DAVID LYNCH: EL VALOR DE LO DESCONOCIDO (Y DE LOS TUPÉS)

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Publicado originalmente el 6 de mayo de 2020.

Normalmente, cuando uno termina una película de David Lynch se pregunta: ¿qué narices significa toda esta movida? Con la entrada de hoy, y porque me han entrado ganas después de charrar, en muy buena compañía en el podcast Torpedo Rojo sobre «Carretera Perdida» (se puede escuchar aquí), voy a tratar de enlazar la obra de este genial director con determinadas corrientes culturales que -chan, chan- van a servir en un doble salto mortal para comprender mejor su obra pero valorar más no entenderla. Vaya lío, ¿no? A ver si lo conseguimos.


EL FINAL DEL SIGLO XIX “LARGO” Y EL NACIMIENTO DE LAS VANGUARDIAS:

El acotar periodos históricos no es tarea fácil. Los procesos sociales no tienen un punto de corte claro, no existe un sistema y de repente surge uno nuevo o, dicho de otro modo, no nos levantamos medievales una noche para amanecer modernos (salvo los hipster). Es por eso que las acotaciones temporales para ordenar la historia deben de cogerse muy con pinzas y ni siquiera sirven para todos los marcos geográficos culturales. En cualquier caso, os voy a hablar aquí de un espacio histórico -y su final- que ha venido a llamarse siglo XIX “largo”, por durar más de cien años. No es este lugar para explicarlo con detalle, basta decir que en Europa tras 1789 con la Revolución Francesa, la sociedad cambia de élites culturales, ideológicas y políticas. La nobleza ya no manda tanto y las clases altas burguesas, con una riqueza proveniente de los negocios y -poco después- de la naciente Revolución Industrial, viene a ocupar su lugar.


En cualquier caso, un cambio de paradigma social trae aparejado uno moral. En el tema que nos ocupa, y aunque el motor inicial se produjo en Francia, el ámbito anglosajón tuvo mucho que decir. La hegemonía mundial va a estar ligada a partir de ahora a unas élites protestantes que, como ya señalaron autores de la talla de Max Weber, son extraordinariamente conservadoras. La Inglaterra Victoriana o los rígidos modelos mentales prusianos tienen mucho que decir en el nuevo mundo del siglo XIX. Si a todo eso le sumamos una nueva corriente cientifista ligada a las nuevas formas de producción industrial, nos da un «consciente colectivo» (concepto que manejó Jung, tan interesante como el más famoso de inconsciente) que se creía preparado para explicar cualquier faceta de la realidad. Con estos preceptos, las élites burguesas europeas se lanzaron a la conquista del mundo. El colonialismo, la intensa industrialización y la resistencia a una verdadera igualdad social que añadiera a los más desfavorecidos, como los individuos que conformaban la gran masa obrera, fueron algunos de los elementos más representativos en la conformación de su nuevo orden. Todo podía ser medido, reglado o -en caso de estorbo- reprimido, pero sus propias contradicciones llevaron a que, efectivamente en algo más de un siglo, su mundo saltara por los aíres literalmente en las trincheras de la I Guerra Mundial. En ocasiones, pienso que a nivel general no se es consciente del trauma que supuso la Gran Guerra, como se la conoció entonces. No obstante, la cultura viene a nuestro rescate, y en algunas obras puede verse el punto de inflexión. Una de mis favoritas es “La montaña mágica” de Thomas Mann («Der Zauberberg», 1924). 


De nuevo, una forma de ver el mundo caía y llegaba la crisis. Es en ese momento cuando surgen las denominadas vanguardias de principios del siglo XX. Si las clases pudientes habían establecido una ideología -o superestructura en término de Marx (se le puede citar y no ser comunista, damas y caballeros)- basada en, ya no la aspiración, sino en la certeza como señalamos de que todo lo que nos rodea podía ser explicado, controlado y dominado, incluida la naturaleza, los nuevos artistas visto el desastre al que las élites habían llevado al mundo, ponen en duda todo eso. La percepción subjetiva, descripciones de la realidad a través de mundos no reglados como el onírico, así como la provocación apelando a la duda o mediante temas tabú para las clases gobernantes (señalemos el sexo o la iconoclastia) empiezan a reproducirse en el ámbito artístico. Múltiples escuelas -incluso contradictorias en diversos aspectos- surgirán en esta ola, no podía ser de otra manera debido a su aspiración de ruptura con lo formal: dadaistas, surrealistas, expresionistas, entre otros muchos. La posmodernidad, que se reforzará con el siguiente desastre que traerá un nuevo conflicto bélico, había llegado. Curiosamente, este ataque que también se dirige al plano de la ciencia, encajará mejor con el nuevo paradigma científico que ahora va a girar en torno a conceptos como relatividad o indeterminación. ¿No podrían incluso estos términos ser perfectamente nombres para nuevas corrientes artísticas?. Acabaran llegando incluso gatos que existen y no existen al mismo tiempo. ¡La locura máxima!

Muestra de la vanguardia expresionista en el cine. «El gabinete del Dr. Caligari» («Das Kabinett des Dr. Caligari», Robert Wiene, 1920). Una arquitectura tan funcional como la de Calatrava, pero mucho antes

En este ámbito cultural se inscribe David Lynch. Como Picasso, que nos enseñó a mirar al mismo tiempo desde diferentes ángulos un objeto o persona, el cine de Lynch nos muestra como un evento puede tener diversas explicaciones, incluso contradictorias. O ninguna si aún no tenemos las preguntas adecuadas. En Carretera Perdidda (“Lost Highway”, 1997) o en “Mulholland Drive” (2001) “huele a muerto”, que dirían Millán y Josema. Historias clásicas del género negro alrededor de temas tradicionales como los celos o el poder, presentan aquí un punto de vista intensamente subjetivo, de emoción, de sensaciones. ¿Menos real? Al contrario, los eventos importantes de una vida humana, más si son trágicos, dejan en los individuos una impronta psicológica que puede ser contundente, traumática y de sentimientos desatados. Incluso contradictorios, pero, ¿no somos todos un mar de contradicciones? Incluso la vilipendiada “Inland Empire” (2006) nos puede sumergir en un torrente de sensaciones (para mucha gente incluso la de querer darle un puñetazo al director) si renunciamos, algo nada fácil pero tal vez necesario, a su comprensión.

Más vanguardia con «El año pasado en Marienbad». Observen que los árboles no dan sombra. Buenas madrugadas, Íker

El autor que nos ocupa no ha estado solo en este devenir. Podemos rastrearlo en Buñuel, el cine expresionista alemán o en obras que claramente dejan en la habitación roja de nuestro interior un aroma similar, como “El año pasado en Marienbad” («L’Annèe dernière à Marienbad», Alain Resnais, 1961). Gracias al libro de Dennis Lim “David Lynch. El hombre de otro lugar” he llegado hasta «Un falso despertar» (“Meshes of the Afternoon”, 1943) de Maya Deren, inspiración reconocida para Carretera Perdida y Mulholland Drive. Lynch ha manifestado alguna vez que no conoce la obra de Buñuel, pero Deren sí, por lo que indirectamente la obra del director de Calanda está también en la del estadounidense. Todo está relacionado. En este sentido, el tramo final de la obra de Lynch, junto con su inicio a través de “Cabeza Borradora” («Eraserhead», 1977) es lo que más se puede vincular con este marco de vanguardia.

EL PROBLEMA DE LA IDENTIDAD Y LOS DESTRUCTORES DE LO COTIDIANO. FRANZ, CALIENTA QUE SALES:

Como hemos visto, es cierto que la sociedad nos marca psicológicamente en la conformación de nuestros valores y en la oposición a otros. Sin embargo, no debemos olvidar que, y es algo también recordado por la filmografía de Lynch, cada individuo es un universo y su propia experiencia marcará su estructura mental. En ese sentido, otro referente claro de Lynch es el gran Franz Kafka, quien marcó un antes y un después en la literatura universal, siendo -digamoslo así- complicado clasificarlo todavía a día de hoy. Pero ¿no será eso precisamente uno de los elementos que lo hacen maravilloso?. Veamos.


Kafka tuvo, como muchos de los grandes cronistas, un problema con el concepto de identidad. Nacido en el seno de uno de los grandes imperios del siglo XIX, el Austrohúngaro (pronunciarlo con la boca llena de polvorones tiene que ser la hecatombe) y en una familia judía con un padre autoritario, siempre tuvo muchos problemas para encontrar su lugar en el mundo. Por eso sus páginas no están exentas de dudas, angustia y sin embargo -en otro punto que lo une con Lynch- de un humor macabro, gran instrumento este último para deconstruir certezas. Ya que la autoridad competente nos enseña quienes somos, o mejor dicho, quien debemos ser a través de conceptos como patria, nación o religión, ¿qué puede ser más revolucionario que reírse de eso? A través de un mundo en derrumbe y de una existencia atormentada, el autor checo nos enseñó a mirar con espíritu crítico a nuestro alrededor. Otros grandes lo siguieron, no siendo menor la aportación de las letras hispanas en este sentido, gracias a titanes como Jorge Luís Borges, Adolfo Bioy Casares, Julio Cortázar o Carmen Martín Gaite. También en el plano fílmico, en ocasiones directamente desde obras de Kafka como fue el caso de Orson Welles con la estremecedora “El proceso” («The Trial», 1962). En todo esto Lynch va a estar también muy presente, en ocasiones de forma evidente e incluso en claro homenaje, como demuestra la presencia del retrato del bueno de Franz en el despacho de Gordon Cole en la tercera -y largamente esperada- temporada de Twin Peaks (“The Return”, 2017) o cuando usa reiteradamente en sus películas un motivo clásico de este autor, la transformación (es una traducción más adecuada que “metamorfosis” del concepto alemán Die Verwandlung, que es el que usó Kafka en su famosa obra. Este dato lo pueden soltar en cualquier fiesta de modernos para dejarlos con la boca abierta y, posteriormente, ser vilipendiado por ellos a sus espaldas).

Detalle del retrato de Kafka en el despacho de Cole. Todos tenemos un póster parecido en casa, pero solo para aparentar

EL ARTE BARROCO Y EL TEATRO DEL MUNDO:

Confiesen, las iglesias barrocas les parecen un pestiño. Nos suelen gustar más esas larguísimas columnas góticas o esas proporciones románicas que nos armonizan con el universo, o que -allá cada uno con sus movidas- tratan de reflejar el esplendor divino sobre todas las cosas. Sin embargo, la iconografía barroca tiene su encanto, al cual David Lynch no parece inmune. Voy a tratar de explicarlo y encima dando otra vuelta de tuerca, ¿qué mejor en el tema que nos ocupa? Si en los dos apartados anteriores señalaba corrientes artísticas rompedoras, o incluso revolucionarias con respecto al paradigma anterior, lo contrario ocurre con el Barroco. «Pero no, pero sí», que es como se nos queda el cuerpo tras ver las pelis de Lynch. La cosa es que estaba Carlos I de España, V de Alemania como se suele decir, todo contento con ser el rey del mambo -aparte de emperador- cuando al final de su reinado se le empezaron a complicar las cosas, entre otros motivos, por unos tipos que se quejaban de unas cuantas historias, como no podía ser de otra cosa porque se llamaban protestantes (interesante giro del destino hubiera sido que quienes se llamaban así estuvieran de acuerdo en todo con todos). En fin, que por no aburrirles mucho, hubo un «pim pam pum» y tras alguna derrota, firma el tratado de Augsburgo en 1555 (esta fecha es fácil de recordar incluso para mi desastrosa memoria). Si se coge un libro de historia de los de la escuela franquista, que dan mucha risa pero por los mismos motivos que el cine malo, pone que Carlos ganó todas las batallas (como la Guerra de Vietnam, que según cierto cine se perdió en los despachos por los cabrones burócratas de Washington), pero lo cierto es que le dieron pal’ pelo y tuvo que ceder en lo que se denominó libertad religiosa. Que ni libertad ni nada, oigan, básicamente la cosa terminó en que si el principe de tu región decía que eras protestante, pues tú protestante y si decía que eras católico, pues a callar y tú católico. Y si te revolvías, palazo en la cabeza, como supieron unos cuantos campesinos que se sublevaron y fueron sangrientemente reprimidos con la aquiescencia de Lutero (parecía bueno, ¿eh?).


La cosa es, que después de este rapapolvo, el mundo católico decidió rearmarse ideologicamente para atar en corto a sus súbditos en un proceso que se denomina Contrarreforma. Y ahí el barroco jugó un papel crucial, con su idea de que el mundo es un gran teatro, la vida es sueño (hola, Calderón) y lo que importa es el más allá, oculto e imperceptible para nuestros limitados sentidos e imperfecciones, que no nos alcanzan a contemplar la gloria de Dios hasta que la palmemos (si hemos sido buenos, claro). Da igual si estamos fastidiaos, si sufrimos injusticias, si nuestro jefe no nos deja teletrabajar -el muy mamón-. ¡No pasa nada! Ya llegaremos a la gloria, paciencia hermanos, no os quejéis, ya vendrá la eternidad de los casinos y los daiquiri en la playa. Si se entra en una iglesia barroca, se asiste a una gran representación de todo esto, con elementos muy idiosincráticos de, por ejemplo, el teatro (recordemos que es la gran época del teatro del Siglo de Oro en España). Son muy reprentativos los retablos, a los que todos los elementos ornamentales invitan a mirar. Y, fíjense, ahí están las cortinas, el telón que separa lo real de lo ficticio, viviendo nosotros -en una tradición muy platónica de la que se aprovechó el catolicismo- en un mundo artificial sin que sepamos ver el real. Pues este tipo de iconografía está muy presente en la obra de Lynch. Acordémonos de las famosas cortinas rojas, de los ángulos rectos (muy usados por este arte en oposición de las más armónicas curvas anteriores), incluso de -posiblemente- representaciones más realistas de los episodios más sangrientos de la tradición cristiana, como es la crucifixión (véase la muerte del personaje de Andy en “Carretera Perdida”, gracias a la señora Milton por hacer que me diera cuenta de este dato).

Un retablo barroco estándar. Discretito e informal

CONCLUSIÓN: VIVA LO DESCONOCIDO (Y LOS TUPÉS)

En fin, después de toda esta perorata, creo que se puede afirmar que parte de lo magnífico de la obra de Lynch descansa en el poder de lo ignoto, gracias a que representa con una personalidad y estilo propios unas tradiciones culturales que nos invitan a dejar de lado todas las respuestas. En primer lugar, las vanguardias del siglo XX ponen en valor la duda, el no darlo todo como cierto y en que eso incluso es un elemento crucial en el avance científico. En segundo lugar, gracias a los demoledores de la identidad implantada, comenzando por Kafka y acabando por Lynch, podemos poner en duda los valores establecidos por el poder, que no necesariamente tienen que ser los más beneficiosos para los individuos; y, finalmente, el director envuelve todo esto con una ornamentación que nos recuerda que nuestros sentidos pueden engañarnos e impedir ver otras realidades. Todos estos son elementos potentes, que no todo el mundo es capaz de manejar para crear arte. Pero lo mismo pasa con un tupé, a muchos les da una apariencia de gañanes, pero a Lynch le da prestancia. Por algo será.

Con clase pasados los 70, pocos pueden decirlo

(Imágenes de wikipedia)

Autor del artículo

Víctor Deckard

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