Los robots en la ficción. Dos vías hacia la reflexión (y hacia echarse una birra)

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La criatura artificial como reflejo de la humanidad ha acompañado al ser humano desde el comienzo de su producción artística, mucho antes del surgimiento del género en 1818 con la imprescindible “Frankenstein” de Mary Shelley o con el bautismo del término en la obra teatral “R.U.R” por el polaco Karel Capek en 1920. Por otro lado la antiquísima historia hebrea del Gólem puede encontrar nexos de unión con la ciencia ficción contemporánea abordando, por ejemplo, los peligros de imbuir a un ente artificial de un espíritu -sea lo que sea eso-, y si esa posibilidad no refleja ya de por sí nuestra propia condición material y carente de divinidad. No es casualidad en este sentido, que dos de las más consistentes obras de animación en la Ciencia-ficción tengan referencias, incluso explicitas en el caso de la segunda, al Gólem. Me estoy refieriendo a la genial “Ghost in the Shell” (1995) y su secuela “Ghost in the Shell 2: Innocence” (2004), ambas por Mamoru Oshii. Preguntas como qué nos hace humanos y si es algo tan especial o positivo son cuestiones que imbuyen estas poéticas obras de arte (huyan por favor del engendro fílmico protagonizado por Scarlett Johansson, una nueva traición al espíritu de una obra dentro del género).

En Ghost in the Shell se bebe San Miguel. Yo soy más de cerveza artesanal, pero bueno.

 El camino del robot como ser sin alma, sin la chispa divina que es posible que también esté ausente de nosotros, está en el mismo origen de una de las novelas más influyentes en el siglo XX en este campo: “¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?” (1968), aunque fuera por la fama y profundización sin anular su espíritu, de la famosa adaptación fílmica (“Blade Runner”, Ridley Scott, 1992). La idea de realizar un libro sobre robots o androides -el término replicante debería esperar a la película- le vino a Philip K. Dick cuando estaba investigando para “El hombre en el castillo”, una disptopía en la que los nazis ganaban la Segunda Guerra Mundial. Rebuscando entre viejos documentos en una biblioteca, topó con una carta de un oficial de las SS en la que se quejaba de que en un campo de concentración los llantos de los niños no le dejaban dormir. Esa crueldad, de ser un rasgo humano, ¿no nos deshumanizaba a su vez?, ¿no nos convertía en androides?. La pregunta que se formuló Dick acabaría revolucionando el género, en parte creando el Cyberpunk a través del éxito de Scott. No obstante, la película -de forma magistral- va a incidir más en la posible conciencia del ser construido, aunque es interesante ver que en el origen de esta historia el planteamiento era que los humanos nos convirtiéramos en máquinas. Como siempre, Dick dándole la vuelta a todo.

La portada del libro ya da una idea de los esquemas mentales del tío Phil

En realidad, el género de la entidad artificial de desplazamiento autónomo y habitualmente antropoide -el robot- que acompaña al humano desde que este lo invente, puede dividirse como vemos en dos grandes bloques: el robot como herramienta que puede ser utilizada con fines positivos o negativos, como cualquier otro instrumento, o el robot que -imbuido de conciencia- sirve para reflexionar sobre nuestra propia existencia y naturaleza reflejándonos en él al encontrar un igual. Asimov exploró solo tangencialmente la segunda opción. Incluso aún cuando los robots toman decisiones inesperadas o aparentemente autónomas, como “En el conflicto evitable” (“The evitable conflict”, 1950), responden a una lógica de programación basada en las tres leyes. Cierto es no obstante, que en algunas ocasiones parece que cierta autoconsciencia se despierta en alguno de sus relatos, siendo tal vez el más representativo “El hombre bicentenario” (1976), en el que el androide Andrew desarrolla una -eso sí, única, pues ningún otro lo logra- conciencia que hace que tenga deseos de libertad. Ciertamente, este texto, edulcorado hasta la náusea por Chris Columbus en la adaptación cinematográfica (“The bicentennial Man”, 1999) , apunta al hecho -compartido por mi mismo- de que el ser humano no se diferencia en mucho del resto de animales. Si los observamos, sobre todo a los mamíferos superiores, podemos ver conciencia -aunque sea a una escala distinta a la del ser humano son detectables sentimientos: dolor, reconocimiento del ser querido, curiosidad, juego entendido como diversión y no solo aprendizaje-, deseo de libertad, así como mortalidad. Andrew al convertirse en humano, en realidad se convierte en parte de la ecología natural. Pasa de objeto a animal. No obstante, y aunque magistralmente, la mayoría de escritos de robots por Asimov se basan, más que en motivos existencialistas, en la premisa de que no deberíamos renunciar a la tecnología por temor a usarla mal. Él mismo lo dejó claro en sus memorias: por el hecho de que los cuchillos puedan servir para asesinar a alguien, no vamos a dejar por eso de fabricarlos. Es un debate que se puede rastrear en la ética aplicada a las redes sociales. ¿Son malas per se o un simple instrumento?: son tan válidas para buscar información o escuchar a gente interesante, como para vender gratis nuestra privacidad compartiendo nuestras fotos -o la de nuestros seres queridos- en un intento de provocar la envidia a través de una felicidad artificial. Asimov parece que nos advierte de que de lo que tenemos que preocuparnos es de madurar como individuos y sociedad, no de restringir el avance tecnológico.

Ejemplos del robot como herramienta hay muchos, habitualmente sin la profundidad del querido patillas, desde el más puro entretenimiento -Pacific Rim (Guillermo del Toro, 2013)- a algo más consistente, como el querer aferrarse a una tecnología obsoleta por motivos emocionales, como sucede en el relato de uno de los habituales por aquí: el gran Richard Matheson con Steel, llevada a la televisión en “La dimensión desconocida” (1963) y a la gran pantalla bajo el título de “Acero puro” (“Real Steel”, Shawn Levy, 2011 Esta un tanto decepcionante). El apoyarse emocionalmente en un objeto por no querer resolver los problemas interiores, o por intentar buscar refugio ante una sociedad hostil, está en el núcleo de esas páginas, llevando por eso mismo también  a la reflexión. Otros ejemplos famosos de obras imperecederas pueden ser Robby de “Planeta prohibido” (Forbidden Planet, 1956, Fred M. Wilcox, cuya programación es muy posible que se inspirara ya en los relatos de Asimov) o el Gort de “Ultimatum a la Tierra” (The Day the Earth Stood Still, Robert Wise, 1951, también posiblemente inspirado en un relato de Astounding Science Fiction publicado en 1940. Huyan por favor de nuevo de la horrible versión del 2008). En cualquier caso, ambos son instrumentos construidos (el primero por el Dr. Morbius y el segundo por la organización cósmica a la que pertenece el extraterrestre Klaatu) para ciertos fines.

Asustan, ¿eh? Pues son los buenos de la peli (imagen por Brecht Bug en flickr)

No obstante, la Ciencia-ficción se ha inclinado a ir más por la vertiente del espíritu en la trama robótica, tal vez por el hecho de que ha tendido a ponerse profundo para compensar la falta de respeto con la que, habitualmente, la contempla el público general. De nuevo los casos son inabarcables, desde los dedicados al público infantil, algo que se puede rastrear desde el Pinocho de Carlo Collodi en el siglo XIX -o mejor dicho desde sus adaptaciones, porque la obra original no está del todo claro que se dirigiera a los niños- que nos puede llevar hasta la exitosa y en parte imagen del cine de los ochenta “Cortocircuito” (Short Circuit, 1986, John Badham): interesante que la conciencia del robot protagonista, Número 5, venga por el impacto de un rayo, habitual poder divino en el imaginario colectivo desde tiempos inmemoriales. En los últimos tiempos uno de los mejores exponentes -e injustamente olvidada- es “Chappie” (2015) del sudafricano Neill Blomkamp, quien por cierto con su breve obra ha demostrado ser uno de los directores actuales que mejor pulso tiene rodando acción, sin que además se quede en mera pirotecnia vacía,  poniéndola al servicio de una trama consistente  como en “Distrito 9” (District 9, 2009, no tanto en la más convencional “Elysium” de 2013). Esta rama robótica está muy ligada a la de las Inteligencias Artificiales, que en su aparición ficcionada practicamente siempre tienen una toma de conciencia, pudiendo a veces servirse de robots-herramienta para sus propios fines, habitualmente atacar a -o defenderse de- la humanidad (Skynet con sus Terminator, por ejemplo, o los mortales artefactos de los que se sirve la computadora de la inquietante “Engendro mecánico”, Demon Seed, Donald Cammell, 1977).

La participación de Pujol es habitual en la Ciencia-ficción. Es más conocida su presencia en «Desafio total», pero en «El engendro mecánico» tampoco lo hace mal

En definitiva, el mundo de los robots en el género que tanto nos apasiona ha seguido dos caminos diferenciados, aunque en ocasiones coincidentes. El robot-herramienta y el robot-ser. Ambos han sido usados por algunas de las méjores obras para reflexionar sobre nosotros mismos, algo que en definitiva -y visto lo visto- no está de más. 

Pd. En Podcaliptus Bonbon le dedicamos programa al bueno de Asimov en relación con su tratamiento en ficción de los robots (el podcast se puede escuchar aquí).

Autor del artículo

Víctor Deckard

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