No eres tu identidad (octava reflexión viral de una aspirante a filósofa)

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Publicado originalmente por «Aspirante a filósofa» (@Filoaspirante en Twitter) el 8 de agosto de 2020.

Hasta ahora, estas reflexiones han tratado de desmontar distintas falacias que dominan la visión del mundo que encorseta nuestra sociedad: la ansiedad por un continuo hacer frente al ser, el desprecio del presente a la espera de un hipotético momento futuro más propicio o en la rumia de un pasado mejor irremediablemente perdido, la negación de la incertidumbre como rasgo esencial e inevitable de la vida misma, el condicionamiento del derecho a la alegría, la creencia en la desconexión e independencia del individuo con respecto al entorno y a los demás, y la distinción entre un odio justificado e incluso necesario (el propio) y otro censurable (el ajeno).

 Hoy le llega el turno a uno de los grandes ídolos de nuestro tiempo, que vertebra discursos políticos, programas académicos y relatos autobiográficos: la identidad. Individual y colectivamente, nos aferramos a este concepto creyendo que se trata de nuestra esencia, una esencia a la que defender a toda costa con uñas y dientes, cuando no es más que una construcción mental, un castillo en el aire. 

La Real Academia Española ofrece, en la línea de sentido que aquí nos interesa, dos definiciones de identidad: «Conjunto de rasgos propios de un individuo o de una colectividad que los caracterizan frente a los demás» y «Conciencia que una persona o colectividad tiene de ser ella misma y distinta a las demás». Se aprecia que una de las acepciones apunta a la supuesta realidad y otra a la «conciencia», al concepto mental que tiene de sí mismo un individuo o un grupo. Pero, ¿existe realmente esa diferencia? ¿Existirían esos rasgos diferenciales sin una conciencia pensante que simplificase el mundo y a sí misma en un intento de aprehenderlos y comprenderlos mejor? 

Por otro lado, la identidad sirve tanto para catalogar lo ajeno como para autodefinirse. Y en ambos casos se está operando una simplificación. Inevitablemente, al unificar lo diverso, acaban en el mismo saco personas muy divergentes, y ocurre lo mismo en el plano individual: la construcción de una identidad niega los matices al individuo, su riqueza, su capacidad y derecho de evolucionar, de no actuar siempre de manera homogénea y previsible. Por tanto, se está aplicando a grupos e individuos un patrón determinista, limitante y falaz. 

Y, como sugiere el diccionario, la identidad se basa siempre en la diferencia frente a «los demás». Sea de la naturaleza que sea, viene dada por oposición con respecto a quienes no la comparten y es, por tanto, una fuente potencial —y, en demasiadas ocasiones, real— de separación y confrontación. No es extraño, entonces, que el tema de la identidad acabe con frecuencia desembocando en conflicto. En este sentido, es paradigmático el caso de la identidad nacional. Sorprende que un constructo mental anacrónico, tan alejado del espíritu de época del siglo XXI, siga provocando una enorme crispación. Sorprende que todavía hoy, en la era de la globalización,  tanta gente decida someterse a una identidad colectiva tan azarosa como imaginaria. 

No cabe duda de que, pese a la obvia diversidad humana, determinadas identidades han sido erigidas históricamente por el discurso dominante en las únicas tolerables, las únicas dignas o, incluso, las únicas posibles. De ahí la necesidad del proceso de reivindicación de ciertas identidades consideradas minoritarias o periféricas, aunque algunas lo sean tan poco como el género femenino o la raza negra. Estos procesos han evidenciado que siempre cabe otra minoría dentro de una supuesta minoría, otra variante socialmente ignorada o silenciada en relación al grupo que se aspira a defender y reivindicar. Es conocido cómo las siglas del movimiento gay o LGTB fueron ampliándose hasta tener que decidir ponerles punto final, añadiendo en una de sus variantes un signo de adición representativo de la no exclusión de ninguna identidad sexual o de género (LGTBIQ+). No hay letras en el alfabeto para todas las posibilidades, para todos los individuos. Porque, a la postre, descubrimos que hay tantas identidades como personas. No en vano, nuestro documento de identidad es tan intransferible como nuestra huella dactilar.

© Angélica Dass (www.angelicadass.com)

Ocurre algo parecido en al ámbito del color de la piel. Así lo muestra, de una forma tan bella como reveladora, el proyecto Humanae, de la artista Angélica Dass, que ha fotografiado a cientos de personas y ha coloreado el fondo de cada una de las fotografías con la tonalidad correspondiente a la piel de cada retratado, tomada del sistema de definición cromática Pantone. Es llamativa la enorme variedad de colores resultante, muy superior a la de la descripción racial estandarizada, quedando así cuestionada de manera gráfica la propia noción de raza aplicada a grupos humanos. Según las propias palabras de la creadora, el proyecto ha sido útil para muchas personas, pues representa «una especie de espejo para aquellos que no se ven reflejados en ninguna etiqueta».¹  

Da la impresión de que la multiplicación de etiquetas es el paso previo a la asunción de su vanidad. Estamos dando el primer paso hacia el reconocimiento de que, sencillamente, no las necesitamos. Durante un cierto tiempo han servido para romper con una visión del mundo falsamente unitaria y para representar a grupos previamente ignorados o sometidos, pero, finalmente, queda de manifiesto que la subdivisión última es el individuo. El día que nos miremos de persona a persona y logremos trascender esas clasificaciones mentales con las que aprehendemos el mundo, nos habremos acercado un poco más a una convivencia en paz.

La necesidad de colocar al otro dentro de nuestros esquemas preconcebidos es una de las causas del uso de etiquetas. La otra es la búsqueda de una respuesta a la eterna pregunta «¿Quién soy?». Al llegar ante el oráculo de Delfos, se leía la inscripción: «Conócete a ti mismo». Este consejo puede ser malinterpretado como una invitación a definirnos conceptualmente, a buscar racionalmente las palabras que nos definen. Pero parecería que significa todo lo contrario: despréndete de la carga de esas definiciones que te limitan y descubre qué queda bajo el peso de lo que otros y, en última instancia, tú mismo habéis decidido que eres. Libera tu identidad de la carga conceptual. Renuncia a definirte y descubre así lo que eres de verdad, permítete acceder a tu auténtico valor incondicionado.

Ante la pregunta «¿Quién soy?» sentimos un pánico visceral al vacío, a no ser nada. Y llenamos ese vacío con el uso de etiquetas. Creemos que nos ayudan y, en cierto sentido social y temporal, puede que así sea. Pero la liberación última consiste en abandonarlas para continuar con el paso mucho más ligero y el camino abierto en lugar de predeterminado, haciendo camino al andar. Y es que la supuesta identidad es, en realidad, algo cambiante. No solo hay tantas identidades como personas, sino tantas posibilidades en el interior de una misma persona como instantes tiene su vida. En su ya clásico Gender Trouble, centrado en la cuestión del género, la teórica Judith Butler partía del cuestionamiento del concepto de identidad: la coherencia y la continuidad de la persona no supondrían la exteriorización de una esencia interna, sino que serían el resultado de normas de inteligibilidad instituidas y mantenidas socialmente.² En lugar de encorsetarnos con categorías que nos estancan y amordazan, reconozcamos nuestro derecho a reinventarnos cada momento. ¿Qué otra cosa es nuestra libertad? 

Ansiamos definirnos por una especie de temor inconsciente a desaparecer, a volatilizarnos si no lo hacemos, por la necesidad de materializar una existencia que se antoja etérea y huidiza, disuelta en el tiempo y similar a tantas otras que son, han sido y serán. Por eso la identidad mueve tantas pasiones: nos parece un asunto de vida o muerte. Liberarnos de las etiquetas nos aterra tanto como dar un salto al vacío: si no nos adscribimos a ninguna categoría, ¿qué es lo que somos? ¿Nada? Es el miedo a no ser el que nos empuja a identificarnos irracionalmente con una nacionalidad, con un equipo de fútbol, con una ideología, con una profesión, con un estatus social… Pero ya somos. No necesitamos completar la frase con una etiqueta. Simplemente somos. Qué liberación no tener que determinar y fosilizar qué es eso que somos. Qué liberación, sencillamente, ser y dejar ser, vivir y dejar vivir.

Fotografía tomada de needpix.com

Aunque dé vértigo, si tenemos el valor de renunciar a las etiquetas y a las identidades, estaremos desprendiéndonos de un lastre pesado como siglos y recuperaremos el buen sentido del término humanidad. Nuestra definición pasa necesariamente por la oposición al otro diferente, y ello tanto si nuestra identidad nos hace sentir superiores como inferiores al resto. Pero ¿y si nuestra auténtica identidad fuese lo que nos une y no lo que nos separa? Desnudémonos de etiquetas y descubriremos que nuestro valor no estaba en ellas, sino que se escondía detrás de ellas. Seremos algo mucho más real que una imagen mental. Y, sobre todo, quedará al descubierto, en su desnudez más vulnerable y a la vez más poderosa, nuestra humanidad. La evidencia de que, en realidad, y no solo como un bello constructo teórico, todos somos iguales y a la vez cada uno es diferente a los demás. Y ¿cómo voy a agredir a quien es un igual sin dejar de ser alguien único en su individualidad? 

Por lo tanto, recuerda: no eres tu identidad. No eres tu género. No eres tu edad. No eres tu estado civil. No eres el color de tu piel. No eres tu orientación sexual. No eres tu origen familiar. No eres el lugar donde has nacido. No eres tu país. No eres una bandera ni una ideología. No eres un partido político. No eres uno de los bandos de un partido político. No eres tu equipo de fútbol. No eres tu profesión. No eres lo que te dijeron que eras o debías ser. No eres tu coeficiente intelectual ni el índice de tu masa corporal.  No eres tu patrimonio. No eres tu posición de víctima o de verdugo. No eres tus opiniones ni tus creencias. No eres tus emociones. No eres tus logros ni tus fracasos. No eres tu pasado ni tu futuro. 

No eres tu identidad. Eres algo mucho mayor y más valioso, que trasciende todos esos conceptos mentales, que te une a todo lo que te rodea, que no necesita de la diferencia, la confrontación ni el conflicto para existir y que, ya sin patrones preestablecidos a los que agarrarse, no tiene más remedio ni menor privilegio que ejercer creativamente su libertad reinventándose a cada instante.

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¹ Más información en la página web www.angelicadass.com. Son altamente recomendables las charlas TED en las que Angélica Dass explica el proyecto artístico (The beauty of human skin in every color), así como sus potentes aplicaciones en el ámbito educativo (What kids should know about race).

² Judith Butler, El género en disputa: el feminismo y la subversión de la identidad, México, Paidós y Universidad Nacional Autónoma de México, 2001.

Autor del artículo

Aspirante a filósofa

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