El cielo sobre nuestras cabezas (tercera entrega de las «Reflexiones virales de una aspirante a filósofa»)

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Publicado originalmente el 7 de abril de 2020 por «Una podcalipster aspirante a filósofa»

Son muchos los retos a los que nos enfrentamos en esta época: la incertidumbre sanitaria, laboral y económica, el miedo por la integridad física propia y ajena, la situación de encierro y aislamiento, la indeterminación de los derroteros que tomarán el mundo y nuestras vidas a partir de ahora… Parece como si el suelo se tambalease bajo nuestros pies. Pero ¿es que acaso ese suelo había sido firme alguna vez? Así queremos creerlo y en ello se han basado muchas de nuestras decisiones vitales. Escogimos formarnos para una profesión con «salidas», decidimos periódicamente nuestro voto en las elecciones buscando seguridad y estabilidad (cada uno desde su perspectiva), contratamos seguros y planes de pensiones, nos empeñamos en tener un piso en propiedad a cambio de vender nuestra alma al diablo, perpetuamos relaciones y puestos de trabajo insatisfactorios… Sin embargo, pese a nuestros esfuerzos por encarnar, en nuestro propio cuento, a la hormiga previsora que acumula durante el verano lo que va a necesitar en invierno, o al cerdito listo con una casa de ladrillo a prueba de lobos, de repente se esfuma lo que hemos reunido a lo largo de los años, el edificio construido con tanto tesón se derrumba y nos encontramos desconcertados y desnudos entre los escombros.

Parece algo aterrador. Pero, junto con la estructura que, mal que bien, parecía ampararnos, se desvanece una falacia (y vamos por la tercera de esta serie de «Reflexiones virales»): la de que el mundo y la existencia son estables y están bajo nuestro control. Por suerte o por desgracia, no somos los primeros ni los últimos cuyas vidas se han desbaratado por circunstancias imprevistas. Basta con abrir un libro de historia, ver un telediario u observar la experiencia propia y ajena. Tras la pasada crisis económica y la precarización laboral, económica y social que vino para quedarse, estamos tristemente acostumbrados a lo inestable e incierto. Sin ser una situación deseable, al menos nos ha preparado internamente para encarar este segundo reto. Y nos confronta con la realidad de la existencia: su continuo movimiento, siguiendo una red de causas y efectos que no siempre alcanzamos a comprender.

Licencia CC:0 (Dominio público, tomada de www.publicdomainpictures.net/)

Si nos reconciliamos con esta condición de la vida —agudizada especialmente en periodos de cambio de época, como el presente, y contra la que no tendría sentido rebelarse, pues es como es—, asumiremos con mayor fluidez lo que sucede y lo que está por venir. No se trata de no tomar las medidas oportunas para que nuestra situación, individual y colectiva, sea lo más digna y feliz posible. Ni tampoco de vivir con constante miedo. Se trata de aceptar que la mutabilidad y la incertidumbre son rasgos intrínsecos de la existencia. Y que esta es frágil. Aprendamos a no dar nada por sentado, a no considerar ningún logro ni estado como fijo e inmutable, pues la vida es todo lo contrario. Y a confiar en que podremos afrontar las circunstancias que se nos presenten. ¿Acaso no lo hemos hecho siempre hasta ahora?

De modo que podemos vivir como los galos, temiendo que el cielo se desplome sobre nuestras cabezas, o asumir la inestabilidad y la incertidumbre como el estado natural de las cosas, no el excepcional. La renuncia a la falacia mental de tenerlo todo atado no solo nos permite admitir la realidad tal como es y no entrar en pánico ante determinados acontecimientos, sino que también nos libera de la presión de ponerle cercos al mar y nos otorga la libertad de tomar decisiones basadas ya no en el miedo —del que muchos se aprovechan—, sino en nuestras auténticas inclinaciones. A partir de entonces, podremos mirar al cielo sin temer que nos aplaste, dispuestos a danzar bajo el sol, la lluvia o las tormentas, al ritmo que nos marque la vida.

Autor del artículo

Aspirante a filósofa

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