LUGARES DE ANTAÑO: «La casa del cine» (Zaragoza)

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Hay lugares que se frecuentan por un interés particular, en este caso relacionado con la cultura, que se acaban convirtiendo en lugares de encuentro y tras su desaparición dejan un hueco perceptible en lo emocional por su significado. Por desgracia y dejando a un lado el caso de los bares, que de estos no faltan, cada vez hay menos de esos sitios especiales. Todo se estandariza de modo que, por ejemplo, son iguales dos librerías de una misma cadena aunque estén en edificios históricos que no tienen nada que ver entre sí. Y si no, siempre está la pantalla del ordenador que nos abre una ventana al mundo, por la que podemos hablar -también se grita mucho- e incluso pedir que nos traigan las cosas a casa, pero que nos encierra en nuestra habitación. Por no hablar de que ¡oh, sorpresa! no todo está en Internet. En cualquier caso, hoy traigo por aquí uno de esos lugares que se echa de menos. Se llamaba «La casa del cine». Casualmente -o más bien no- todos los integrantes de Podcaliptus lo frecuentábamos aunque aún no nos conocíamos. Es decir, fue un nexo de unión entre nosotros antes de que estuviéramos unidos. Y como no estamos hablando de unos grandes almacenes en el centro, sino de una diminuta tienda en una pequeña calle de un barrio de currantes, tiene su mérito.

Retrocedamos en el tiempo. El VHS campaba a sus anchas, nuestro presupuesto para ir al cine era limitado y el del alquiler en los videoclubes ¡qué lugares! también. De repente leyendo el TP o directamente el periódico del día te dabas cuenta de que esa noche iban a echar «La jungla de cristal». Maravilloso, llegaba la hora, le dabas al REC y te ponías a disfrutar de las aventuras y desventuras del bueno de McClane. ¡Yipi kai yei a tope! Por supuesto siempre se te colaba algún anuncio y estaba el engorroso logotipo de la cadena de turno, pero ya la tenías para verla siempre que querías sin pasar por caja, lo que superaba a los inconvenientes. Por no hablar de los orgullosos poseedores del Canal +, quienes entre su consumo propio y los encargos (también y sobre todo los del viernes por la noche) tenían el grabador de vídeo «más quemadou que la moto dun jipi» en maravillosa expresión del añorado Michael Robinson. Bien, ya tenías la mercancía. ¿Qué hacías con ella? Fácil, metías la cinta en una carcasa de plástico adquirida previamente en el «Galerías Preciados» o el «Pryca», sitios que las ofrecían en packs baratitos y después te ibas a «La casa del cine» a comprar la carátula. Porque ahí estaba la diferencia entre nosotros, los protoculturetas, y el resto: en que en la combada estantería llena de cintas VHS se viera en letras bien gordas «SOLDADO UNIVERSAL» y «COMMANDO». Nada de boli en la pegatina, nosotros a lo profesional. Y lo cierto es que más allá de querer fardar cuando venían los amiguetes a casa, era una verdadera gozada cuando el responsable de la tienda sacaba aquellas carpetas gigantes llenas de carátulas. Encima te dejaban ojearlas, de modo que descubrías un montón de pelis que no conocías, lo que facilitaba que en la era previa a la «red de redes» podías fardar de tu conocimiento enciclopédico. «Ah sí, bueno», decías con tono a lo Pumares, «es que Van Damme ya hizo una muy güay que se titula ‘Retroceder nunca, reírse jamás’; ¿ah, que no la has visto? Vaya…» Tú tampoco la habías visto, ni siquiera decías bien el título, pero el radar estaba listo: habías descubierto la carátula en la tienda y sabías que el tío de las patadas voladoras que molaba tanto tenía mogollón de pelis.

Poco a poco iba pasando el tiempo. Contabas tus pelis. Cien. Otras tantas, o algunas menos porque aprovechabas para comprar tres o cuatro carátulas, visitas a la casa del cine. Te llevabas postales. Un clásico era el de la actriz que te gustaba. Desde que hay cine el amor platónico quedó impreso en celuloide. Jodie Foster (sí, ya lo sé) miraba seductora desde mi carpeta en el instituto tras otra visita a la tienda. Una de las chicas que me atraía pero que me llevó a una de las primeras decepciones del amor real tenía fotos de Van Damme en su estuche. Qué cosas. Poco a poco te ibas abriendo a otro tipo de narrativa. Me acuerdo que en la «Casa del cine» compré la carátula de alguna peli de Tavernier. Había veces que las películas que te grababas del cine «bueno», el intelectual, ni siquiera te gustaban. Pero ya leías a Henry Miller (tampoco he podido nunca con él) y te daba cosica decir que las pelis del Chuache molaban mil. Segunda mitad de la década del cine de los noventa. Lo que era una especie de rumor acaba llegando y aún no eramos conscientes de cómo iba a cambiar nuestras vidas. «El» ¿o «la»? Internet. Estuve ahí desde el principio. O navegas o hablas por teléfono. Como se te fuera un poco la mano, menudas facturas. Se pueden bajar ¿de donde? películas: a configurar la mula. Los packs de carcasas son sustituidos por torres de CD y las visitas a la casa del cine se van espaciando hasta que ya no vas. Un día alguien, no recuerdo quien, te dice que la han cerrado, «¡vaya!» respondes.

Hace un par de semanas volví a esa pequeña calle del barrio de currantes. ¡Bum! De repente un montón de imágenes llegaron a mi mente. Se dice que ante los recuerdos tu cerebro funciona igual que con lo que vives en el ahora, pero apaga los sentidos. Me veo abriendo la puerta y entrando con el amigo al que también le gustaba «La jungla de cristal», repasamos las carátulas, miramos imágenes de gente que no conoceremos nunca pero que forman parte de nuestra vida gracias a las películas. Salimos con nuestras adquisiciones y nos vamos un poquito más enamorados del cine. Vuelven los sentidos. El cartel sigue ahí. Las rejas están cerradas. Los cristales tapados, ocultando un mundo que ya no existe ¿Si se entra vuelves al pasado? No. Quedan algunos pósteres colgados. Curiosa mezcla: Audrey Hepburn en «Desayuno con diamantes», un boceto de Marilyn, la peli «Heavy Metal» del 81 y «Arma letal 4». Aprendí en la universidad el concepto de «cronología relativa» que en realidad, como aprendes en cualquier otro sitio, es sentido común. Vamos, que como aquel último título es de 1998, la tienda duró al menos hasta entonces. Me voy, escribo un artículo y busco información. Muy poca o casi ninguna, no hay recuerdos en la red, pero sí que es fácil que si a alguien a quien le gusten las pelis, sea de Zaragoza y ronde la cuarentena le preguntes por el lugar, te diga que lo visitaba. «La casa del cine» tiene una página en Facebook que no se actualiza desde hace años y una tienda virtual en «Todo Colección» donde se pueden comprar productos como los que vendían en el lugar físico, pero donde no podrás cruzarte en la puerta con personas que luego formarán parte de tu vida. En cualquier caso, sirva este pequeño artículo para homenajear un sitio perdido que era puerta (y hogar, digamos casa) de otro mundo mágico: el cine.


¿QUIERE UD. SABER MÁS?

-Podcaliptus Bonbon dedicado a los videoclubes y donde hablamos mucho de la época descrita en el artículo:

https://www.ivoox.com/podcaliptus-con-hielo-15-videoclubes-que-lugares-audios-mp3_rf_55639222_1.html

-Podcaliptus Bonbon dedicado al Canal + :

https://www.ivoox.com/podcaliptus-5-x-03-recuerdos-codificados-historia-e-audios-mp3_rf_30133651_1.html

-Página de Facebook de «La casa del cine»:

https://es-es.facebook.com/LaCasadelcinezaragoza/

-Página en «Todo Colección»:

https://www.todocoleccion.net/tienda/lacasadelcine

Autor del artículo

Víctor Deckard

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