«Soy leyenda» de Matheson y sus versiones cinematográficas. Arte y filosofía (con chorreras) en el análisis fílmico

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Publicado originalmente el 28 de abril de 2020.

La comprensión total de una obra artística depende del conocimiento de su entorno social e histórico. Lo maravilloso es que esta afirmación funciona en el sentido contrario: gracias al arte podemos entender mejor la sociedad en la que está inscrito. Todo esto no quiere decir que una película o un libro no puedan ser disfrutados sin saber de historia, ni sin que pidamos algo más de ellos que entretenimiento; incluso podemos recrearnos en las anécdotas de su elaboración, que puede -y así ocurre en numerosos casos- ser de lo más curioso. Pero su comprensión absoluta depende de saber de historia, de filosofía y de política. ¿Piensas que todo eso es un rollo? Pues lo siento, pero es lo que hay. No obstante, a los vaguetes del conocimiento tal vez les consuele saber que en muchos casos los estados y sus organizaciones académicas opinan como ellos. También os digo que así nos va, ya sabéis aquello del mal de muchos. Un ejemplo que me viene a la cabeza -más allá del obvio desconocimiento acerca de las materias señaladas por nuestros políticos- es que en muchos lugares se puede acabar la carrera de Historia del Arte sin cursar ni una sola asignatura de Historia. ¿Saber de Arte sin saber de Historia? Oh, “come on” que diría poniéndome estupendo.


En cualquier caso, no he venido aquí a hablar de mi libro, sino del de otro señor, el genial Richard Matheson (1926-2013). Escritor de novelas, relatos y guiones, fue un adelantado que -junto a otros como Asimov, Pohl o Heinlein, por señalar a algunos- revolucionó el género fantástico en la Ciencia-Ficción en el ámbito anglosajón de los años 50, y por extensión, en gran medida mundial. Algunos de sus textos han sido llevados a la pantalla grande o pequeña de una manera inolvidable: como muestras representativas entre otras, “El increible hombre menguante” (“The Incredible Shrinking Man”, Jack Arnold, 1957), “La leyenda de la casa del infierno” (“The Legend of Hell House”, John Hough, 1973), “El diablo sobre ruedas” (“Duel”, Steven Spielberg, 1971. Sí, aquí empezó la leyenda del Midas contemporáneo, que expesión más manoseada), algunos de los mejores episodios de la televisión en series míticas como Star Trek (“The Enemy Within”) o “La dimensión desconocida” (“Nightmare at 20,000 Feet”); aunque también tiene textos que nunca se trasladaron en imágenes que son brillantes y muy posibles inspiraciones no reconocidas de otras obras (¡ay, “Poltergeist”!, pero eso da para otro artículo). En cualquier caso ya veis que de este hombre se podría decir mucho y bueno, pero el tema que nos ocupa hoy, que está muy relacionado precisamente con la política, la ecología, la filosofía y el arte, es el análisis de una de sus obras más conocidas: “Soy leyenda”, novela de 1954, y de sus versiones cinematográficas que lo gracioso es que -dependiendo cual- pueden decir una cosa y la contraria, respetando o cargándose el mensaje original de Matheson (¡ya te vale, Will Smith!).

Primera edición del libro: obras maestras a 25 centavos. ¿Alguien da más?

“Soy leyenda” es un libro crucial en múltiples niveles. El autor utiliza un arquetipo clásico del mundo gótico, como es el vampiro, para defender la ciencia como forma de comprensión del mundo. Lo desconocido existe, y el interrogante que nos arroja este es crucial en el avance científico. En esta trama hay vampiros, su reino es la noche, reaccionan ante el ajo, espejos e iconografía religiosa. Pero todo tiene una explicación racional, una enfermedad que provoca la transformación física de los afectados y su conversión en monstruos. Aquí la amenaza no es un ente sobrenatural, antes al contrario, su causa y su reino está en la naturaleza, pero hasta que no se conoce como actúa, sus códigos nos devuelven a las pesadillas de una sociedad aún infantil. Es un leitmotiv que volverá con otros parámetros, también magistralmente, en su novela “La casa infernal” (“Hell House”, 1971, trasladada notablemente a la pantalla en la señalada “Leyenda de la casa del infierno”). Todo esto de por sí ya fue un punto de inflexión en el género. En muchas ocasiones se piensa que el momento de presentación del monstruo clásico como infectado, en este caso el zombi, aparece tan recientemente como con la aparición del remake de “El amanecer de los muertos”(“Dawn of the Dead”, Zack Snyder, 2004) y con “28 días después” (“28 Days Later”, Danny Boyle, 2003), pero ya estamos viendo que fue muy anterior gracias al amigo Richal; “y a más a más” que se dice, el propio George A. Romero, popularizador de este tipo de bichejo con la famosísima “Noche de los muertos vivientes” (“Night of the Dead, 1968) reconoció en alguna entrevista que una de sus inspiraciones fue la “Soy Leyenda” de Matheson. Esto es muy interesante no solo por el valor histórico cinematográfico, sino por el hecho también de que aunque Romero en alguna ocasión comentó que en su película no había política, se estaba basando en una obra altamente politizada, algo que aunque sea inconscientemente le imbuyó y a lo que no es inmune ningún autor: el Zeitgeist (mala palabra en estos tiempos en los que es mejor no escupir), es decir, el “espíritu del tiempo”. Por eso es crucial en crítica artística el contexto, porque de lo contrario se corre el peligro de dejarse en el tintero elementos nucleares, que en ocasiones pasan desapercibidos incluso a los propios autores.

Y aunque todo esto mola un montón, aún hay más en “Soy leyenda”, como decimos. Los años 50 en Estados Unidos son una fachada de barrios residenciales y gente cortando el cesped, de supuestamente un plácido reposo del que descansar tras el trauma que supuso la Segunda Guerra Mundial. En realidad, tras esas paredes pintadas y esos jardines hay un mundo de insatisfacción personal -retratado en pelis como la lynchiana “Terciopelo azul” o en la más desconocida pero fabulosa “Revolutionary Road” de Sam Mendes- y de paranoia política dirigida tanto al interior (¡sigamos con el cine, más cine, por favor!: “Siete días de mayo” (Frankenheimer, 1964), o “The manchurian candidate” (1962 por el mismo director) como exterior (“Punto límite” de Sidney Lumet en 1964, “La hora final” de Stanley Kramer en 1959). Esto fue el caldo de cultivo ideal para que autores de la sensibilidad de Matheson usaran el género de la Ciencia-Ficción (debilidad tengo por el concepto de “novela de anticipación” por todo lo que implica) para avisarnos de nuestra fragilidad como ser humano, de los peligros que nos acechan básicamente por nuestro comportamiento social entre nosotros y ecológico con nuestro entorno. En “Soy leyenda” el patógeno causante del mal se expande con más facilidad debido a las tormentas de polvo causadas por una guerra y además el superviviente protagonista puede ser sustituido por otra especie, algo en lo que no entraré en detalle por no destrozar las sorpresas de la trama. En definitiva: el ser humano no es tan importante y es más frágil de lo que piensa.

Hace poco, debatiendo con un amigo sobre la necesidad -en mi opinión y a la luz de la pandemia actual por coronavirus- de tener un mayor equilibrio con nuestra biosfera y cambiar nuestros modelos productivos más contaminantes, me llamó “ecocristiano”. En realidad, obras como “Soy leyenda” nos demuestran que la tradición más conservadora es aquella que pone al humano como centro de la creación, con un mundo natural enteramente a su disposición y disfrute. Habitualmente la religión, siendo un gran exponente de esto la tradición judeocristiana, ha sido la gran defensora de este concepto del hombre a imagen y semejanza de Dios; sin embargo, la razón y una parte maravillosa del arte como el representado por la obra protagonista de este artículo, están a favor del ecologismo: sin más comprensión, respeto y equilibrio hacia la biosfera, nuestra propia supervivencia está amenazada (efectos especiales de truenos, por favor).

Bueno, pues sabiendo todo esto, ¿cómo se trasladó este libro al cine? Pues empate en Las Gaunas, dos veces bien y dos mal, curiosamente las peores las más recientes (y una de ellas ¡maldito Will Smith! ya en el siglo XXI).

La versión primigenia del libro en el cine. Con los carteles de la época ya estabas un rato leyendo


La primera ocasión en la que el texto se llevo al cine fue en 1964 a través de un tipo clásico, de aquellos que portaban el bigote como solo sabían los galanes de antaño, con su formación en el teatro y su modulación vocal arrebatadora. Me refiero al tito Vincent Price en “El último hombre sobre la Tierra” (“The last man on Earth”, Ragona-Salkow, 1964). Nos encontramos aquí con una producción de bajo presupuesto en la que el propio Richard Matheson estuvo involucrado en el guión (pero, al no quedar del todo satisfecho, firmó como Logan Swanson: -mola mucho, es como si yo en vez de Víctor Deckard firmara esto como Hector Regard-), y que inicialmente se iba a producir por la británica y mítica Hammer, compañía curiosamente famosa por reactualizar, aunque sin abandonar los parámetros sobrenaturales, los monstruos góticos clásicos… con eróticos resultados, que diría Marge. Incluso se barajó Fritz Lang como director. En cualquier caso la censura británica -bastante dura en la época, recordemos las “Nasty Movies”-, estuvo dando el coñazo todo el rato y al final el proyecto recayó en el productor estadounidense Robert L. Lipper, quien hizo lo que muchos han hecho en el mundo del cine y que queda reflejado perfectamentente en la tarantiniana “Once Upon a Time… in Hollywood”: pirarse a Italia a rodar para abaratar costes, “che viva l’Italia, bambini!”. Hay que reconocer que los italianos muchas veces han provocado el cabreo y la risa en el cine, sobre todo B y “más sobre todo” en la explotaition o cine de explotación (¡ay ese Terminator 2 de Bruno Mattei, canela finísima!), pero en la época tenían buenos estudios y gente técnicamente preparada, así que la peli protagonizada por Price cumple, con un ritmo bien llevado y -aún con algunas modificaciones realizadas en la historia, incluido un final no exactamente igual- no traiciona al libro, aunque este se encuentre años luz por delante. De hecho, habitualmente se la considera la adaptación más fiel pero no, porque en la España de los años 60 (han oído bien) ocurrió algo aparte del gol de Marcelino…

¿Que se puede ir a la manifa del 8M, al mitin de VOX o al fútbol? Ya si eso me voy confinando

Gracias al artículo de Alfonso Grueso en su blog “Aburrimiento vital” (se puede ver aquí), he descubierto “Soy leyenda” de Mario Gómez Martín, estudiante de la Escuela Oficial de Cinematografía, y que nos regaló esta joya, un mediometraje de 36 minutos que es la obra fílmica más fiel a la novela de Matheson.  Con estas cosas son con las que uno se enamora del cine, pues Gómez nos demuestra no que con pocos medios, sino practicamente ninguno, se puede llevar fielmente a imágenes una obra de la complejidad de esta, incluido su final, algo que no se ha atrevido a hacer ninguna otra de las aquí señaladas. Fuera de los circuitos comerciales, en un país oprimido por una dictadura, hubo alguien que supo hacerlo y lo hizo, aunque hayamos tenido que esperar mucho para reivindicarlo, gracias al proyecto de la filmoteca española “Doré en casa”, que recupera de su archivo metraje desconocido para el público. Por suerte el gobierno y la censura franquistas estaban preocupados por lo que llegaba a las salas (fundamentalmente se fijaban en las tetas) y no estuvieron encima de este proyecto de final de curso que, por otro lado, seguramente tampoco hubieran entendido. ¿Cuantos tesoros seguirán enterrados? En cualquier caso, una verdadera delicia acercarse a esta versión, no pudiendo dejar de admirar los recursos narrativos y visuales que el director se saca de una chistera en la que no había dinero. Y es que el vil metal muchas veces no es garantía de nada, como demuestran los siguientes ejemplos. Pónganse el cinturón, que por ahí viene Charlton Heston a toda pastilla.

Fotograma de la peli española. Se le olvidó mencionar en los desastres que luego llegó «La isla de las tentaciones» (y yo he sucumbido a ese programa, como lo oyen)

Es obvio que Charlton Heston no fue el más listo de la clase. No entendió algunas de sus obras, altamente politizadas en una ideología inversa a la suya como “El planeta de los simios” o su secuela. Tampoco le pilló el truco a “Soylent Green”, y tenía claro que la peli de Vincent Price, con quien había coincidido en “Los diez mandamientos”, era un coñazo. Ahí faltaban tortazos y él era la solución. En realidad, a “The Omega Man” -como se tituló esta versión, o «El último hombre vivo» en España- hay que amarla por muchas cosas, basicamente por su desmadre. Aún me recuerdo de niño flipando con el trepidante comienzo, con el Heston prota conduciendo a toda velocidad un descapotable rojo por un Los Ángeles desierto (en realidad es el centro comercial de la ciudad un domingo temprano, los viejos trucos son muchas veces los mejores), con un vestuario inclasificable (la ropa de andar por casa de Charlton es maravillosa, con una especie de chaqueta de terciopelo y ¡chorreras! eso es C-L-A-S-E y lo demás tontás, para vergüenza de un hipster medio) y elementos éticamente muy positivos, como un beso interracial que para muchos historiadores del cine fue el primero en la gran pantalla, aunque en imagenes se adelantó la -en tantas cosas pionera- serie de Star Trek. Sin embargo, aquí ya tenemos un problema serio con el mensaje, que se imbrica claramente con la tradición conservadora del “american way of life”, y por extensión del puritanismo protestante en política exterior: esos cabrones comunistas que me quieren asimilar (los vampiros) no va a poder conmigo, campeón de la libertad y que ofrezco mi sangre por la liberación del mundo (occidental, que es el libre, se sobreentiende y sí, damas y caballeros, las referencias bíblicas se introducen en esta peli con la sutileza de una tuneladora, sobre todo con un final que no voy a describir: véanlo y alucinen pepinillos y -posiblemente- carcajeense con ganas como me pasa a mi).  Eso sí, en cualquier caso y pese a las risas, las conclusiones de esta peli -a diferencia del texto de Matheson- no valen ni para limpiarse los mocos con ellas. Pero, ¿podría ser peor? ¡Claaaro! Siempre puede ser peor (Que sí, que yo te maldigo, Will Smith).

Así se acaba con las pandemias
(Heston style)
Eso era estilismo. Y comodidad, en ese pelo se pueden guardar, entre otras cosas, las llaves de casa, las del trastero, las de la moto, las de la taquilla del curro, las de…
Y más clase en época de cuarentena. Así voy yo por casa cuando me quito las chorreras: en pelotas y dándole al whisky (Imagen por James Vaughan en Flickr)

Efectivamente, acabamos con la peor adaptación de “Soy leyenda”, la protagonizada por el rapero Smith (“I am Legend”, Francis Lawrence, 2007) y encima siendo reincidente, porque ya se había sacado la churra antes y meado sobre otra obra cumbre de la Ciencia-Ficción en 2004, con la ignominiosa “Yo, robot” de Alex Proyas (quien en esta ocasión, no en otras, se merece rimas con ese fabuloso apellido). Vamos a ver, déjenme que explique esta ira que me embarga cual banco. Yo entiendo que una adaptación no tiene porqué ser fiel a un libro; de hecho, puede ser hasta contraproducente, y algunas de las mejores pelis simplemente están inspiradas por la obra original. ¿Uno de los máximos exponentes en el género que nos ocupa? pues “Blade Runner”, por citar el que más me gusta. Ahora bien, lo que yo no puedo perdonar nunca es que se transmita un mensaje, ya no diferente, sino diametralmente opuesto al autor primigenio. Por ahí ya no paso, manías que tiene uno. Si Matheson nos avisaba de lo humildes que tenemos que ser para no acabar en el desastre, evitar las crisis previniéndolas y trabajando juntos como sociedad, la cosa esta del Proyas-Smith es lo de siempre: “tranquis, que viene el héroe de los chascarrillos, y disparito por aquí, miradita al microscopio por allá” salva el día y de paso a la humanidad. En su haber un poquito de buena atmósfera al principio, que enseguida se termina por un abuso poco realista de los efectos especiales generados por ordenador. Tampoco tengo mayor problema con las obras de entretenimiento puro y duro, algo necesario en ocasiones. Pero cuando se usa el trabajo de los maestros para pervertirlo, no está de más denunciarlo. El mundo (con esta expresión siempre nos solemos referir a  los humanos, de nuevo el antropocentrismo) solo se  salvará si trabajamos en una sociedad más equilibrada en lo ecológico, como ya avisaba Matheson. Peligros reales nos acechan, como nos advierten las buenas obras artísticas y la situación de pandemia actual, así que aprendamos de ellas y no nos dejemos despistar por fuegos de artificio como el engendro este del 2007. Y encima ni siquiera hay chorreras.

Hasta el póster es artificial a más no poder. ¡Smiiiiiith!

(todas las imágenes están con licencia Creative Commons y son de Wikipedia, salvo que se especifique lo contrario)

Autor del artículo

Víctor Deckard

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