Comidas de antaño: el menú de los 80

Los años 80 en España siendo niño tenían más que ver con esquivar jeringuillas, botellas de cerveza rotas en las áreas infantiles (pavimentadas éstas con piedras) y a los matones de recreativos o de la puerta de la discoteca light que trataban de robarte el bonobús, que con destapar conspiraciones del gobierno a lo Stranger Things. Una de las cosas a evitar, en ocasiones sin éxito, eran platos de comida que por suerte en ocasiones ya no están tan de moda, o no se elaboran de la misma manera. Hacemos hoy un repaso a alguno de los que ya en su momento, por diversos motivos —a veces espeluznantes, a veces no— me llamaban la atención. Y no solo te los podías encontrar en el menú del día del bar de abajo, incluso en ocasiones eran los platos fuertes de eventos como bodas y comuniones. Cuentan las viejas crónicas que en la actualidad, si eliges tres platos de la siguiente lista y te los zampas, se abre un vórtice espacio temporal que te traslada a 1982. Posiblemente en pelotas, como ya nos enseñó Jaime Camarón en Terminator, película de esa década. ¿Casualidad? No lo creo, así que «ojo cuidao».

Los entremeses:

El nombre parece derivar del francés antiguo, significando «entre plato». Puede estar bien tener algo que picar mientras se prepara la comida principal, pero los entremeses de los 80 ya me parecían de niño sospechosos cuanto menos. Recuerdo perfectamente cubos de ensaladilla rusa que servirían para cimentar la presa Hoover, un par de croquetas de contenido inclasificable, una empanadilla reseca y varias lonchas de embutidos de dudosa calidad. Fórmula que se repetía en el bar de carretera en el que se paraba a comer en el eterno viaje al pueblo, en la tasca del barrio y en el salón de celebraciones. Vamos, que los entremeses con su fórmula de ocultación del tipo y proveniencia de los diversos ingredientes eran insalvables. Lo mismo en las vacaciones de verano que si se casaba tu tío.

Imagen con licencia CC por Juan Emilio Prades Bel en Wikipedia.

La ensalada ilustrada:

Um, qué bien. Ensalada, fresquita y saludable. Pues en la década prodigiosa más bien no. Por lo visto, el nombre viene de la costumbre aragonesa de «ilustrar» la ensalada con trozos de jamón o de otro tipo de carnes. En realidad, la ensalada ilustrada se convirtió en una especie de cajón de sastre en la que —me da a mi— muchos creativos cocineros echaban los restos que les sobraban de otras cosas mientras se fumaban un cilindrín, que diría JAN. Lo mismo te podías encontrar ahí dentro una anchoa, con suerte, que un trozo de lo que se conoce como jamón de York y que a saber de donde venía. En el camino salían a saludar alguna triste aceituna, láminas de cebolla cruda y pedazos de atún cuya dureza podría servir dentro de un calcetín como arma defensiva. El hurgar en esas ensaladas sin que el estómago se te pusiera del revés era una nueva aventura, esta sí real, que nos ofrecían aquellos tiempos.

La ensalada es el plato ideal para hacerte trampas jugando al solitario. Un poquito de tocino frito por aquí, atún de lata por allá… Imagen Dominio Público.

El filete ruso:

El filete ruso es en realidad algo común a varias comidas que aparecen en este artículo: deconstruir para que el origen del producto quede en una romántica incertidumbre. O dicho de otra manera, que no tengas ni «repajolera» idea de lo que te estás comiendo. En esto tiene mucha culpa gran parte de la industria cárnica, que vende como saludables productos a los que el prefijo «sub» los puede definir muy bien, y que trata de convencernos de que comer carne a todas horas es bueno para no sé qué. En realidad rastreando el filete ruso se ve que su origen puede estar en el conocido como «filete Salisbury», bautizado por el médico de la guerra de Secesión que opinaba que la fruta y la verdura provocaban cáncer y que mejor zamparse «carne» que recordara a un filete que darle a una manzana. Ese era el nivel. En los 80 se veía mucho bañada en tomate frito que más bien podía llamarse azúcar frito. Recuerdo filetes de esos que se podían usar como suela de zapato. ¿Y esto del filete ruso no es una hamburguesa, se preguntarán? Bueno, sí, encerrándolo entre dos panes con ketchup y el pepino que todos quitábamos, ya teníamos el plato estrella de las franquicias internacionales y del Burguer Paco’s (los ochenta fueron también muy del genitivo sajón).

¡Y bien de patatas fritas! Los 80 eran muy de patatas fritas. Imagen por Biso en Wikipedia (licencia CC)

Los San Jacobos:

Aquí de nuevo un viejo truco: rebozar. Más allá de la fantasía del nombre, que derivaría de los peregrinos suizos que traerían la receta por el camino de Santiago o «Jacob» (esto del santoral gastronómico no deja de sorprenderme, porque con lo «estupendos» que nos ponemos con algunas cosas seguimos comiendonos «las tetas» de Santa Águeda entre otros ejemplos inclasificables) un buen y potente rebozado sirve para no distinguir muy bien lo que se encuentra ahí dentro. Aunque ya no gasto de estas cosas, he comido San Jacobos muy buenos, cuyo secreto era ¡tachán! contar con carne y queso de primera. Normalmente, sobre todo en la época de mi infancia —más si comías fuera— esto no solía ser lo habitual, con unos San Jacobos hechos con el jamón de York que también «ilustraba» a la ensalada y con tranchetes cuyo parentesco con el queso de verdad es más bien lejano . En palabras de un artículo de «El comidista», que enlazamos más abajo: «Los tranchetes son normalmente productos procesados a base de grasas, proteínas del suero de la leche, sólidos, aromas, colorantes, aditivos y altos niveles de sodio, describe Paqui Cruz, maestra quesera». ¿Se les ha abierto el apetito? A mi tampoco.

Imagen por Juan Emilio Prades Bel en Wikipedia (licencia CC)

Los postres:

Después de un buen menú consistente en cosas que no sabíamos muy bien qué eran, llegaba el momento del postre que nos iba a endulzar el comienzo de una tarde cuyo momento cumbre eran los estrepitosos choques (no letales) de vehículos en el «Equipo A». Y eso que a través de las salsas y otros preparados ya llevábamos bastante azúcar en nuestro organismo, preparándonos desde pequeñitos a una de las muchas adicciones toleradas (e incluso fomentadas) por un sistema que, sin embargo, ve la marihuana como antesala de la heroína. Si es que hay que reírse. En cualquier caso, el postre era motivo de gran jolgorio tras la ensalada ilustrada. Por enlazar con los San Jacobos, clásicos eran los petit suisses, verdadero éxito de mercadotecnia ochentera en su vertiente más comercial, que ni tenían nada que ver con el yogur ni aún menos con fruta saludable (presente en esos cubículos en cantidad ínfima) sino más bien con mucho azúcar (más), almidón y aromas que engañen a nuestro cerebro para hacernos creer que nos estamos comiendo trozacos de fresa. En algunas variantes el truco consistía en luteína (un pigmento) o carmín. Como lo oyen.

Petit Suisse casero (mejor que el «comprao», como todo). Imagen por CHTFN en Wikipedia (licencia CC)

A los postres con los que vamos a cerrar este artículo aún les sigo teniendo cariño por motivos emocionales, así que vamos a cerrar con una nota dulce —je, je— aunque tampoco contribuyan ni mucho menos a una dieta saludable. Por un lado el Comtessa (en su vertiente de chocolate, el anatema de la versión limón hace llorar —como la tortilla de patata sin cebolla— al niño Jesús) cuya historia es muy curiosa y que se describe también en uno de los artículos del que también incluimos enlace. Resulta que un pastelero británico tuvo la idea de compaginar el formato de «mil hojas» con el helado y le salió esto, testigo mudo de las navidades en todos —y cuando digo todos es todos— hogares hispánicos. Cuando se le vio una teta a Sabrina Salerno en la Nochevieja del 87 había un trozo de Comtessa en su mesa, querido lector. Recuérdelo, para lo que le será útil el pareado chorras que me acabo de marcar.

Finiquito con uno de mis sueños de infancia: las naranjas y los limones helados que estaban en las vitrinas de los congeladores industriales de todo bar de los 80 que se preciara. Poco las caté, pero ya me parecían prueba de que el ser humano estaba llamado a usar lo que le ofrecía la naturaleza, mejorándola además en el proceso. ¿Qué es eso de zamparte una aburrida naranja o limón? Nos quedamos con lo que no se come, que es la pelarza, y dentro metemos bien de azúcar (aún más), leche otra vez de dudosa procedencia y aromas que nos recuerdan a frutas que precisamente hemos vaciado. En definitiva, la humanidad está llena de contradicciones, pero ¡qué bien sienta el azúcar helado al sol! Y estamos de enhorabuena, porque cada vez hay más días de sol —o de «buen tiempo» como dicen en los telediarios— en invierno. Me voy a comer un «petit suisse» en la terraza. ¡Andalahostia! que seco baja el Ebro, qué cosas.

Imagen con licencia CC por UPSTICKSNGO en Flickr

Dedicado a mi madre, quien se esforzó en los 80 para que comiera sano pese a todas las dificultades, y a la Dra. Jesenskà porque sus ideas han sazonado —para bien— el texto.


¿QUIERE UD. SABER MÁS?

-Artículo que habla de la historia del helado «Vienetta» o, como sobre todo se conoció en España, Comtessa:

https://www.lasprovincias.es/planes/maravillosos-helados-comtessa-20211105001357-ntvo.html

-Artículo que habla sobre el márketing y elaboración de los «Petit Suisses»:

-Artículo que habla sobre la historia de la ensalada «ilustrada»:

https://elcomidista.elpais.com/elcomidista/2021/11/09/articulo/1636471540_002830.html

-Artículo sobre los tranchetes:

https://elcomidista.elpais.com/elcomidista/2018/12/14/articulo/1544785871_349323.html

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Autor del artículo

Víctor Deckard

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Comentarios

6 comentarios

  • neem dice:

    Gracias, no recordaba ya la «Ensalada Ilustrada»..

    Aunque en mi barrio siguen haciendo el bocata «Vegetal» de Pollo con Atún, Huevo Duro, Mayonesa..
    y si, un par de trozos de lechuga y una rodaja de tomate..

    Eso si, a parte del nombre, nada que objetar

  • Javi dice:

    yo veo las manzanas asadas, y el brazo gitano.

    • Grandes sugerencias. Con tu permiso me las apunto por si hago una segunda parte 😉 Las manzanas asadas las odiaba de niño porque me encontraba las pepitas y me daban repelús, aparte de que lo consideraba una especie de trampa para evitar los postres que nos gustaban a los niños yonkis del azúcar XD El brazo de gitano lo hacía mi abuela con una receta que aún sigo usando. Muchas gracias por tu comentario 🙂

  • Musico dice:

    Te falta el gran clasico, con extra de azucar, postre pijama!!

    • xD Cierto, por desgracia no me he acordado para el artículo y de pequeño ya me encantaba el nombre. Fantasía azucarada, como el Banana Split. Había una fruta, pero enterrada entre nata, bolas de helado, sirope y demás ascensores orbitales hacia la taquicardia XD. Gracias por comentar 🙂

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