsa de comida, Rainsford tomó su cuchillo de la funda y comenzó a trabajar con toda su energía.

Acabó finalmente la labor, y se lanzó tras un tronco caído cien pies más lejos. No tuvo que esperar mucho. El gato había vuelto de nuevo para jugar con el ratón.

Siguiendo el rastro con la seguridad de un sabueso venía el General Zaroff. Nada escapaba de sus inquisidores ojos negros, ni una aplastada brizna de hierba, ni una pequeña rama doblada, ni una señal —sin importar lo tenue que fuera— en el musgo. Tan absorto estaba el cosaco en su persecución que cayó en lo que Rainsford había tramado antes de darse cuenta. Su pie tocó la rama protuberante que era el disparador. Cuando lo hizo, el general percibió el peligro y saltó hacia atrás con la agilidad de un mono. Pero no fue lo suficientemente rápido. El árbol muerto, delicadamente situado para descansar en el extremo del vivo, se hundió y golpeó al general en el hombro con un golpe oblicuo durante su caída; si no hubiera sido por su lucidez, habría sido aplastado bajo él. Se tambaleó pero no cayó; tampoco soltó su revolver. Se quedo ahí de pie, frotando su hombro herido, y Rainsford, con el miedo de nuevo atenazando su corazón, oyó la risa burlona del general extendiéndose por la jungla.

“Rainsford” llamó el general, “si está lo bastante cerca para oír mi voz, como supongo que lo está, déjeme felicitarlo. No todo el mundo sabe construir una trampa malaya. Afortunadamente para mí, yo también he cazado en Malasia. Se está mostrando interesante, señor Rainsford. Voy a tener que vendarme la herida; aunque no es gran cosa. Volveré. Lo haré”.

Cuando el general, apretando su hombro golpeado, se hubo ido, Rainsford reanudó su huida. Ahora era una fuga, angustiosa, sin esperanza, que le llevó algunas horas. Llegó el atardecer, entonces la oscuridad, y aún continuó. El terreno se iba suavizando bajo sus mocasines. La vegetación era más fétida, más densa; los insectos le picaban de manera salvaje.

Entonces, dando un paso, su pie se hundió en el limo. Intentó sacudirlo de vuelta, pero el lodo absorbió viciosamente su pie como si fuera una sanguijuela gigante. Con un esfuerzo violento, logró soltarse. Sabía donde se encontraba ahora. La ciénaga de la muerte y sus arenas movedizas.

Sus manos se apretaron con fuerza, como si su temperamento fuera algo tangible que alguien quisiera arrebatar de su abrazo. La suavidad de la tierra le dio una idea. Retrocedió una docena de pasos o así desde las arenas movedizas y como si fuera algún tipo de castor prehistórico, comenzó a cavar.

Rainsford se había enterrado en Francia cuando un segundo de retraso significaba la muerte. Aquello había sido un pasatiempo agradable comparado con lo que era cavar ahora. El foso se hizo más grande; cuando era mayor que la altura de sus hombros, trepó fuera y cortó estacas de la madera de algunos árboles jóvenes, afilándolas hasta el punto exacto. Las plantó en el fondo del foso con las puntas hacia arriba. Con dedos rápidos tejió una alfombra rugosa con ramitas y hierba y con ella cubrió la oquedad de la fosa. Entonces, mojado por el sudor y dolorido de cansancio, se acuclilló tras el tocón de un árbol carbonizado por un rayo.

Sabía que su perseguidor estaba llegando. Oyó el sonido apagado de pisadas sobre la tierra blanda, y la brisa nocturna le trajo el perfume del puro del general. Le pareció a Rainsford que el general venía con una celeridad inusual. Parecía que no estaba estudiando paso a paso el camino. Rainsford, ahí agachado, no podía ver ni al general ni la fosa. Vivió un minuto como un año. Sintió entonces el impulso de gritar de alegría, ante el crujir de las ramas rompiéndose cuando la cubierta cedió; oyó el marcado grito de dolor cuando las afiladas estacas encontraron su objetivo. Saltó desde su escondite. Entonces se encogió de nuevo. A tres pies del foso un hombre se erguía, con una linterna eléctrica en su mano.

“Lo ha hecho bien, Reinsford”, la voz del general se oyó. Su fosa birmana para tigres ha reclamado uno de mis mejores perros. De nuevo puntúa. Creo, señor Rainsford, que observaré lo que puede hacerle a mi jauría al completo. Estoy ahora listo para irme a casa a descansar. Gracias por una tarde tan entretenida”.

Al romper el alba Rainsford, tumbado cerca del pantano, se despertó por el sonido que le hizo saber que aún tenía que aprender nuevas cosas sobre el miedo. Era un sonido distante, apagado e intermitente, pero lo conocía. Era el aullido de un grupo de sabuesos.

Rainsford sabía que podía hacer una de dos cosas. Podía quedarse donde estaba y esperar. Eso era un suicidio. Podía huir. Eso era posponer lo inevitable. Permaneció ahí por un momento, pensando. Una idea que suponía una oportunidad ínfima llegó a él y, ajustándose el cinturón, se alejó de la ciénaga.

El aullido de los perros se hizo más próximo, más próximo, y aún más. En una cresta Rainsford trepó por un árbol. Por debajo, en un curso de agua no más alejado de un cuarto de milla, pudo ver un arbusto moviéndose. Entrecerrando sus ojos, contempló la encorvada figura del general Zaroff; justo por delante de él Rainsford logró ver otro contorno de amplios hombros emergiendo entre las altas plantas. Era el gigante Ivan, y parecía empujado a avanzar por alguna fuerza invisible. Rainsford sabía que Ivan debía estar sujetando las correas de la manada.

Estarían allí en cualquier momento. Su cerebro trabajó con frenesí. Pensó en un truco nativo que había aprendido en Uganda. Descendió deslizándose del árbol. Cogió una rama elástica de un árbol joven y le ató su cuchillo de caza, con la punta dirigiéndose hacia la senda; con un pocas fibras de vid salvaje dobló hacia atrás la madera. Entonces corrió por su vida. El ladrido de los perros se hizo más intenso cuando dieron con el olor fresco. Rainsford sabía ahora lo que un animal perseguido sentía.

Tuvo que detenerse para coger el aire. Los aullidos de los perros se interrumpieron abruptamente, y el corazón de Rainsford también se paró. Debían haber llegado hasta el cuchillo.

Trepó ansioso a un árbol y miró hacia atrás. Sus perseguidores se habían parado. Pero la esperanza que anidó en la mente de Rainsford cuando había trepado, murió, pues vio en el poco profundo valle como Zaroff aún estaba sobre sus pies. Pero Ivan no. El cuchillo, dirigido por el retroceso del árbol al saltar, no había fallado del todo.

Rainsford rodó con dificultad por el suelo cuando los aullidos de la jauría se reanudaron.

“¡Aguanta, aguanta, aguanta!” dijo entrecortadamente, mientras se abalanzaba hacia adelante. Un hueco azul apareció entre los árboles justo delante. Los perros se acercaban. Rainsford se forzó a dirigirse hacia el hueco. Lo alcanzó. Era la costa del mar. Al otro lado de una cala pudo ver la grisácea piedra brillante de la finca. Veinte pies debajo suyo el mar gruía y siseaba. Rainsford dudó. Oyó a los sabuesos. Entonces saltó hacia el oceano…

Cuando el general y su manada alcanzó el lugar junto al mar, el cosaco se detuvo. Durante algunos minutos permaneció contemplando la extensión azul-verduzca del agua. Encogió los hombros. Entonces se sentó, tomó un trago de brandy de un frasco plateado, encendió un cigarrillo, y silbó un fragmento de Madame Butterfly.

El general Zaroff tuvo esa noche una excelentemente sabrosa cena en su gran comedor de madera. Con él estaba una botella de Pol Roger y media botella de Chambertin. Dos ligeras molestias le mantenían apartado del disfrute perfecto. Una era el pensamiento de que sería difícil reemplazar a Ivan; la otra que su presa había escapado; por supuesto, el americano no había jugado al juego, así pensó el general cuando saboreó su licor digestivo. En su librería leyó, para tranquilizarse, algo de las obras de Marco Aurelio. A las diez se dirigió a su dormitorio. Se encontraba deliciosamente cansado, se dijo a sí mismo, mientras cerraba con llave. Había algo de luz lunar, de modo que, antes de encender la lámpara, fue hasta la ventana y miró hacia el patio. Pudo ver los grandes perros y les dijo “mejor suerte la próxima vez”. Entonces encendió la luz.

Un hombre, que se había estado ocultando en las cortinas de la cama, estaba ahí de pie.

“¡Rainsford!” Gritó el general, “¿cómo en el nombre de Dios ha llegado hasta aquí?”

“El pantano”. dijo Rainsford. “Lo encontré más rápido que caminar a través de la jungla”.

El general aguantó la respiración y sonrió. “Le felicito”, dijo. “Ha ganado la partida”.

Rainsford no sonrió. “Aún soy una bestia perseguida”, dijo, en una voz baja, ronca. “Prepárese, general Zaroff”:

El general hizo una de sus profundas reverencias. “Ya veo”, dijo. “¡Espléndido! Uno de nosotros va a proveer un ágape para los perros. El otro dormirá en esta excelente cama. En guardia, Rainsford…”

Rainsford concluyó que nunca había dormido en una cama mejor.

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Como ha quedado claro en el desarrollo de la narración, la historia aborda el tropo de la “caza al hombre”. Con fundamento se trata de una idea, casi un subgénero, clave en la Ciencia ficción. Invita a reflexionar en la antigua idea del filósofo Hobbes (entre muchos otros) acerca del “hombre como lobo para el hombre”, algo tristemente claro desde en las disputas más domésticas hasta en las relaciones entre las diferentes organizaciones humanas. ¿Qué opinan sobre el tema? Evidentemente Zaroff es el mal personificado, pero tal vez lo peor que se pueda hacer con las personas malvadas es darles razones. ¿Tiene razón al denunciar una hipocresía considerar ético el comportamiento de un soldado en la guerra, pero no su particular entretenimiento? Por otro lado, el texto es profundamente avanzado para su época también en la perspectiva de ponerse en el lugar de otros animales que son cazados por diversión. No es algo que haga todo el mundo en la actualidad, como han analizado con brillantez filósofos de la talla de Jesús Mosterín, mucho menos en 1924.

No vamos a extendernos aquí en la herencia e influencia que The Most Dangerous Game ha tenido en las obras de ficción, algo que ya haremos en su momento. Queríamos ofrecer esta traducción en un fecha tan bonita como es el centenario de la aparición del texto, desde las premisas que se siguen en la actualidad al respecto, de modo que podamos ofrecer una traslación que no sea difícil de leer para el lector moderno, pero tratando de conservar en lo posible la esencia, vocabulario y estructura del idioma original (así como de su momento). Siendo una tarea diletante, espero que se nos pueda perdonar cualquier desliz o cualquier discrepancia respecto a la traducción.

Con todo no nos resistimos a señalar el peso específico, que de manera más o menos indirecta ha tenido esta historia. Desde la muy recomendable adaptación fílmica de 1932 por Irving Pichel y Ernest Schoedsack, hasta la incursión al respecto —a su manera— que hizo John Woo con Jean Claude-Van Damme en el Blanco humano de 1993. Pasando por las magníficas Séptima víctima y Décima víctima de Robert Sheckley (no perderse la adaptación que de esta protagonizaron Ursula Andrews y Marcello Mastroianni) o El perseguido de Stephen King y que Schwarzennager protagonizó, entre otras muchas obras del máximo interés. Pero la noche rodea ya la mansión Podcaliptus. La bruma se alza y aullidos se oyen en la lontananza. Es hora de descansar, tal vez disfrutando de una copa de oporto. Ya habrá tiempo de debatir acerca de todo esto. Bueno, ya saben, si no sucede nada extraordinario…


LIBRO RECOMENDADO POR PODCALIPTUS PORQUE “MOLA ARMA DE CLÉRIGO”, ES DECIR, “MAZO”

Disponible en físico desde la web de la editorial o en la librería que prefiráis. El PDF es Creative Commons, podéis pedírnoslo sin problemas

¿QUIERE SABER MÁS?

—Enlace para ver la primera película, en Dominio Público:

The Most Dangerous Game (1932 film) – Wikipedia

—Enlace al texto en el idioma original:

http://www.dukeofdefinition.com/dangerous_game.pdf

Autor del artículo

Víctor Deckard

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