Narrativa inquietante: «El camino de Carcosa»

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Estaban deseando salir de la ciudad. Todo el tiempo de pandemia, los agobios por los impresentables que no sabían colocarse una simple mascarilla y unos niños que no paraban quietos en un apartamento de sesenta metros son rasgos que, además repetidos durante meses, estuvieron a punto de acabar con su paciencia. En cuanto hubo más libertad de movimientos empezaron a buscar un lugar en el que refugiarse de tiempos tan estresantes. Tras una larga pesquisa por Internet y diversas aplicaciones, pues parecía que todo el mundo estaba deseando largarse, encontraron el que parecía el lugar adecuado: una localidad minúscula en un rincón de una provincia interior, con bosques cercanos y posibilidad de realizar largas excursiones. Habían encontrado Castro de Manzanillo. Nunca antes habían escuchado ese nombre, tampoco el de la cabeza de la comarca, lo que les animó aún más por sus ansias de tranquilidad.

Tras las vacunas los niños se quedaron con los abuelos. Nunca habían sido muy propensos a cargar a sus padres con una crianza que no les correspondía, pero cuatro días no parecía algo excesivo y cuidadosos como eran habían protegido a las personas mayores de la familia, estrictamente y con ausencias obligadas, durante el tiempo en el que el virus fue más mortal. Los más mayores también echaban de menos a los pequeños, de modo que todos recibieron con agrado la idea de que la pareja hiciera el viaje en solitario.

El recorrido fue agradable. Siempre viajaban despacio, por carreteras secundarias que no contaban con mucho tráfico y que en esta ocasión en los últimos cien kilómetros aproximadamente, eran obligatorias por lo recóndito del destino. Cuando estaban llegando sonrieron. La última hora de la tarde bañaba con una apagada luz vespertina las siluetas de aproximadamente una veintena de casas que —de forma irregular— se repartían por una colina que formaba parte de una serie de estribaciones encajadas en un pedregoso cauce seco. Habían llegado a Castro de Manzanillo.

En la recta final, justo antes de alcanzar la localidad, una figura se fue aproximando a ellos. Por el tipo de peinado y la silueta parecía una mujer, aunque era difícil reconocerla completamente porque el sol se estaba poniendo tras ella de modo que su luz deslumbraba algo a los viajeros y, por otro lado, debido a que llevaba puesta una mascarilla. Esto les sorprendió, porque estaba sola y en el exterior, pero tampoco se pudo decir que les importara mucho después de tanta inconsciencia observada en la ciudad. Cuando el coche, lentamente y con precaución pasó a su lado, pudieron observar mejor la figura. Efectivamente era una mujer de aproximadamente unos cuarenta años, con un pelo muy liso, largo y abundante que se derramaba sobre sus hombros. Llevaba lo que parecía un antiguo chándal de hacía varias décadas, de esos cuyos colores nunca alguien se hubiera atrevido a compaginar salvo en unos años muy concretos. Avanzaba por el borde de la estrecha carretera, que no tenía arcén. Cuando el automóvil estaba a unos pocos metros se detuvo y miró al interior del vehículo. No se distinguió ningún cambio en el rostro, mientras que su mirada parecía más bien perdida, sin parecer ver. Esto sorprendió a la pareja, más aún cuando aún se veía a la persona detenida tras haberla dejado atrás con la cara vuelta hacia ellos. Cuando tuvieron que girar para enfilar un antiguo puente que era el acceso único al pueblo, desapareció de su vista.

—Joder, como son estos de pueblo —dijo él con el típico comentario urbanita que no obstante trataba de reducir la extrañeza por tan misteriosa figura— ella acompañó con una risa, aunque no en un tono muy elevado.

Tras aparcar en una pequeña plaza a la entrada del pueblo —el acceso al resto del lugar por angostas callejuelas empinadas no invitaba a la conducción—, la pareja se apeó y miró alrededor. Las viviendas a la vista, pese a contar en su mayoría con macetas en las que crecían agradables plantas, tenían sus postigos cerrados o en todo caso entornados.

—Hemos llegado justo a tiempo —señaló ella— diez minutos para la hora en la que hemos quedado con el dueño… —miró el móvil— Carlos.

Ya que de momento no había aparecido el hombre que les alquilaba la vivienda, estiraron las piernas por la plaza. En el lado contrario al conjunto de viviendas había una balaustrada de piedra que se asomaba al ausente río. Se acercaron y contemplaron el paisaje. Al otro lado del barranco se veían un par de casas sueltas, separadas entre sí por un amplio espacio. Ambas contaban con vallas metálicas tras las cuales se distinguían pequeños huertos. Entre ellas había abundante vegetación y tras de sí, árboles hasta la cima de la cresta. Mayoritariamente pinos. De repente él vio como una forma oscura salía de entre unos troncos y se quedó inmóvil a unos cincuenta metros de donde la había visto aparecer. Aparentaba el tamaño de un perro grande y parecía estar agazapado, pero la distancia y la falta de luz no permitían distinguir con claridad los detalles.

—¡Anda! ¿has visto eso? —dijo señalando— Igual es un zorro o un jabalí…

—¿El qué? ¿Aquello negro? No sé, ¿lo has visto moverse? Parece una especie de bidón, ¡un barrilete de la foresta!

Él se iba a echar a reír, pero en un instante la figura desapareció. No es que la vieran irse a toda velocidad ni nada parecido. Es que hacía un instante estaba y ya no. Se quedaron con la boca abierta con el convencimiento de que el juego de luces y sombras del atardecer les había jugado una mala pasada.

—¡Hola! -una voz que les hizo dar un respingo se dejo oír a sus espaldas— siento haberos hecho esperar, los últimos llegaron un poquito tarde—.

El que se disculpaba era un hombre de mediana edad, pelo corto moreno y tintado, gafas ligeramente empañadas sobre la mascarilla.

—Soy Carlos —saludó con la mano—, os enseñaré el camino. El coche lo podéis dejar ahí perfectamente.

Ellos cogieron sus mochilas y siguieron al hombre. Desde luego, cualquier otra solución que no hubiera sido subir andando habría sido complicada. Las calles eran verdaderamente estrechas y seguían unas direcciones aparentemente caóticas, con muchas curvas. Las puertas de las casas estaban en todos los casos cerradas, aunque ella vio una sombra recortada tras una de las ventanas de un segundo piso, al parecer la máxima altura de las edificaciones.

—Ya disculparéis, pero ahora tenemos que dar un pequeño rodeo hasta el sitio. Antes el camino era más directo, pero una de las casas abandonadas se derrumbó y taponó la calle.

En efecto, vieron los escombros que obstruían una de las vías y giraron en dirección contraria al tapón para dar la vuelta a la altura de una pequeña iglesia porticada de estilo románico.

—¡Uauh! -dijo él— Parece antigua.

—Sí  —respondió el otro— por suerte estamos tan apartados que nunca nadie se tomó la molestia de cambiarle el estilo, esta es de las auténticas —se detuvo para contemplar la fachada del solemne edificio. Sonrió ampliamente— Igual hay suerte y os la podemos enseñar, yo tengo una copia de las llaves.

Reanudaron la marcha. Hicieron una curva por el lado superior a la calle cortada para ir a salir al otro lado. Tal vez cruzaron por enfrente de unas veinte casas. Aproximadamente la mitad estaban pintadas e incluso decoración artesana colgaba de algunas de las repisas. Pudieron ver algún atrapasueños y cuerdas con piezas metálicas que imaginaron sonaban cuando soplaba algo de viento, lo que no era el caso. El resto de viviendas se encontraba en un estado de abandono tal que, como habían comprobado que podía suceder, amenazaba ruina. El silencio era total.

—Hemos llegado —dijo el hombre.

Estaban en una pequeña placita callejera, mucho más diminuta que aquella donde habían dejado el coche. A un lado se abría uno de los barrancos que desaguaban, por decirlo de alguna manera, en el cauce principal del río. En el opuesto había una fuente con caño antiguo desde el que se proyectaba un agua cristalina que —al impactar sobre el plato— hacía un ruido que resultaba intenso ante tanto silencio. El hombre se encaró a un portalón de madera que se alzaba orgulloso frente a ellos, como una boca enorme. Carlos empujó la puerta, que se abrió con un sonido ajado.

—No la cierro nunca. Ya sabéis, en los pueblos no hace falta —se hurgó en la chaqueta para sacar un objeto pesado—. Sin embargo aquí tenéis la llave por si la necesitáis.

Ella la cogió y los tres se adentraron en la oscura vivienda. El recibidor era amplio pero intimidaba a la luz del exterior, que no se animaba a penetrar en el interior. Hacía bastante fresco.

—Veis que ahí hay una pequeña habitación, pero no la he preparado porque venís los dos solos. Además el baño está más cerca del otro dormitorio.

Todo esto lo dijo quitándose la mascarilla. Estupendo, pensó ella, este es de los  que la llevan puesta fuera y en cuanto entran a algún sitio se la quitan, vivimos en el mundo al revés. Intercambió una mirada con su pareja en un diálogo mudo que ya habían tenido unas cuantas veces. Se asomaron a la estancia que les señalaba el otro. La palabra “pequeña” le quedaba grande. Una cama y un armario no muy amplios parecían desbordar el espacio. Subieron juntos por unas estrechas escaleras que se abrían a —esta vez sí— un amplio espacio de cocina y salón. Dos ventanas se abrían a la plazuela frente a la casa y a los montes que se erguían al otro lado de la barranquera. La visita fue rápida. Desde el espacio de “estar” se podía acceder a una amplia terraza encajonada entre muros que no permitía las vistas al exterior.

—Aquí podéis hacer lo que queráis -dijo el guía con una sonrisa aparentemente picarona —nadie os va a ver.

Los otros se miraron fugazmente y aprovechando que el tipo se había dado la vuelta pusieron los ojos en blanco. La visita continuó en el piso superior, para descubrir un amplio dormitorio y el diminuto baño en el tramo superior de escaleras. Volvieron a bajar a la cocina.

—Bueno —dijo Carlos—, que la disfrutéis. Ahí tenéis cerillas para el gas y tranquilidad no os va a faltar. Mi pareja y yo la elegimos por esto, lo que pasa es solo nos podemos juntar en momentos… muy concretos. Así que no la aprovechamos todo lo que quisiéramos.

—¿No sois de aquí? —preguntó el otro.

—¡Qué va! Descubrimos el pueblo de casualidad y nos encantó la paz. La carretera termina aquí, ya habéis visto. Ni un coche se escucha por las noches. Por cierto, solo vais a tener cobertura en la terraza o en la calle, la señal casi no llega y con las paredes de piedra más aislados no podéis estar. Fin del estrés —sonrió generosamente—. Bueno, yo me voy, la llave la podéis dejar en cualquier sitio que la veré cuando vuelva —la sonrisa se amplió aún más—. Bueno, hasta otra.

Cuando acabó de decir esto cogió una botella de cristal que se encontraba sobre la encimera de la cocina y sin sentir la necesidad de verter el agua que contenía en un vaso, se llevó el recipiente a los labios y empezó a beber. “Gluc, gluc”, el sonido iba al son de su nuez, que subía y bajaba. Dejó la botella en el mismo lugar donde se encontraba, bajó las escaleras y se marchó.

—Madre mía qué “marcianada” —dijo ella—, Impresionantes medios profilácticos en época de pandemia.

—Ja ja ja ja —se rió él— menos mal que ya han llegado las vacunas, porque si no nos da un “patatús”.

Dicho esto cogió con precaución el envase de cristal del cual el otro había bebido con tanta alegría y lo apartó al rincón más alejado.

—Bueno, en cuarentena —y se puso a lavarse las manos—.

Ella mientras tanto estaba aprovechando para abrir las ventanas y ventilar un poco el lugar. El sitio, aunque daba muestras de no estar impoluto, por lo menos tenía su encanto de tipo rural. Los suelos eran bonitos, con una acogedora tarima, mientras que los muebles eran antiguos pero restaurados con ese gusto tan actual que mezcla lo añejo con lo que está de moda.

—Ey —señaló ella un puf gigante— eso tiene que ser cómodo.

—¡Vamos a probarlo! —dijo el otro echándose encima del objeto, casi cogiendo carrerilla, que señalaba ella.

“BoooF”, el objeto se hundió bajo su peso. Levantó la cabeza que había sumergido en la tela y en el relleno bajo esta poniendo una mueca de sorpresa.

—¡Eeeeck! ¿pero qué es esto? —alargó la mano y levantó un pequeño objeto blanco con dos dedos. Era un pañuelo de papel que había conocido tiempos más limpios—. ¡Madre mía, Carlos! Mira que no soy escrupuloso… pero esto es un asco. Limpiar y que se te quede esto por ahí…

—Puaj —exclamó ella— ¿limpiar? Si está lleno de polvo y encima con sorpresas. ¡Y se pone a beber a morro! Me parece que me está dando la bajona.

Él se levantó rápidamente y mientras tiraba el papel a un cubo de basura, para después volver a lavarse las manos, dijo:

—Ya, guapa. Bueno, no te preocupes. Vamos a darle un zafarrancho de limpieza a esto y luego a relajarnos, desde luego tranquilidad aquí hay para aburrir. Mañana nos vamos de andada y por la tarde lectura y “relaxing” con el birreo que nos hemos traido. ¿Deal?

—¡Deal! —respondió ella sonriendo tras el momento de agobio— y lo dejamos sin cinco estrellas en Google por hacernos trabajar.

—Que se fastidie por tenerle alergia a la limpieza —ambos se echaron a reír.

Cuando terminaron la noche ya había llegado. La luz de una mortecina farola entraba por las ventanas y se pusieron a preparar la cena con algunas de las viandas que habían traído.

—En un par de días habría que ir a comprar —dijo él—, pero desde luego es una ventaja buscar sitio con cocina. No creo que aquí haya bar… por cierto, ¿cenamos en la terraza?

—Claro —respondió ella—, hace una temperatura de lo más agradable.

Salieron y prepararon la mesa. Se sirvieron una fideuá de verduras preparada el día anterior.

—Mmmm, no es por nada pero nos sale cojonuda —expresó la mujer su satisfacción tras terminar y mientras empezaba a pelar una manzana—. Por cierto, mira cuantas estrellas.

La verdad es que el cielo estaba sublime. Habían imaginado que era una zona con poca contaminación lumínica. Pero de suponerlo a vivirlo había un enorme trecho.

—Joder, la verdad es que está precioso —respondió el otro— qué pena que no sepa distinguir las constelaciones, porque no sé yo si había visto antes tantas estrellas. Claro, sin contarte a ti —sonrió.

—Ohhhh —se cogieron de la mano y no dijeron nada más.

Recogieron, vieron un rato la tele y se echaron a dormir. En un momento dado él estuvo a punto de despertarse. No lo hizo, pero quedó en ese estado de duermevela en el que no eres plenamente consciente de lo que te rodea pero recapacitas acerca de tu entorno. En la embriaguez del momento, confió en que no le llegara una parálisis del sueño, episodio que le ocurría de vez en cuando y que aunque después de tantos años había aprendido a controlar hasta cierto punto para no caer en el terror, no le hacía ninguna gracia cuando volvía a sufrirlo. Desde luego había oído hablar de la explicación neurológica. El cerebro se despertaba antes que el cuerpo, de modo que este no reaccionaba a los impulsos de aquel y se producía la consabida parálisis. La extrañeza que le suponía esa sensación a la mente podía derivar en episodios de pánico, pues la inquietud de la situación llevaba en ocasiones a la percepción de no estar solo, de que alguna presencia amenazante se encontraba cada vez más cerca… Por supuesto conocía todo esto y se lo creía, pero esos episodios siempre le dejaban un amargo poso existencial, como si fueran recordatorios de que aunque pensemos que todo está controlado, la vida puede ser amenazada en cualquier momento y de todas formas siempre termina. En esta ocasión no tuvo parálisis, pero su mente divagando llegó a una extraña conclusión: no has oído a ningún animal desde que llegasteis aquí. Ahora abrió los ojos sin moverse. ¿Era eso cierto? Realmente no habían visto gatos, ni perros, y ahora que lo pensaba más detenidamente tampoco había oído el sonido de pájaros ni recordaba haberlos visto, ni en el cielo ni posados en algún lugar. Se giró y miró a su pareja, cuya silueta estaba recortada por la escasa luz que penetraba del exterior. No se movía y respiraba regularmente. Pensó en que discrepaban sobre el sonido de los grillos: a él le relajaba tumbarse escuchándolo y ella no lo soportaba. Escuchó detenidamente. Nada. Desde luego no había ninguno lo suficientemente cerca como para que se oyera. Entonces…

“Ñi-ñi-ñi-ñi”

Ahora se incorporó. Claramente había oído algo, pero desde luego no fue una excepción para con sus elucubraciones. No se trataba de un ser vivo, o al menos no directamente. Lo que había oído era el sonido de la madera, como la que componía las escaleras que llevaban desde la zona inferior al dormitorio. No tendía a asustarse con facilidad con estas cosas y tras echarle un vistazo al móvil que descansaba en la mesita junto a la cama. El aparato reveló que eran exactamente la 1:37 y que efectivamente no había cobertura. Se levantó sin encender la luz y se dirigió a la puerta de la estancia, situada en el extremo opuesto. Ella no se movió. Alcanzó a tientas el pomo y lo giró, con resultado de un crujido que le pareció bastante intenso al perforar toda esa quietud. Con rapidez alargó la mano para pulsar el interruptor que accionaba la luz del tramo de escaleras y…

Nada. La luz disipó las sombras aunque no el silencio del cual era más consciente. En cualquier caso, dejó escapar un suspiro que acompañó a la consciencia de que su corazón se había acelerado. “Seré gilipollas” pensó, aunque enseguida le vino a la mente que la inquietud y la intranquilidad ante la oscuridad y los sonidos extraños no dejaba de ser parte de la evolución. Unas cuantas personas a lo largo de la historia han salvado sus vidas por eso, reflexionó mientras se sentaba en la taza del váter tras descender hasta el servicio. Mientras meaba miró a su alrededor. No había ventana. La cortina de la ducha, más grande de lo que debería, estaba arremolinada en uno de los extremos de la guía y también era más larga de lo que hubiera sido adecuada, derramándose por el interior del pequeño plato del desagüe. La puerta entreabierta dejaba ver un mueble entre los dos tramos de escalones que conformaban esa sección. Algunos libros sobre meditación se apilaban desordenados junto a un tarro de plástico que contenía varias cajas de medicamentos. Las últimas gotas de orina se despidieron de su cuerpo y se levantó. La modorra había ido volviendo tras la emoción anterior, de modo que se le pasó por alto lavarse las manos. Se volvió a meter en la cama, se giró hacia la ventana y se volvió a quedar dormido, esta vez hasta que la luz natural pidió permiso para despertarles.

El día siguiente fue de esos que les recordaba su amor por la naturaleza. Desayunaron tranquilamente, prepararon comida que podían degustar en el monte y salieron a caminar siguiendo un sendero pedestre que se encontraba en el otro extremo del pueblo.

—Lo vi por Internet —dijo ella—, hay un camino que sigue el río y que lleva a una serie de pueblos abandonados hacia el interior de la provincia.

—Pues guay —respondió él— yo lo veo mejor plan que ir a la piscina del pueblo grande. ¿Cómo se llamaba? No me sale, ¿Cerrillo?

—Tú sí eres cerrillo —le contestó riendo— ¡Cerquino!

—Joder, es que el que puso los nombres por aquí no tenía piedad por los que no tenemos memoria —también se echó a reír—.

Al poco salieron de la casa con su ropa de andar y sus botas. Ella cogió el móvil para mandar un mensaje a sus padres y decir que llamaría por la tarde, cuando dijo en tono de sorpresa:

—¡Ey! Un mensaje del tío de la casa, a ver que dice.

Abrió la aplicación y se desplegó un cartel en el que se podía ver un cielo oscuro con muchas estrellas. Abajo, en grandes letras blancas se podía leer: “Cine de verano en Castro de Manzanillo. Trae tu silla a las diez de la noche y disfruta del espectáculo”. Aún más abajo, “Gratis” y la fecha de ese día. Acompañando a la imagen un texto escrito por Carlos: “igual os apetece ir”. Se la enseñó al otro y le dijo:

—Esta sí que es buena. Casi no hemos visto a nadie y montan un cine de verano. Habrá en el pueblo más gente de lo que parece…

—Um, puede ser divertido. Y así vemos el “ambientillo”.

—Venga, pues bajamos un rato después de cenar, me pregunto que pondrán.

—La verdad es que yo también.

Saliendo del pueblo vieron a tres personas más, aunque ninguna muy habladora. Dos mujeres, una de ellas anciana y un niño que, al lado de la fuente, les dijo que estaba rota. Todos con mascarilla. Al chaval le preguntaron el porqué decía eso, ya que salía agua del caño. Su respuesta consistió en enseñarles una pieza metálica que no supieron identificar tras lo cual se fue corriendo. Las mujeres, que se encontraban juntas sentadas frente a una casa respondieron con un lacónico “-nos días” cuando ellos las saludaron.

—Hay que joderse —comentó él a la salida de la localidad—, en este pueblo son la alegría de la huerta y más raros que un perro verde.

Ella sonrió y dijo:

—Desde luego me muero de ganas por ver que programa fílmico han preparado para esta noche.

—Apostaría por alguna versión de una obra de Faulkner. Aquí parecen bastante de Faulkner.

Ambos aceleraron el paso con la alegría de disfrutar de un nuevo día rodeados por naturaleza.

La ruta comenzó de maravilla. Siguiendo el curso del río, que cauce arriba ya contaba con agua, el sendero recorría unos bonitos riscos para —tras serpentear algo— descender para internarse en un frondoso bosque rivereño. Ella iba delante ensimismada y disfrutando del paseo. Mientras tanto, él vio a unos metros a su derecha algo extraño que colgaba de un árbol. Se acercó sin decir nada. Lo que le había llamado la atención era un pequeño cráneo de animal que no supo definir. ¿Un conejo? Oscilaba y permanecía sujeto a una de las ramas con una especie de cinta rosada de tela. El nudo se cerraba sobre el cráneo con un lacito. Se quedó con la boca abierta y en un segundo decidió no comentar nada a su compañera para no asustarla. Justo cuando retornaba al camino ella se volvió.

—¡Vamos, tío lento!— le soltó con una sonrisa divertida.

—Voy, voy, es que me pareció ver un resplandor en esa cima, pero ha debido ser algún efecto del sol.

—Tú sí que eres un efecto —respondió ella con una carcajada que él, superando la incomodidad por el macabro descubrimiento, acompañó.

No hubo más sorpresas en la excursión. Comieron en uno de los pueblos abandonados de la ruta. Aunque en realidad no estaba tan despoblado, porque una comunidad un tanto hippy estaba reconstruyendo algunas de las viviendas. Se cruzaron con alguno de ellos, amables en el saludo pero sin detenerse a charlar. La idea de que una pandemia supone un mal momento para las relaciones sociales, era un pensamiento que les venía recurrentemente en los nuevos lugares que visitaban. De hecho, con quien más contacto tuvieron en el sitio fue con una preciosa perra negra de buen tamaño que les recibió a la llegada para estar con ellos, con sus idas y venidas, agitando alegre el rabo hasta que marcharon. No se percataron de que al fin y al cabo sí había habido una sorpresa con respecto a gran parte del día anterior: habían visto y por supuesto oído, a animales.

Llegaron a su residencia a mitad de tarde, cuando el sol aún estaba a una altura considerable. Aprovecharon el resto del día para descansar leyendo y cenar atacando una tortilla de patata que habían traído de la ciudad.

Joer, desde luego que los huevos camperos se notan en la tortilla —dijo él con una sonrisa de satisfacción.

—Ya te digo. Impresionante. No obstante, mañana sí o sí tenemos que comprar, así que habrá que coger el coche.

—Qué remedio, pero bueno, podemos aprovechar para ir a algún sitio que quede lejos andando.

—Guay, miramos mañana. Por cierto, falta un cuarto de hora para las diez —dijo ella acercándose a la ventana y mirando al exterior— aunque aquí no se ve nadie.

Antes de entrar en la casa se habían dado cuenta de que en la placita de la fuente alguien había aprovechado una de las paredes que daban por dos lados a un solar anexo para instalar una pantalla extensible para proyecciones. Estaba recogida.

—Bueno, podemos ir bajando, ver el percal y si no nos mola subir otra vez —dijo él—.

—Espero que no haya que pasar por un montón de gente pero vale. Vamos pa’llá.

Dicho y hecho, cogieron un par de sillas de madera que había por el salón y bajaron a la calle. En el solar había un hombre barbado en torno a la cincuentena que estaba extendiendo una mesa plegable. La pantalla estaba ya bajada.

—Buenas noches —dijo casi al unísono la pareja —¿qué tal?— concluyó ella.

El otro, con voz profunda y llevándose a la boca un cigarro les miró un par de segundos y sonrió. La barba era tan tupida que los otros no alcanzaron a verle los dientes.

—Ey, los forasteros. A ver si os gusta.

Dicho esto se dio la vuelta y empezó a trastear con un pequeño ordenador portátil y un proyector que sacó de una bolsa de deporte. Los otros volvieron a mirarse y él esta vez bizqueó, un gesto que a ella siempre le hacía mucha gracia, de modo que tuvo que contenerse para no soltar una carcajada. Agradeció para sus adentros que el extraño estuviera de espaldas. Mientras tanto llegó un grupo de cuatro niños, uno de ellos el que les había informado de que la fuente estaba “rota” y sin decir nada se sentaron en el suelo, a poco espacio de la pareja, a la que también le dieron la espalda. Los turistas, que aún estaban de pie, llegaron a un mudo acuerdo tácito, de modo que se separaron de los demás y colocaron sus sillas a una distancia prudencial fuera del solar. Se sentaron y esperaron. Poco a poco fue llegando gente, solos o en grupos de un máximo de cuatro. Como ya habían comprobado desde el interior de su residencia, la plaza se iluminaba con una farola instalada en la fachada de una de las casas. La luz que emitía era tenue y un tanto mortecina, de modo que los visitantes, entre no querer parecer demasiado curiosos y que la visibilidad era escasa, no captaron demasiados detalles del resto. Les dio la sensación de que los únicos niños eran los cuatro que habían llegado los primeros, y que entre el resto de personas se contaban hombres y mujeres. Poco más, aunque todos tenían algo en común: nadie decía ni una palabra. Se oían los crujidos de las sillas cuando se colocaban en el suelo y cuando alguien se sentaba. Aparte de eso, nada.  La pareja empezó a ponerse nerviosa debido a la extraña situación, pero tampoco se atrevieron a decir una palabra. Finalmente el barbudo pulsó un botón y el proyector se puso en marcha.

Sobre la pantalla comenzaron a verse las imágenes de un famoso corto de animación, en concreto el de la lámpara que hizo a la compañía Pixar verdaderamente famosa. Una obra de arte maravillosa que ha hecho emocionar y reír a millones de personas en todo el mundo. Sin embargo, niños y adultos en el lugar seguían sin decir nada. Ni una palabra, pero tampoco se oían las típicas expresiones de sorpresa o risas típicas ante un visionado así. Nada más que los sonidos de la película y del aparato que la hacía visible. Se dieron cuenta casi al unísono de que la incluso la fuente había dejado de funcionar. Al minuto, él no pudo más y le dijo a su compañera en un susurro pegado a la oreja.

—Como broma ya vale, mejor irnos, ¿no?

Ella asintió levemente y se incorporaron. A su alrededor una cincuentena de personas, todos sentados. A unos cuantos les podían ver los ojos iluminados por las imágenes del vídeo. Todos les miraban y nadie llevaba mascarilla. En un gesto torpe por los nervios ella cogió su silla y emprendió la marcha hasta la puerta de la casa. Estaban cerca, pero sortear a la gente apiñada no era fácil y les costó más de lo que les hubiera gustado. Por detrás de ella, escuchó a su pareja decir un par de veces con voz más bien temblorosa “perdón”. El trayecto se les hizo eterno y cada una de las personas con las que se cruzaban tenían la mirada clavada en ellos, sin parpadear. Rodearon finalmente la fuente, de la que efectivamente no salía una gota y tras dos intentos, ella logró abrir la puerta.

Se apoyaron ambos sobre la madera de la entrada de forma automática. Se miraron sin decir nada con la respiración agitada: no se escuchaba nada, ni siquiera el proyector. Colocaron la llave en la cerradura con todas las vueltas que eran posibles y subieron temblando las escaleras, encendiendo la luz. Ella acertó a decir:

—Tiene que ser un chiste, está claro. Es la manera que tienen de reírse de la gente de fuera.

—Hostias, pero se les ha ido la mano. He estado en un millón de pueblos con gente encantadora y el típico gracioso, que también está en las ciudades, es el que se limita a señalar en la dirección contraria cuando le preguntas por un sitio. En fin… ¿qué hacemos?

Mientras el otro hablaba, ella se puso a mirar al exterior desde el salón. El vídeo había terminado o lo habían apagado y poco a poco la gente se iba levantando y marchando como habían llegado, en pequeños grupos. Tampoco parecía que se dirigieran la palabra. Que esto sucediera después de que hubieran entrado en la casa la reafirmó en la creencia de que todo se trataba de una surrealista broma para con los foráneos.

—Bueno, visto lo visto casi mejor que nos larguemos. Está claro que no saben ser muy acogedores… —dijo ella en voz baja mientras entornaba el postigo.

—Vale, ¿pero nos piramos ahora o esperamos a mañana?

—Um, buena pregunta. Yo esperaría a que se haga de día. La cosa es rara de cojones, pero tampoco nos ha hecho nadie nada, y entre recoger y marcharnos se nos van a hacer las tantas. Encima habría que ir por esta carretera de noche y no me hace ni puñetera gracia.

—Estoy contigo. Atrancamos la puerta, aunque parezca esto una partida de La llamada de Cthulhu —la referencia, pronunciada “chulu”, le hizo sonreír para sus adentros después de la tensión vivida—, y mañana nos vamos. Igual hasta se desvela el pastel y nos piden disculpas.

—Muy elocuentes tienen que ser para que se me pase el cabreo —él la conocía muy bien y sabía que algo que odiaba intensamente era que los demás hicieran bromas a su costa. No lo hacía ella pero no consentía tampoco que se lo hicieran.

Pocas palabras intercambiaron mientras iban a dormir. Entre los dos colocaron el armario de la habitación de abajo junto a la puerta. Como esta se abría hacia adentro parecía una protección adecuada, o al menos un buen sistema de alarma si alguien intentaba entrar subrepticiamente. La decisión estaba tomada y renunciarían a lo que les quedaba de estancia allí: se habían sentido expulsados por un comportamiento comunal totalmente infantil. Se metieron en la cama y aunque todo había sido bastante tenso, el convencimiento de que todo había sido humor de mal gusto, sumado al hecho del retorno del silencio y de la barricada en el acceso, hizo que estuvieran tranquilos… hasta cierto punto.

—Buenas noches —dijo ella dándole un beso— Una aventura más.

Sonrió. El otro le devolvió la sonrisa. Al ser viajeros ambos incluso antes de conocerse, les había ocurrido un poco de todo por ahí, así que ambos cerraron los ojos pensando en que ya tenían una nueva anécdota que contar a sus amigos cuando los vieran.

Él se despertó desorientado. Abrió los ojos pero la estancia estaba totalmente a oscuras. Le costó unos segundos recordar donde se encontraba y los extraños sucesos de hacía un rato. Entonces se percató de lo que le había despertado. Se oía algo, una especie de soniquete monótono que resultaba inquietante. Pensó en conversaciones diversas que se superponían las unas a las otras pero cada una de ellas en un tono regular, invariable. Aguzó el oído. Definitivamente parecían palabras cuyo significado no alcanzaba a comprender. Nadie hablaba en un tono tan regular sin modulación de volumen o tono. De haberlo pretendido a saber con qué motivo, no creía que pudiera expresarse de semejante manera. Se le pusieron los pelos de punta. A su lado sentía la respiración regular de su compañera. Se levantó y a tientas se acercó a la pared junto a la cama. Abrió escasamente la contraventana, pero por desgracia el vano de la estancia no permitía ver la calle, tan solo parte de la fachada de la casa de enfrente. Cogió el móvil, la 1:37 reflejaba la pantalla. “Qué casualidad, pensó”, y se dispuso a bajar las escaleras. Encendió, como la noche anterior, la luz de fuera de la habitación. Nada. Volvió a escuchar. Desde allí el sonido del exterior estaba más amortiguado. Se metió en el baño sin cerrar la puerta. Aún estaba confuso por el sueño, por la hora y de nuevo por una situación fuera de lo habitual. Abrió el grifo y se mojó la cara. Miró en el espejo, que le devolvió el reflejo de un rostro inquieto. No tenía una cadena de pensamientos totalmente lúcidos. Se sentó en la taza del retrete sin bajarse los pantalones. Miró el plato de la ducha junto a él. La cortina estaba abierta y apretujada en uno de los extremos. Aunque habían fregado el día anterior, la limpieza había sido un tanto rápida. Bajo el barullo de la tela asomaban unos finos hilos. Sin pensar adelantó la mano para desplazar la cortina. No se podía creer lo que vio. Los pliegues del tejido en el suelo ocultaban una maraña de pelos oscuros y entre ellos un preservativo. Casi tuvo una arcada cuando se dio cuenta de que sin ninguna duda estaba usado.

-Pero, ¿qué coj…? -acertó a decir mientras se levantaba automáticamente.

La frase se quedó a medias. Un movimiento en su visión periférica le hizo girar la cabeza. En el vano de la puerta vio a su altura el rostro de Carlos. Le miraba fijamente, sin parpadear, y una sonrisa demasiado amplia y con demasiados dientes como para ser natural le hizo tropezar con la taza del inodoro al echarse inconscientemente hacia atrás. Mientras caía observó como la extraña mueca del otro se ampliaba.

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Autor del artículo

Víctor Deckard

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