Narrativa inquietante: «El pantano de Carcosa»

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Un tranquilo día de excursión. Eso es lo que tenían en mente. Aparcaron el coche donde la información que habían encontrado por Internet coincidía en señalar como el punto de salida del sendero circular de «dificultad baja” alrededor de un pantano. Como personas activas que eran, gustaban de aprovechar sus periodos libres cuando se acercaban a la costa compaginando algunos días de relajación en la playa con otros de senderismo. Este era de los segundos, aunque el destino elegido estaba a poco más de media hora del cómodo apartamento que se situaba junto al paseo marítimo de un pueblo costero y que, siendo de la familia de él, constituía uno de los destinos vacacionales predilectos para la pareja.

Ciertamente todo lucía perfecto para una fabulosa jornada de monte. Era temporada baja y entre semana, de modo que esperaban o no encontrarse con nadie o con un número lo suficientemente reducido de personas como para no estropear la comunión con la naturaleza.

«Empezamos bien», pensó él mientras llegaban a una pequeña explanada de tierra adecuada para aparcar el coche a una decena de metros de un edificio, que, abandonado y gris, se encontraba ladera arriba. Otro vehículo estaba ya allí, lo cual significaba que de momento no estarían completamente solos en el lugar. Cuando bajaron, un ruido a sus espaldas les hizo girarse aún con las puertas abiertas de su baqueteado Opel Corsa. De un camino que les había pasado desapercibido por estar oculto entre una vegetación abundante acompañada de altivos árboles, y que se encontraba opuesto a otro que estaba junto al cartel de inicio de ruta, surgía una figura que les costó unos instantes identificar. Se trataba de una mujer muy morena, en torno a los setenta años y que lucía un abundante pelo blanco que se derramaba sobre sus hombros. Ante la sorpresa por lo repentino de la aparición, los dos la observaron sin decir palabra hasta que la chica de la pareja acertó a decirle con una sonrisa a la recién llegada, que se acercaba con rapidez hacia donde se encontraban:

—Hola, buenos días.

Momento en el que él la acompaño con un lacónico y menos sonriente

—Bueenas.

La respuesta de la otra resultó extraña. Les pareció que iba a comentar algo porque movió los labios y abrió la boca, pero de ella salió tan solo una especie de murmullo gutural apenas comprensible. En realidad él entendió una especie de «pou de vida» y ella, «seu una rida». Fuera lo que fuese lo que comentó la otra, pasó a unos dos metros mientras los miraba hasta que se introdujo en su propio automóvil. Tras los cristales laterales cubiertos de polvo se asemejó a una muñeca borrosa. Arrancó y desapareció carretera arriba tras un cambio de rasante que se internaba en el bosque. La tierra que levantó y el humo del tubo de escape quedaron flotando unos instantes. Todo ocurrió en dos minutos.

—Luego que no me gusta la gente —dijo él poniendo los ojos en blanco—, ¡menuda educación!

La risa de ella sonó fuerte.

—Venga, gruñón. Que ya vamos tarde y me conozco tus paseítos de un par de horas que acaban llevándonos al borde de la muerte.

Una vez iniciada la marcha, enseguida pensaron que habían acertado con el itinerario. La zona era preciosa, un entorno de cuento de hadas con musgo en el tronco de los árboles, un permanente sonido de pájaros cantando y, tras un rato de caminata, una preciosa vista del embalse con un antiguo pueblo y su pintoresca fortificación en la otra ribera, a unos cuatro o cinco kilómetros.

Tras comer junto a la orilla, pues el trayecto que eligieron descendía hasta el nivel del agua antes de volverse a internar entre la vegetación de la montaña, reanudaron el trayecto algo cansados. El calor era intenso y, por otro lado, solo para alcanzar la zona que habían elegido para reponer fuerzas ya habían superado las dos horas que según el plan original iba a durar la marcha en total. Si había que subir la ladera por el otro lado para cerrar el círculo relativo que conformaba la ruta, calcularon que aún les quedaba aproximadamente la mitad del recorrido. Él empezó a preocuparse tras un rato de ascenso, pues, aunque pensaba que habían seguido bien las marcas de orientación, las encrucijadas eran frecuentes y ya llevaban caminando su buena media hora desde que vieron por última vez las dos líneas paralelas que conformaban la señal para no perderse.

Cuando ella estaba a punto de sugerir el volver al último cruce por si les había fallado la orientación, se detuvieron para contemplar una construcción que apareció tras un recodo. Se trataba de una finca levantada sin ningún gusto, seguramente sin permisos y, a la vista de las diferencias apreciables en los materiales de construcción, en diferentes momentos. Tenía dos pisos y una fachada pintada hacía mucho tiempo de un blanco ya desconchado y amarillento. Un par de veces o tres habían visto alguna solitaria edificación de este tipo durante la marcha, ninguna con señales de vida, pero siempre alejadas y fuera de su recorrido, asomando entre los árboles cuando claros en la vegetación dejaban ver algo de la lejanía. No obstante, en esta ocasión, si seguían por donde estaban iban a pasar junto a la cochambrosa vivienda, la cual estaba rodeada por un tosco muro de ladrillos de unos dos metros de altura, solo interrumpido por una verja de acceso de metal oxidado.

—¿Cómo lo ves? —preguntó él—, ¿seguimos hasta el repecho? Tal vez estemos cerca del coche, si no lo vemos claro allí podemos volver.

—Venga —respondió ella.

Y se pusieron en movimiento. Parecía una buena idea, ya que daba la sensación de que el monte llegaba a su altura máxima y, si en definitiva habían comenzado la excursión desde una elevación considerable, era posible que no se hubieran alejado mucho aunque se hubieran despistado en algún cruce.

No pudieron resistir la tentación de echar un vistazo por entre los barrotes de la desvencijada puerta al pasar junto a ella. Efectivamente el lugar parecía abandonado. Las ventanas que había en el piso superior —incluida la que daba a una pequeña terraza sobre la puerta principal— tenían los vidrios rotos, mientras que los vanos de abajo, también el de acceso a la casa, estaban tapiados. En el amplio espacio que se encontraba entre el muro y la vivienda había basura de todo tipo por doquier. Se acumulaban desde sacos de escombros vacíos o con más desechos difíciles de identificar, hasta botellas de cerveza, pasando por lo que parecían restos de hogueras. Ambos percibieron algo que no verbalizaron, evitando compartirlo con el otro: el silencio era el rey del lugar. No se oía el trino de aves que les había acompañado, ni el rumor del viento, ni hojas cayendo. Nada. Apretaron el paso sin decir una palabra.

Cuando alcanzaron la cota que los había animado a continuar, vieron algo muy común en estos casos: desde más abajo no se percibía que el ascenso continuaba. Es ese momento incómodo en el que uno se da cuenta de que no va sobrado de fuerzas y teme que el corregir el fallo las acabe agotando. Sin embargo, en esta ocasión había una diferencia con la anterior subida, y es que tras la cuesta asomaba lo que parecía una nueva construcción. Una especie de bloque alto de hormigón. Les recordó algo.

—Oye —comentó ella—, ¿no será aquello lo que estaba al lado de donde dejamos el coche?

—Es posible, vamos a ver. Y si no, lo próximo que veamos en una loma tal vez sea un bar lleno de cerveza.

—¡Con vasos helados!

Los dos rieron olvidando el siniestro lugar previo, pero los sonidos del bosque no habían vuelto, de modo que la carcajada conjunta se detuvo casi en seco por el extraño contraste con el mudo entorno.

Volvieron a ponerse en marcha, él unos pasos por delante deseando llegar cuanto antes arriba, pensamiento que le hizo abstraer su mente de tal manera que no vio algo que hizo que ella se detuviera en seco y le dijera de repente con un ligero temblor de voz:

—¡Ey! ¿Qué es eso?

Él se giró y miró automáticamente en la dirección hacia la que se volvía su compañera. A unos diez metros desde la senda, entre los árboles, se veía una mancha negra. Fijándose se dio cuenta de que no era algo natural y de que en realidad eran muchos objetos, todos oscuros pero iguales. Misma forma redondeada e idéntico tamaño, similar a balones de fútbol —es la idea que le llegó a la mente—, pero de color negro. Inertes. Abrió la boca y la volvió a cerrar. Una gota de sudor floreció en su frente, pero dio un paso inconsciente en la dirección de la extraña aparición.

La mano de ella, que le había alcanzado, se puso en su hombro desde atrás. Los ojos le miraban casi suplicantes, pero su voz sonó firme:

—Es igual, no hay que saberlo todo, ¿no?

El comentario le hizo reaccionar. Se volvieron y acabaron de subir. En efecto, llegaron a la planicie por la que discurría la solitaria carretera, entendieron que por donde había salido la mujer que habían visto ya hacía unas cuantas horas. Desde este lado, la construcción, que previamente no les había despertado ningún interés, se apreciaba más grande y con un extenso terreno artificial también de hormigón, como el edificio principal, salteado con mudas farolas y lo que enseguida se reveló como una enorme piscina entre ellas, vacía salvo por unos pocos dedos de agua putrefacta, visible al asomarse ligeramente al cruzar la carretera, lo que hicieron de forma prácticamente automática. Parecía increíble que apenas un poco de desnivel hubiera supuesto que no se percataran de todo eso desde donde habían aparcado. En la fachada, a diferencia del otro lado, liso, una decena de habitaciones con balcón se veían totalmente vandalizadas. Contrariamente a lo que ocurría con el lugar que habían observado antes, pintadas de todo tipo ensuciaban el sitio, que por otra parte se encontraba en franca descomposición. No estaban con ánimo de indagar más, aunque hubiera sido fácil acceder al interior o al menos a la zona de la piscina, rodeada por un muro de piedra de apenas se alzaba sobre el suelo.

No cruzaron muchas palabras en el regreso a la costa. El sol ya estaba buscando su refugio y la sensación que les había dejado la jornada no les despertaba el interés por hablar. Solo tenían ánimo de descansar y ver el amanecer de otro día. Al llegar cenaron frugalmente para después preparar una infusión que saborear en la terraza orientada al mar. En ese mes y a esa hora la tranquilidad de la localidad era apreciable. Había muchas casas alrededor, normalmente con varios pisos, pero todos los que alcanzaban a ver tenían las persianas bajadas. En su propio portal sabían que no había nadie: el garaje estaba vacío salvo por su fiel coche. Las olas sí se oían claramente cuando impactaban en la playa.

Decidieron retirarse enseguida. No se saltaron una de sus tradiciones, el fumar algo de marihuana antes de acostarse, pero no pusieron mucha cantidad cuando liaron el tabaco. La hierba les provocaba que se intensificaran tanto sus sentidos como sensaciones, habiendo sido las de ese día ya lo suficientemente emocionantes para ellos. Tampoco se volvieron especialmente habladores entre calada y calada. Al acabar recogieron ligeramente embriagados lo necesario y enseguida, tras la visita de rigor al aseo, se encontraron tumbados uno junto al otro en una de las pequeñas habitaciones interiores. Allí no alcanzaba el sonido de la marea. Parecía que estaban solos en el mundo.

—Vaya día, ¿eh? —dijo ella en voz baja y con una ligera sonrisa—. Intenso.

—Sí —respondió él y añadió, sonriendo a su vez—, mañana toca descansar.

—No lo dudes —ella lo miró con cariño, aunque con ojos que denotaban agotamiento—, que duermas bien.

—Igualmente —su sonrisa también era de cansancio.

La mano de ella alcanzó el interruptor de la lámpara de la mesita de noche y la apagó. La oscuridad acompañó al silencio.

Se despertó a mitad de la noche. No se veía nada pero algo estaba totalmente equivocado. Temblando alcanzó a encender la luz y lo que vio la horrorizó. A su lado él estaba inmóvil, boca arriba, con los ojos abiertos y una expresión de paralizado pánico. Ella giró la cabeza siguiendo la vista de él y pudo observar algo en el techo que no compaginaba con ninguno de los valores ni experiencias de su vida. Unos segundos tardó en darse cuenta de que el pequeño objeto que parecía pegado sobre ellos era uno de sus teléfonos móviles. En ese intervalo entre mirar y ver, la pantalla del aparato, vuelta hacia ellos, se iluminó. Los números que aparecieron la informaron de que era exactamente la 1:37 de la madrugada. El objeto cayó y el sonido que hizo al impactar contra el suelo no daba la posibilidad de que volviera a encenderse nunca más. Él volvió en sí, pero ninguno de los dos pudo volver a dormir.

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Autor del artículo

Víctor Deckard

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