«Oculorum» desde una reclusión

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Publicado originalmente por el señor McCue el 20 de abril de 2020.

Sus hojas aún son juveniles. Pero con una juventud desarrollada con la fuerza y el vigor de un ambiente inusitadamente limpio, que las convertirán en adultas y sanas. Crecen y se desarrollan sin prisa, pero también sin pausa. Frente a mi ventana observo cómo fluye su armonía. Las hojas de los plátanos siempre han estado ahí, casi rozando los cristales. Pero mis ojos carecían de esa necesaria sensibilidad para mirarlas. Sensibilidad que solo te da el tiempo -tu único, personal, e intransferible tiempo-. Y de repente, ese tiempo medido es un reloj que se para en seco, se relativiza y empieza a transcurrir de manera diferente, para indicarte que te asomes a esa ventana. Y te hace mirar a través de ella con las antenas desplegadas metiéndote esa visión en vena. Ese tiempo que nos manejaba a su antojo antes del obligado aislamiento, es otro “tiempo». Tiempo que siempre se manifiesta ante nosotros como un bien escaso, pero no lo vemos. O no queremos verlo, siendo esclavos de nuestra propia ceguera. El tiempo -nuestro tiempo- de repente nos enciende un fósforo y nos obliga a ver, mirar, sentir. Hace unas pocas semanas, nuestro reloj era una simple articulación de rutinas. Un conjunto de ruedas, muelles, espirales, cuerdas y pivotes, que formaban una maquinaria para lastrar una cadencia de hábitos más o menos medidos, de prácticas, usos y repeticiones en nuestra cotidianidad.

Pero esos plátanos que ahora observo, de tronco con corteza alicatada y quebradiza, en tonos verdes, grises y amarillos; con sus copas de hojas caducas, simples, alternas y palmeadas en cinco lóbulos de picos agudos e irregulares, siempre han estado ahí, tras mi ventana. Año tras año, estación tras estación. Con sus frutos de compuestos globosos y colgantes, esperando al invierno, para luego deshacerse en multitud de aquenios que favorecen su dispersión por el viento, e intentar una nueva vida, en otro lugar, en otro emplazamiento.

Más allá, entre la fila de estos frondosos árboles, como dos intrusos que reivindican su derecho a estar entre diferentes, descubro dos acacias de «tres espinas» y corteza gris, lisa y agrietada; con sus hojas ovaladas y espinas aceradas que brotan de las ramas en agresivo triunvirato y que me recuerdan mi adolescencia, cuando nos subíamos a sus ramas para cortar sus púas y fabricar el eje del corcho flotador -los pescadores modernos le llaman ahora “bobber”- para nuestras artesanales cañas de pescar en el Canal Imperial. Sus frutos, que secos del ejercicio anterior aún se mantienen, asemejan legumbres diminutas. Sus nuevas flores son de un verdoso que oposita a marrón oscuro, para cuando les llegue su inevitable madurez. En sus ramas interiores cohabitan dos aves torcaces saltarinas y juguetonas, de buen tamaño. Parecen bien comidas. No son chaveas: la mancha blanca en el cuello delata su mayoría de edad. Son grises, con pecho vinoso y banda conspicua que atraviesa sus alas. No son de las que comen por las aceras. Tienen pedigrí. Las intuyo despreocupadas. Sintiéndose dueñas y seguras de su entorno. Adaptadas al ser humano urbanita, pero con largos escarceos en campo abierto para alimentarse y beber. Se refugian en la urbe huyendo de las rapaces. Sospecho que disfrutan de la ausencia de viandantes y vehículos. Rozan sus picos con rápidos y coordinados movimientos. Cuando dejan de acariciarse, emiten una serie de frases distintivas de cuatro o cinco notas. Alguna parece acentuada: cu-CUU-cu…cu…cu. Cuando van de rama en rama, si cruzan un rayito de sol, su plumaje brilla. De pronto, lanzan un breve vuelo hacia un pequeño abedul que, sereno y firme, también tiene su sitio entre las dos acacias. Deberíamos aprender algo de la capacidad de convivencia de la flora entre diferentes especies. Me viene a la mente un poema de Robert Frost sobre los abedules: “Cuando veo abedules oscilar a derecha y a izquierda, ante una hilera de árboles más oscuros, me complace pensar que un muchacho los mece». Y yo pienso, con tristeza, en los que ya no están. Muchos, demasiados, se han ido en esta cruda primavera. Algunos muy cercanos. Muy queridos.

Observo el cielo. Las nubes han hecho un inmenso hueco, y está rabiosa e inusitadamente azul en estos días grises. Cierro los ojos y los vuelvo a abrir mirando hacia abajo. Veo a una mujer sin nombre arrastrando un carro de compra que muestra su existencia ante la calle vacía. Sin cara y con guantes de látex. Desde mi portillo ahora tengo un campo visual que siempre ha existido ¿O no? ¿No eran hojas, árboles, aves como éstas las que siempre han estado ahí, esperando ser contempladas? ¿O es que eran días de ceguera y negligencia de los sentidos, durante una vida que ahora me parece tan breve como un parpadeo?

Una abeja se posa en el alféizar de la ventana, para sorber su ración en una gota de agua, brillante y azulina, que dejó la lluvia de anoche. ¿Estarán volviendo las abejas? Un perro ladra desde algún rincón escondido de alguna casa vecina. Otro perro le replica. Ajeno a las torcaces se posa un petirrojo. Saluda con su tic…tic… tic… repetido varias veces. En mi habitación escucho los pasos de Pilar. Me alegra el sentirlos cada vez más cerca: Agradable presagio del estar y el ser.

Autor del artículo

Macue

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