Entretenimientos de antaño: las manualidades en los 80

Manualidades. Según la definición estandarizada: «Trabajo con las manos con o sin herramientas». En definitiva por tanto, la base de la tecnología. Entre otras de mis vicisitudes vitales, acabé estudiando Historia, y algunos profesores explicaban como en el proceso de evolución humana el pulgar prénsil es uno de los elementos que han hecho al ser humano especial, entre otras cosas porque facilita ese manejo de herramientas. Cuando vas cumpliendo años te das cuenta que ser especial no implica necesariamente ser mejor (puede que la nuestra sea una especie especialmente incompetente. Pero lo dejo a su juicio, que ya me meto en bastantes jardines). También vas aprendiendo —al menos es lo que me ocurre a mi, que no tengo porqué estar en lo cierto— que la generalización es cada vez menos útil para analizar fenómenos, y que dentro de la categoría especial hay ejemplares especiales y en el caso de las manualidades ochenteras, que es el tema que me ocupa hoy, yo era especialmente incompetente. Pero te las comías, sí o sí. Y aunque para muchos niños que habrán acabado lanzando cohetes desde la Guayana francesa o —más probablemente— cobrando mil euretes por su licenciatura técnica, eran fuente de orgullo y satisfacción —por citar a gente que llega a lo más alto por méritos propios— para otros eran una tortura. Era mi caso. Hoy repasaremos los ceniceros de barro, la arena de colores, la marquetería, los circuitos eléctricos y los muñecos calcetín. ¿Inofensivo? Ni hablar.

LOS CENICEROS DE BARRO:

Si lo intento ahora, miraré a mis manos igual. ¿Por que? ¡¿Por qué?!

Si en el estudio de la prehistoria la biología es imprescindible, en el de la antigüedad vayan preparándose para ser maestros alfareros. Que si la cerámica cordada por aquí, que si la de bandas, que si el vaso campaniforme por allá, que si… Vamos, un rollo. Les cuento como va un yacimiento: resulta que primero lees unos manuscritos arrebatados en divertidas aventuras a los nazis, luego te salvas por los pelos de una pelota gorda que rueda tras de ti… Bah, mentira. Normalmente un señor o señora con una cátedra está debajo de una sombrilla y tú con un cepillico en plena solana limpias cachos de barro que nos permitiran conocer mejor a las culturas antiguas o —más bien— acabarán olvidados en una caja de alguna facultad con goteras. Cuando los arqueólogos/estudiantes/becarios del futuro —de existir estos con permiso de Putin y, lo que tal vez sea más importante, de las subvenciones— analicen la cerámica de los 80 del siglo XX, se encontrarán con un elemento crucial para conocer esa cultura extraña: el cenicero de barro, en muchas ocasiones hecho por algún escolar.

En realidad era una época en la que se nos prepara para ser yonkis respetables, es decir, a fumarnos al menos una cajetica diaria de tabaco cuando cumplieramos la edad establecida. La peña molona de las pelis fumaba, nosotros nos divertíamos imitándolos con los cigarros de chocolate que vendían en todos sitios y de paso, como manualidades, hacíamos ceniceros de barro que tenían una alta probabilidad de ser recibidos con algarabía por los progenitores, ya que ellos sí tenían ya la edad legal para ser drogatas del fumeque. «Al fin le enseñan algo útil en el colegio» pensaría más de uno.

Y al final firmabas. Te quiero, papá. Para que fumes con salud. Licencia Creative Commons en Wikicommons por Lourdes Cardenal.

Venga, y como la cabra siempre tira al monte y porque no quede este texto como la obra de un misántropo cuarentón antisistema, introduciremos algún dato histórico. En este caso diremos que el cenicero era originariamente, antes de los palitos del cáncer, la palabra con la que se definía el espacio bajo la hoguera (en sus diferentes modalidades, como el hogar o el brasero) para recoger la ceniza.

Por lo que respecta a la práctica en sí misma de hacer el cenicero, estas cosas pueden ser ejemplo de como la escuela debería servir (imagino que ahora será más así, no gasto mucho en escuelas actualmente) para la cooperación más que para competir y compararse. Esta era una de esas cosas que dividían a los niños ochenteros: Playmobil o GiJoe, Sega o Nintendo, cenicero chuchurrío o práctico. Yo con lo primero por fases, en lo segundo Sega y en lo tercero ceniceros cubistas. Al menos mis padres no podían usarlos para echarse el piti por su poca funcionalidad. En la eleboración, sencillez: ponerse perdido de barro húmedo a lo plastilina y secar un rato al sol. Estaba en pleno apogeo la cultura de la cerámica cenicero.

Escena en el siglo XXXII: Queridos colegas, acabo mi exposición llegando a la única conclusión posible ante las pruebas irrefutables. Nos encontramos ante un vaso ritual perteneciente a un lider sacerdotal llamado Ricard. Ya podemos irnos al asador a comer (aplausos fervorosos). Imagen con licencia Creative Commons por JGB en Wikipedia

LA ARENA DE COLORES:

¡Qué bonito! (si sale) Licencia CreativeCommons en exploranuncajamas.blogspot.com

Aquí hay demasiada tecnología para mi. Después de leer unas cuantas webs, no sé si es mejor usar sal, arena, colorante o tiza. Por lo que a mi respecta si lo intentara ahora, seguramente esos inofensivos ingredientes explotarían. Recuerdo unos campamentos (la versión aparcaniños veraniega, ya que los padres tienen que seguir produciendo también en meses estivales) en la que la diferenciación estuvo entre los peques que lograban unos colores brillantes y los que conseguían una masa informe marrón. He aprendido a que el marrón sea de mis tonalidades favoritas. Pocas notas históricas aquí: la arena es mogollón de vieja y los colores están ahí de siempre para avisar cosas que el ser humano en muchas ocasiones tiende a interpretar al revés, como con los semáforos en ámbar.

Trankis que no voy a probar. Demasiado peligroso.

LA MARQUETERÍA:

Útil de marquetería sin la sierra, su estado natural. Imagen con licencia Creative Commons por tecno3iesmservet.blogspot.com

«Booooooing«. Si usted creció en los ochenta, el sonido de la décima cuchilla de sierra partida a la altura del cabo de Gata perfilando el mapa de España, será seguramente un sonido incrustado en su subconsciente. Mirando cualquier diccionario, incluyendo la Wiki, se puede leer que la marquetería es el «arte o técnica de chapar o embutir piezas de madera en una estructura formando patrones decorativos, diseños o fotos». Se compara o se relaciona también con el entarimar o poner parqué, por ejemplo en las viviendas, lo cual —por cierto— siempre me ha parecido una especie de Sudoku irresoluble. Cuando además me cuentan que hay que cepillar las puertas y no sé qué movidas, bizqueo. En realidad, la técnica de la marquetería también se puede hacer con otros materiales como son el hueso o el marfil (ya estamos jodiendo a otros animales, con perdón) y ha tenido potencias en época moderna (es decir, a partir del siglo XV, no confundir con época contemporánea) en lugares como Florencia, Nápoles, Países Bajos y por supuesto Francia, de donde viene la palabra, que basicamente significa incrustar. En definitiva los muebles del barroco, el rococó y todo eso que hace llorar al Feng Shui es muy Luis XIV, ya me entienden.

La sierra justo antes de alcanzar un cabo, un golfo o —incluso— una línea recta. Imagen por cyt-ar.com.ar

A mi se me daba fatal, en los 80 no se concebían ni por asomo gafas de protección para esas cosas de niños y de lo poco que recuerdo hacer, mientras sudaba la gota gorda porque me quedaban cinco curvas y solo una sierra, son mapas. Así aprendías el valor de la tecnología y de las patrias, lo que le ha venido muy bien al ser humano.

En mi caso el resultado hubiera sido el mismo

LOS CIRCUITOS ELÉCTRICOS:

La «web del maestro» nos cuenta que un circuito eléctrico es «un camino cerrado por donde circula la corriente eléctrica en la misma dirección«. Y ahí ya lo saben, poníamos la pila de petaca (que era el estándar de entonces, por ejemplo, en las linternas-ladrillo que llevábamos a las «colonias», curiosa palabra esta porque en los 80 ya no nos quedaban colonias de las de antes, de las de ver otras gentes a las que civilizar, y ya la expresión colonia «de antaño» quedaría para definir el Brummel o el Agua Brava); colocábamos cables (la electricidad no salta he escuchado en alguna ocasión en una expresión no del todo acertada); bombillicas para que vieramos el poder de la ELECTRICIDAD en su máxima expresión, que ha sido permitir los turnos de noche en las fábricas; y algún interruptor para que la magia de esta energía desapareciera o apareciera en función de nuestra voluntad de seres superiores (ja ja ja).

Como siempre, la teoría es fácil. Recuerdo mi primer examen de física y química en 1º de BUP. Al salir pensé no ha sido tan difícil. Me pusieron un 3.

Toda esta cacharrina se colocaba sobre un panel como los de la marquetería (¡horror!) y en mi caso, con montones de cinta aislante por doquier para sujetarlo todo. A veces se me encendía la bombilla y otras no, así que por ese momento de incertidumbre con el que acercabas la mano temblorosa en el interruptor bajo la mirada inplacable del evaluador, yo ¡no os lo perdonaré jamás, Galvani, Volta, Coulomb, Franklin, Ampère, Faraday, Ohm y Carmena! ¡Jamás! Bueno, sí, que gracias a vosotros también había Megadrive y el Golden Axe.

El único circuito eléctrico que me gustó en mi infancia prevideojuegos fue el «Operación» de MB, pero ¡qué tensión para sacer el fémur! Este de aquí ha quedado chulo, los mios tenían más empalmes que (pongan aquí el símil que quieran, corren tiempos peligrosillos para el humor). Imagen con licencia Creative Commons en jugarijugar.com

Con respecto a electricidad, la palabra viene del griego Élektron que no significa ni poder, ni luz, ni trueno, ni siquiera garrampazo, sino ámbar. Eso, como lo del color del semáforo al que al ser humano se la chufla. Y esto era porque el ámbar mineral tiene propiedades electromagnéticas. Tales características ya las observó Tales (je je je) de Mileto allá por los siglos VII-VI a.C. Uhmmm, me encanta el olor del ozono provocado por la electrificante aventura de aprender (en mi caso no a hacer circuitos eléctricos).

LA MARIONETA HECHA CON UN CALCETÍN:

¡Aquí el aroma no de aprender sino de la infancia! (aunque suene raro hablando de calcetines) Imagen con licencia Creative Commons por territorio80s.blogspot.com

Otro día ya contaré más cosas, pero de las de hoy era mi favorita. Posiblemente por su escasa dificultad técnica, porque para lo más complejo —como el coser botones a modo de ojos— me ayudaba mi madre y porque teatrero he sido un rato desde siempre. De hecho menudas conversaciones me pegaba con mi mano metida en un calcetín. En un incunable que le quité a un nazi (por norma general no son mucho de leer, y los que lo hacen vaya cosas leen, pero siempre tiene que haber uno relacionado con artefactos antiguos , como nos enseña el Canal Historia, así que permítanme la licencia) aprendí que si actualmente haces una marioneta con un calcetín deportivo blanco de raya roja y negra, nace un ser en la tela que te cuenta cómo viajar a la Nochevieja del 87. Sé que muchos lo harían, pero es mejor no trastear con el espacio-tiempo.

Con esto de crío monto una zarzuela por lo menos.

Y como —aunque de forma subrepticia— he dicho la palabra teta, mejor encomendarme a las alturas para que perdonen a este pobre pecador. Resulta que la palabra «marioneta» proviene de nuevo del francés, en este caso de Marionette, es decir «pequeña María» que era como se llamaba a la muñeca que la representaba en los teatros de estas características en época medieval. Totalmente cierto, me lo ha dicho un calcetín. Bueno, y este creo que es un buen final, porque al menos en mi caso no viene mal apelar a todo el santoral en el caso de —Cthulhu sepa porqué— se me ocurra algún día intentar de nuevo hacer manualidades, al menos de estas características.

Por cosas como esta vale la pena Internet y no por los golpes. Licencia Creative Commons en enquepiensauncalcetin.com

Dedicado a mis padres por, como he comentado en alguna ocasión, su paciencia. Especialmente en un día como hoy, a mi madre.

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ADENDA: En estos tiempos raros en los que hay que explicarlo todo, efectivamente, este es un artículo de humor que, curiosamente —o no— puede servir en ocasiones más para el análisis social que darle brochazos a un cacho barro. Si algo no le gusta y/o le ofende le comento una expresión muy guay que aprendí de pequeño cuando hacía pucheros. Ahora tiene un trabajo extra: desenfadarse. En realidad fui muy feliz en época del cole, aunque la mayoría de las veces con cosas a las que el sistema no le ha dado importancia o consideraba chorradas: como el rol, los videojuegos, leer tebeos de Benito Boniato (entre otros) y hacer representaciones teatrales. Quien sabe, tal vez la verdadera potencialidad del ser humano no está (o no solo) en la tecnología. Ya se sabe, la potencia sin control no sirve de nada. Mierda, eso era de un anuncio.

Autor del artículo

Víctor Deckard

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Comentarios

4 comentarios

  • Armiche dice:

    Guapísimo el artículo. Recuerdo los “cespines”, muñecos hechos rellenando una media de tierra con semillas que al brotar le salían como pelo. Sobre las colonias, en los 80 les seguía quedando Canarias como colonia de las de antaño, y les sigue quedando.

    Ahul!

    • ¡Qué bien! Me alegro mucho de que te haya gustado y gracias por el dato, me has recordado los cespines. Tuve uno que acabó con bastante mal aspecto, igual los trato si abordo una segunda parte. Gracias, un saludo podcalipstero 🙂

  • Salva dice:

    Gran artículo!!! ¿Qué me dices de los muñecos diversos de lana o el espejo con el dibujo rascado por detrás? ¿útiles, inútiles, quién sabe? Gracias por compartir sabiduría!!! Saludos!!

  • Gracias a ti por comentar, me alegro mucho de que te haya gustado 🙂 No recordaba las que comentas, pero al leerte me han venido «flashes» en la memoria, así que tal vez las disfrutara/sufriera. Indagaré más, lo dicho ¡muchas gracias!

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