Siempre ha estado ahí

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El cementerio de Torrero siempre ha estado ahí. Me refiero a toda mi vida, claro. Entendámonos. Me interesa la historia, de hecho es lo que estudié en la universidad y en lo referido al camposanto sé cuando se construyó, las vicisitudes que ha conocido cuando yo aún no había nacido, muchos de sus avatares pretéritos y episodios que llamaron en su día la atención y que son de conocimiento público. Pero desde una perspectiva subjetiva, el tiempo de vida que ha conocido un ser humano es siempre para él. Por eso este lugar ha existido siempre. Si se me permite la expresión, yo nací a su sombra. No literalmente, por supuesto. Mi madre no me dio a luz junto a su tapia, pero era vecina del barrio que —por decirlo de alguna manera— lo acoge. Un lugar popular, nacido por y para servicios públicos, a veces usados mejor y a veces peor: un canal, canteras, el cementerio, una cárcel. Una comunidad de vecinos que siempre será mi casa, porque aunque se dice que uno es de donde pace, no se olvida donde se nace sobre todo si es el lugar donde uno crece, como fue mi caso.

De modo que si nací abrigado por el cementerio, también pasé mi infancia junto a él. Tengo recuerdos de sus tapias desde muy pequeñito. Siempre me impresionaron, imagino que porque desde que somos jóvenes, la idea de la muerte siempre está presente. Es curioso como va llegando a la vida. Al principio es algo abstracto. Alguien está, se le puede visitar, te lo puedes encontrar y de repente desaparece para siempre. Pienso en el cementerio cuando era pequeño y me acuerdo de un profesor que falleció. Pienso en él y veo esas tapias de ladrillo. Ante esos miedos los adultos tratan de tranquilizarte. Por circunstancias familiares no era el de Torrero el cementerio que visitábamos todos los años cuando hay que recordar a los que se van, pero todos me llevaban a aquel. El más grande y el más cercano. En él pensaba cuando mis padres me decían con toda la buena voluntad ante mis temores cuando íbamos a estos lugares, que la gente que allí estaba reposando salía a pasear cuando los vivos no mirábamos. Incluso de vez en cuando por las noches —me contaban— jugaban a fútbol mientras los que habitaban —si se puede decir así— los nichos superiores aplaudían a los jugadores. También recuerdo cuando, también con toda la buena fe, me dijeron que eso no era verdad. No había alegría y juego en el cementerio. Solo silencio. Y es curioso, pero en aquel entonces, cuando ya llegó para quedarse en mi mente la relación entre muerte, silencio y cementerio, si cerraba los ojos veía el camposanto de Torrero, aunque no era el más visitado. Supongo que, como diría Delibes, vivía lo suficiente cerca de él como para que la alargada sombra de sus cipreses me alcanzara.

Poco a poco fue llegando la edad en la que no siempre necesitaba a mis padres para salir a la calle. En el colegio, que estaba junto al canal, hice amigos. Poco a poco llegaron a través de películas y libros, las historias de miedo. Haciéndonos los valientes unos con otros, las contábamos como si no nos afectaran, aunque la realidad era que en la soledad de nuestras habitaciones más de una noche no nos dejaron dormir. A veces incluso nos las inventábamos y, como el que no quiere la cosa, incluso nos poníamos nosotros como protagonistas de esas tétricas e ilusorias historias. Aprendimos que los cementerios eran lugares de espíritus y ánimas atormentadas, donde si las circunstancias eran las apropiadas aterrorizados mortales podían ser testigos de las manifestaciones de un poco definido “otro lado”. Incluso yo me inventé para contárselo a los amigos, que sobre el muro del cementerio había visto una solitaria tarde de verano la figura de una mujer envuelta en luz. Aún recuerdo como a un amigo que me preguntó al respecto si noté algo raro (como si lo que había visto no lo fuera suficientemente) respondí con toda la indiferencia que me fue posible, “noté que de repente hacía frío”, a lo que él me replicó también con tono de especialista en la materia, “sí, eso suele ocurrir”. De repente el cementerio se convirtió, por ser el lugar relacionado con un indefinido «más allá», en el lugar en el que podían suceder cosas emocionantes. De ahí a que alguien propusiera visitarlo y todos asintiéramos haciéndonos los valientes cuando en realidad estábamos más que asustados, había un paso. Ese fue el origen de unas cuantas expediciones de niños, haciendo bromas en el camino y luego guardando un abrumado silencio cuando nos encontrábamos en el lugar, rodeados por la imponente quietud del arte funerario de esos días que no son los señalados. Nuestras aventuras, que nos asustaban mucho más de lo que hubiéramos estado dispuestos a reconocer, terminaron una de esas tardes cuando al girar tras pasar un grupo de nichos, nos encontramos en el interior del complejo con un coche de la policía. Mi respuesta automática fue echarme a correr por donde habíamos venido y  a los diez metros detenerme y regresar cabizbajo a donde estaban los agentes y mis amigos. Nos preguntaron si nos habíamos llevado algo, y que mi respuesta al salir corriendo venía a ser sospechosa. Tiempo después nos dimos cuenta de que habían estado bromeando con nosotros para darnos una lección, pero de este modo el cementerio fue el lugar donde adquirí otro miedo muy diferente al que nos había llevado allí: el de la autoridad de algunos adultos que no eran los padres y que representan la fuerza de la sociedad de los vivos.

Poco a poco fuimos creciendo y los juegos y preocupaciones infantiles dieron paso a las de la adolescencia. Mi instituto se encontraba a un par de centenares de metros de los límites del cementerio y en esa época también me acompañó, aunque de manera diferente. Su vista estaba en el trayecto que tenía que realizar para ir a clase y fue mudo testigo no del temor a la muerte, sino a otros muy diferentes: a no encajar, a que se rían de ti, a no gustar. En ese sentido, también formará parte de mis recuerdos en esos felices y mágicos momentos en los que la complicidad y sonrisas con una compañera se tradujeron en paseos, bromas y besos. Al lado del cementerio llegaron esos momentos en los que el contacto íntimo con otra persona me hizo acelerar el corazón y pensar que nada más era necesario para la felicidad en la vida. Época voluble y acelerada en el que de repente lo que estaba claro que iba a durar para siempre eran en realidad unos pocos meses que acababan con la sensación de que el fracaso amoroso no se iba a poder superar nunca. En poco espacio de tiempo, el espacio mudo del cementerio me vio reír y me vio llorar a su lado. No por los ausentes sino por los primeros amores.

LLegó lo que se conoce como madurez. Y la sombra de las tapias del cementerio dejó de ser tan intensa, aunque no desapareció nunca del todo. Cambié de barrio, mudé de ciudad e incluso durante un tiempo, de país. Pero siempre he vuelto al barrio, a mi familia y de este modo, a mi infancia y por tanto también al cementerio. He contado y he escuchado narraciones sobre panteones de personas ilustres, he asistido a la reparación en la memoria colectiva de víctimas de periodos oscuros del pasado. Tras abandonarlo, siempre me ha gustado enseñarles Torrero a seres queridos ajenos a él porque está lleno de historias, de acontecimientos, de lugares especiales y porque al fin y al cabo, también es mostrarles parte de mi. Pasan los años, las preocupaciones son otras: por el trabajo, por la política, por otras relaciones que son más duraderas y reposadas que las de la adolescencia pero que también te pueden marcar. Navegando por estos temores y fondeando en otros momentos de felicidad, la vida discurre rápida. Y curiosamente ahora que va quedando atrás el que probablemente sea el ecuador de mi vida, vuelve uno de los miedos infantiles, el relacionado con la muerte. Cuando alcanzas cierto conocimiento vital, te das cuenta que los padres tratan de hacerlo lo mejor posible, pero de la misma forma que me sucede a mi y a los demás, no tienen todas las respuestas. ¿Qué es la muerte? ¿por qué vivimos? No lo sé y en ese desconocimiento vuelvo a ver el cementerio de Torrero si cierro los ojos. A veces, en noches de insomnio esa ignorancia resulta angustiosa, pero la imagen del cementerio me resulta de alguna manera tranquilizadora. Comenzaba esta narración diciendo que siempre ha estado ahí. Cuando yo me vaya seguirá estando. No para toda la eternidad, claro. ¿Cuantos años se seguirá utilizando? ¿Cuando se abandonará? No lo sé, pero en definitiva, ¿qué me importa? De una forma u otra siempre ha estado ahí y siempre lo estará. Es muy posible que me lleven a él cuando el momento de partir haya llegado. Ahora pienso en eso, pero también en que en él viven gatos y en que me gustan mucho todos los animales, aquellos en particular. No me importará acompañarlos de la forma que prefieren: en silencio. Esta idea y todos los recuerdos del lugar hacen que tema de nuevo a la muerte, pero ya no al cementerio de Torrero.

Imagen WikiCommons por Herrinsa (Creative Commons 3.0)

Nota: Con ligeras modificaciones, este relato ha sido publicado en el libro conmemorativo del «I Concurso de Relatos Ángel Sanz Briz». Imagen de portada con licencia Creative Commons por Javier H O en WikiCommons

Licencia de Creative Commons
Este obra está bajo una licencia de Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-CompartirIgual 4.0 Internacional.

Autor del artículo

Víctor Deckard

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