Narrativa inquietante: «Los proverbios de Carcosa»

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El golpe hizo estremecer toda la estancia. Martín puso una mano tranquilizadora en el hombro de su amigo y cuando este se volvió dijo muy despacio, mientras esbozaba una sonrisa conciliadora:

—Válgame Dios, Paco. No soy yo quien se ha quedado sordo, ten piedad.

El otro sonrió tristemente a su vez y comenzó a gesticular con las manos, que Martín observó detenidamente.

—¿A-C-A-S-O N-O T-I-E-N-E-N T-E-T-A-S L-A-S S-A-N-T-A-S?

La sonrisa de Martín se amplió.

—Sí —respondió y comenzó a mover sus propias manos—. P-E-R-O L-O-S E-C-H-A C-U-E-R-V-O-S M-A-N-D-A-N. S-O-N L-O-S Q-U-E T-I-E-N-E-N E-L D-I-N-E-R-O. —Ambos comenzaron a reír. Haría cualquier cosa por su amigo, como desde luego aprender a hablar “por la mano” como ellos decían, pero además era especialmente divertido expresar irreverencias que otros, como por ejemplo los “echa cuervos”, formuladas así no iban a poder entender.

—Mira Paco, no te llevará mucho —dijo de nuevo Martín moviendo lentamente los labios—, en tres horas a lo sumo estarás de vuelta. Después podemos ir al teatro nuevo —y, cambiando de nuevo al lenguaje dactilológico, dijo—,T-Á-P-A-L-E D-E U-N-A V-E-Z L-A-S T-E-T-A-S.

La idea del teatro hizo reflexionar al otro. Le encantaba, aunque tras su enfermedad… no era fácil disfrutarlo. ¡Cuánto hubiera dado por volver a seguir sin problemas las representaciones de su amigo Leandro! Y además se perdía las barbaridades que decían los espectadores, muchas de las cuales eran explícitamente ofensivas al decoro”. Ahora rió por dentro, se lo había aprendido de memoria de la gracia que le hizo. Agitó la cabeza con una expresión interrogante y Martín movió los dedos.

—N-O S-É. S-O-N D-E F-U-E-R-A. E-L R-E-Y D-E A-M-A-R-I-L-L-O C-R-E-O Q-U-E S-E L-L-A-M-A. M-A-R-I-O-N-E-T-A-S. E-S-C-R-I-B-I-R-É L-O Q-U-E D-I-G-A-N.

Marionetas. La idea le gustó. Al fin y al cabo —pensó— ¿no somos todos muñecos manejados por los avatares de la vida? Por vez primera en toda la conversación, dejó oír su voz, algo que no le gustaba desde que se quedó sordo, pues el no oírla le hacía sentirse inseguro ante gente que no fuera de su máxima confianza.

—¿EL RE…- enseguida bajó el volumen ante la mirada de su compañero—. ¿El rey… ves…tido de a-amarillo? —la idea le hizo sonreír de nuevo—. L-O Q-U-E L-E F-A-L-T-A-B-A. C-O-N L-A O-B-R-A Q-U-E T-I-E-N-E E-N C-A-S-A. N-I S-I-Q-U-I-E-R-A E-S E-L A-C-T-O-R P-R-I-N-C-I-P-A-L.

—Bueno, no creo que sea ese rey —respondió Martín lentamente y esta vez reduciendo el volumen de su voz hasta que se redujo a la nada, pero formando letras con los labios—. Y, ¿acaso no tienen tetas las reinas?

Esta vez la carcajada se pudo oír desde fuera del edificio.  

Francisco salió por la puerta de Santa Engracia. Desde allí, uno de los caminos serpenteaba entre huertas, acequias y campos hacia el monte que se elevaba en dirección sur a media hora de marcha y que era su destino. Era el comienzo de una fría tarde de enero y desde luego debía darse prisa para que la noche no le sorprendiera en descampado. Solo vio unos pocos labradores apurando sus faenas antes de retornar, aprovechando una luz del sol ya mortecina. Se detuvo brevemente cuando vio la imponente iglesia a la que dirigía sus pasos. Dejó su zurrón de campo en el suelo y pensó en lo irreal que aquella parecía ahí fuera, con su cúpula y sus torres en mitad de la nada. Sabía que esto no era del todo cierto pues, aunque aún no pudiera verlas, no muy lejos había algunas humildes casas de gentes que habían ayudado a construir y ahora mantenían el canal que serpenteaba cerca del templo. Desde luego, un curso fluvial hijo de las luces, como algunos ilustrados gustaban de llamar a los tiempos recientes. No obstante —reflexionó un momento antes de volver a coger sus pertenencias y reanudar la marcha— ¿no eran sombras lo que en definitiva creaban las luces?

Cuando abrió el portón, la poca claridad que entró del exterior no evitó que sus ojos tardaran unos instantes en acostumbrarse a la escasa iluminación. A esas horas y en esa época del año tendría que fiarlo casi todo a las velas. Por lo menos vio que había unas cuantas encendidas en el altar del fondo, y desde los brazos laterales también llegaban resplandores intermitentes. Le tendría que bastar. El lugar parecía desierto, así que supuso que el capellán, enterado de su llegada, había encontrado el límite de sus obligaciones en dejar el acceso principal sin atrancar. Francisco pensó en que lo más seguro era que aquel no volviera hasta el día siguiente, tanto más cuanto residía en la ciudad. Se apresuró en cruzar el primero de los corredores y giró a la izquierda, de modo que pudo ver la obra que sobre el altar lateral le había obligado a encontrarse allí de nuevo: Santa Isabel curando una enferma. Los pechos de la protagonista eran visibles, algo que había escandalizado al arzobispo cuando visitó el edificio para consagrarlo. Y el pago no se completaría hasta que su Excelentísimo y Reverendísimo Señor no estuviera satisfecho. «En fin» —meditó para sus adentros mientras se subía al tablón que, aguantado con unos bancos de la iglesia habían tenido a bien al menos dejarle preparado para alcanzar los senos de la santa—, “Francisco, ahora eres sastre”.

No sabía muy bien cuánto tiempo llevaba trabajando, pero estaba ya cerca de concluir su cometido, y la intensidad de la luz que llegaba desde el exterior era ya prácticamente inexistente, cuando se dio cuenta de que allí había alguien más con él. Con todo, no se percató de algo mucho más importante: escuchó hablar al intruso. Nunca supo a ciencia cierta si oyó palabras o estas se formaron directamente en su cabeza, pero antes de volverse oyó cómo ese otro que —sin saber muy bien cómo— había percibido un segundo antes, decía con voz extraña:

—Qué pena de óleos.

Francisco, sabiendo que ese comentario solo podía referirse a sus cuadros, imaginó que el sacerdote del lugar había vuelto y los criticaba. Algunos de sus contratadores gustaban de pontificar sobre su trabajo, lo cual no soportaba. Se volvió tan bruscamente, dispuesto a liberar su ya famosa ira, que un surco de pintura amarilla cayó desde la curva que el pincel formó en el aire debido a su giro. Una especie de extraño signo de interrogación quedó registrado en el tramo del suelo entre su improvisado andamio y el visitante. Al ver a este, Francisco, que ya reflejaba una expresión de inusitada furia en su rostro, mudó su expresión y, abriendo la boca por la sorpresa, convirtió su rictus en uno de incredulidad.

La figura estaba separada de él unos cinco metros, quedando entre penumbras al no hallarse cerca de las fuentes de luz. Era alta, no sabría decir cuánto, pero desde luego lo suficiente para que su ensombrecido rostro —tampoco estaba claro de si estaba cubierto— estuviera a la altura del suyo pese a encontrarse sobre el soporte de madera. Y eso era mucho. El pincel comenzó a temblar. Mirando hacia abajo, Francisco se dio cuenta de que los ropajes del perturbador visitante no se apreciaban tampoco con claridad, y en cualquier caso parecían ser oscuros.

—No desatéis vuestra furia, maestro. No me refería a que las pinturas sean de poca calidad —hizo una pausa—. En absoluto. En realidad, estaba pensando en otra cosa.

Francisco fue ahora plenamente consciente de que escuchaba las palabras de la figura, aunque no podía encontrar respuesta al cómo. Solo sabía que comprendía la voz que, sin saber exactamente el motivo, llegaba sin problemas hasta él.

—¿Qui… quién…? —acertó a comenzar.

—¿Quién soy? —El tono del otro pareció tomar una especie de matiz burlesco—. En realidad, tal vez la mejor forma de definirme sería decir que soy una especie de cronista… Como vos.

Aunque no pudo verla, Francisco percibió en ese momento una sonrisa por parte del visitante, quien dio un paso al frente de modo que la luz de las velas alcanzó a acariciar su rostro. En ese momento el pintor pensó en el teatro, recordando la conversación previa con Martín. Le pareció que el extraño llevaba una máscara de color parduzco, con dos sombras circulares en donde se tenían que encontrar los ojos, así como una recta, estrecha y corta, en el lugar de la boca. La pregunta se formó en la mente de Francisco, pero no llegó a expresarla.

—Veréis —continuó la extraña figura—, no es de relevancia para vos mi lugar de procedencia. Baste decir que es lejano. Ni siquiera yo soy importante, pese a que se me hace responsable de muchas cosas. —Francisco tuvo la impresión, para su horror, de que en ese momento el vacío de la máscara donde se encontraba la boca cambiaba levemente de forma y se dio cuenta de que estaba totalmente paralizado—. Solo quería conoceros. En definitiva, no acudo adonde no me llaman, pero temo que me quedaré un tiempo por aquí… —y, tras lo que pareció un profundo suspiro, terminó la frase dando otro paso al frente—, en la Florencia de España. En cualquier caso, ha sido un placer conoceros. Sois especial, tal vez…

Francisco no escuchó el final. La irreal situación lo sobrepasó hasta el punto de que se derrumbó sobre el soporte. Cuando despertó, varias figuras estaban a su alrededor, y la luminosidad que entraba por las vidrieras, más brillante, lo hacía por el lado opuesto a cuando se adentró en la iglesia. Entre los rostros que se inclinaban sobre él estaba el de su amigo querido, quien mostró alivio ante la toma de conciencia de Francisco. Sin embargo, pronto retornó la preocupación al ver la cara de espanto del pintor, quien, mirando a los ojos a Martín, comenzó a mover frenéticamente los dedos, para incomprensión de casi todos los presentes.

-M-A-R-T-Í-N. N-O L-L-E-V-A M-Á-S-C-A-R-A.

Y volvió a sumergirse en las penumbras.

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Autor del artículo

Víctor Deckard

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