Sobre derechos y obligaciones: ¿Donde está Momo?

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El sistema nos ha engañado con respecto a la relación entre derechos y obligaciones. Todos hemos sido educados en el convencimiento de que ambos son necesarios para la sociedad, pero también manipulados para que apliquemos ambos -derechos y obligaciones- en nuestro perjuicio.

Cojamos la primera categoría: el deber. Desde pequeños, en la mayoría de los casos se nos adoctrina en la creencia de que el deber que todo niño tiene frente a él consiste en estudiar, preferiblemente algo útil (no esas pseudociencias como Historia o Filosofía), para acabar llegando a ser una persona de «provecho», algo habitualmente identificado con dinero. Bien, incluso los jóvenes que acaban sus estudios hasta el final se encuentran en un gran número de ocasiones con precariedad en un entorno competitivo. Primera mentira del sistema. Los pocos que logran enriquecerse, o cuanto menos saber que vivirán sin complicaciones el resto de su vida, muchas veces tendrán como única motivación ganar aún más dinero (el resultado de ser alguien de «provecho», también definible como «éxito»). En su camino, habrán perdido tiempo para disfrutar con los suyos y habrán dado unos cuantos codazos o, mejor dicho, golpes bajos. Es muy posible que, en su fuero interno, sepan que -en realidad- el trabajo conducente a todo ese éxito y a toda esa riqueza no solo no haya contribuido a un mundo mejor sino que lo más probable es que haya servido para empeorarlo. Pero no hay problema, para su tranquilidad espiritual encontrará refugios totalmente inofensivos para el sistema como la Iglesia (elíjase la religión organizada que se quiera) o defender que debería haber más mujeres directivas. Sus momentos de ocio serán saludados y acompañados por un montón de cacharros ruidosos, como yates, coches potentes o los bafles de algún macro concierto (zona VIP). Posiblemente mucho alcohol y en función de la edad y de lo que el cuerpo aguante, cocaina para las ocasiones especiales. Los niños serán cuidados por los empleados necesarios. Cuando sus padres no puedan valerse por si mismos serán atendidos por el personal preciso (residencia VIP, aunque tal vez no haya sido un modelo muy seguro para una pandemia).

¿Qué hay con respecto a las obligaciones de la masa, de la mayoría que no logra ese «éxito» social, tan improbable que se puede considerar sin rubor de engaño? : la obligación del trabajo desde el abandono de los estudios o tras culminar aquellos sin lograr el reconocimiento prometido. Pero no cualquier empleo, sino aquel estipulado bajo la estricta cosmovisión social: muchas horas agotadoras, falta de conciliación laboral y… lo más importante, dar las gracias por unas condiciones que te están robando la vida. Porque muchos otros ni siquiera tienen estos penosos trabajos, pero con palo y zanahoria (¿donde voy a vivir si no trabajo? y «si trabajo puedo ir al fútbol o una semanita a la playa») aprenden a desearlos. Es muy posible que, en su fuero interno, todos ellos sepan que -en realidad- podría haber otro modelo laboral que no exigiera tanto, que no te robara tanto para darte tan poco y que, en el caso de no tenerlo, la sociedad te garantizaría unos míninos para llevar una vida digna. Pero no hay problema, para su tranquilidad espiritual encontrará refugios totalmente inofensivos para el sistema, como la Iglesia (elijase la religión organizada que se quiera) o defender que hay que usar más el lenguaje inclusivo. Sus escasos momentos de ocio serán saludados y acompañados por un montón de cacharros ruidosos, como motos, coches o los bafles de algún macro concierto (zona VIP excluida). Posiblemente mucho alcohol y en función de la edad y de lo que el cuerpo aguante, speed para las ocasiones especiales. A los niños los cuidará él o ella o, en función de los turnos, posiblemente unos abuelos que ya deberían estar a otras cosas. En cualquier caso unos u otros sacrificándo aún más su tiempo disponible. Cuando sus padres no puedan valerse por si mismos serán atendidos por los empleados necesarios (residencia, preferiblemente pública, aunque hay pocas y tal vez no haya sido un modelo muy seguro durante una pandemia).

Starship Troopers puede ser una buena reflexión acerca de las obligaciones de los ciudadanos en una sociedad.

Pasemos a los derechos. Si los que tuvieramos garantizados supusieran una mejora global de las condiciones de vida, serían peligrosos para el orden de cosas, así que nos ofrecen aquellos que en realidad ofrecen -en el mejor de los casos- pequeñas válvulas de escape (un contaminante vuelo baratito para pasar algún escaso finde a dos mil kilómetros por poner un ejemplo) y en el peor enfrentamientos entre gente que tiene intereses comunes, fundamentalmente porque el sistema nos convierte en agotados hedonistas: ya que he trabajado tantas horas en un asco de curro, si le quiero echar el humo al de al lado en una pandemia ¡que no se atreva a decirme nada! Ya que tengo hijos, ¡porque si no nos extinguiriamos! (la posibilidad de para no estar solos de ancianos no se dice, pero suele ser frecuente) que nadie se atreva a decirles nada, aunque no paren de tocar las narices no solo a sus padres -que posiblemente les pongan una pantallita en los morros-, sino a cualquier otro que pase por allí. Tengo el derecho incluso a que ni siquiera un profesor le diga nada a mi niño (más que malcriado, diría sin criar) ¡faltaría más! Perfecta oportunidad perdida para que nuestras obligaciones garantizaran nuestros derechos. ¿Qué tal la obligación de respetar a los demás para tener el derecho de ser respetados, de tener un límite de posesiones para que todos tuvieramos un mínimo, de trabajar lo necesario (apoyándonos en la tecnología) para generar lo que necesitemos para, en vez de generar plusvalías para otros, ganar el ingrediente imprescindible en la emancipación humana, el tiempo? Que cada uno aprovecharía como quisiera: los habría que para estar con los suyos, otros para inventar, algunos para soñar. Tal vez para todo ello. Y una vez conseguido, tal vez debería existir -como decía el para muchos «facha» Heinlein-, la obligación de defenderlo de los que nos lo quieran arrebatar. Sin embargo, por desgracia, aún no estamos en esa tesitura. Los ladrones del tiempo van ganando y no encuentro a Momo, quien nos fue presentada por el «rojo» Ende, pero sí oigo a muchos con intereses parecidos llamándose entre sí «rojo» o «facha». También se pueden oir variaciones, por desgracia no interpretadas por Bach, sino por los medios de comunicación de diferente tipo y los que los siguen acriticamente. «Machirulo» y «feminazi» es un excelente ejemplo.

Tal vez deberiamos empezar a aprender de obras como «Momo» más allá de decir ¡qué libro más bonito!

Autor del artículo

Víctor Deckard

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